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Viernes 6 de Febrero de 2009 Sala Joy Eslava
Caos calmo
por Álvaro Marcos - IndyRock
Fotos Carla Ocaña - IndyRock

Los cinco escoceses salieron con puntualidad inglesa al escenario de
la Joy Eslava. Su pinta de cacho paisanos, así como su proverbial
falta de pose (algo poco frecuente en un grupo de estrellas de rock, que
es lo que son) es parte intrínseca del archivo, así como
poderoso y viril, que uno tiene de Mogwai en la cabeza, coherente con su
discurso artístico y su impasible actitud de aquí-hemos-venido-a-tocar-a
cerrar-bocas-y-a-arrasar-humildemente-con-todo-lo-que-se-mueva. Tal vez
la copa que periódicamente rellenaba con vino tinto de una botella
Stuart Braithwaite fuese el único contrapunto glamouroso a esta
amenazadora ausencia de pretensiones tan suya. Y es que a los conciertos
de Mogwai se "asiste", en la medida en que son más una liturgia
contemplativa que participativa, y a pesar de los típicos gañanes
que berrean durante las explosiones y no paran de joder el concierto hablando
a voz en cuello el resto del tiempo (¿os suenan?), por lo general,
la procesión suele ir por dentro y entre ovación y ovación
hay más pupilas dilatadas y sonrisas extasiadas que frenesí.
Arrancaron con Precipice, la canción que cierra su último
disco The Hawk is Howling (Wall of Sound, 2008), en su formación
arquetípica: Stuart Braithwaite a la guitarra, capitaneando el barco
con su facha de miniyó cabroncete; director de orquesta y referencia
del resto, el que más gesticula, el único que se dirige al
público y el que marca las transiciones contando en bajito hasta
cuatro cuando toca pisar pedalada todo dios y pasar de la calma chicha
al infierno. El espigado Dominic Aitchison ocupa el centro, su mirada extraviada
durante gran parte del concierto en las alturas, tal vez en los llamativos
palcos de la Joy, sus largos dedos deslizándose lánguidamente
por el mástil de su bajo entre apoyos y quintas. Marca de la casa
son también las baterías procesionales y precisas de Martin
Bulloch que dictaminan ritmo al que bogan el resto de remeros de una galera
condenada a navegar entre la calma y la tempestad. Por último, Barry
Burns, el último en enrolarse, el multiinstrumentista (guitarra,
sintes, teclado), el Mogwai comodín que se atreve con la voz (aunque
sea pasada por efectos) y John Cummings, el más abstraído
y más paisano de todos, igualmente imprescindible en el puzzle.
Como viene siendo habitual en ellos, el concierto fue impecablemente
repetitivo y majestuosamente previsible (en las grandes noches están
más bien imperiales), con un clásico repaso a toda su discografía,
en el que, quizás con excepción de I'm Jim Morrison I'm
Dead , brillaron más las canciones más antiguas: Friend
of the Night, Hunted by a Freak (una de sus cimas, rica y ambigua,
al margen de su maniqueísmo más efectista) Summer o
el manifiesto Mogwai Fear Satan. Con Scotland's Shame y Space
Expert, descendió la intensidad del concierto y con ella la
atención del público. El remedio fue el habitual: Braithwaite
se sentó para coger el bajo y comenzar con el arpegio de la canción
total de Mogwai (también curiosamente una de las más antiguas),
algo de lo que ellos (especialmente Braithwaite) son plenamente conscientes:
Helicon (part 1). Todo lo que los convierte en uno de los dos o tres
grupos más importantes del cambio de siglo y en un punto de inflexión
en el rock de guitarras está ahí concentrado: su capacidad
para tejer eso que los románticos llamaron "música absoluta"
aplicada al rock, su sensibilidad para emocionar y alternar lo bello y
lo delicado con lo sublime y lo terrible, el muro poderoso de electricidad
densa pero discernible, el talento para crear vastos espacios imaginarios
a base de repeticiones en el tiempo (delays), el arte del crescendo. Todo
aquello, en definitiva, que hace que sus epígonos más aventajados
en lo luminoso (Sigur Ros, Explosions in the Sky) o en el lado oscuro (Isis,
Red Sparrowes, Russian Circles) estén por siempre detrás,
a su estela.
A unos los aventajan en intensidad, credibilidad y desgarro, a los
otros en su talento para eludir lo peligrosamente chabacano aún
con los trallazos a base de riffs en Re como Batcat, que, junto
a Like Herod, fueron las elegidas para cerrar el concierto de Joy.
En el bis no cayó Christmas Steps, pero sí la
soleada 2 rights make 1 wrong y la apocalíptica We're
not here. Hora y media larga de concierto.
A la salida uno rememora y piensa que es verdad que hace mucho
que no hay signos de evolución reseñable en la discografía
de Mogwai, y, por lógica, tampoco en sus conciertos, donde a veces
los traiciona una apatía más que considerable (dónde
tendría la cabeza Stuart Braithwaite, precisamente el más
animoso, en la luenga paradiña de Fear Satan, en la que metió
una gamba gloriosa); y sus explosiones de rabia congelada tienen un tinte
cada vez más y más domesticado, museístico e inofensivo.
Pero también es verdad que ya llevan más de 10 años
tocando sin parar muchas de esas canciones, y que, a pesar de ello, no
pocas reverberan para siempre de forma vibrante e inconfundible desde la
primera nota en muchos de nosotros. Puede que nunca se atrevan a abandonar
el confortable perímetro de la comarca (o de Mordor) y que siempre
sea más de lo mismo, pero pocos lo hacen con esa honestidad y pocos
pueden presumir de transitar por un paisaje que, si bien previsible y manido,
sea tan bello, tan conmovedor y, sobre todo, tan exclusivamente suyo.
Y sólo por eso hay que estar agradecido.

Fotos: Carlos Sánchez - IndyRock
Benicassim 2001

"Happy Songs for Happy People" es el cuarto álbum de estudio
de Mogwai. Su título es muy adecuado para un disco veraniego, con
canciones que versan sobre paranoia, amenazas difusas, la Biblia, horrores
sin límite y el "hair metal" de los años ochenta. El álbum
suena, naturalmente, a Mogwai, o al menos como el disco de un grupo que
ha llegado a tales grados de confianza, intuición y comprensión
de lo que quieren hacer, que todas las influencias y comparaciones del
pasado suenan más huecas que nunca.
Estamos, sin lugar a dudas, ante el disco más ambicioso de Mogwai
hasta la fecha: cinemático y panorámico en su enfoque y saturado
en la melodía. El álbum supone un avance hacia ámbitos
más sutiles. Como banda de directo se salen, y dejan a su público
boquiabierto con su potencia magistral. Por esta razón, el grupo
se pasará la mayor parte del próximo año metido en
la furgoneta.
"Happy Songs for Happy People" se grabó en Glasgow, ciudad natal
de Mogwai, en los estudios Ca Va. Las labores de producción corrieron
a cargo del propio grupo y de Tony Doogan, que ya trabajó mano a
mano con David Friedman en su anterior entrega, "Rock Action".
www.mogwai.co.uk
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