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Marc Aliana

FOTO: ROBERT V. ALEXANDRE




MARC ALIANA


ENTREVISTA

"¿SI EL PARAÍSO ES SIMULADO, SIGUE SIENDO EL PARAÍSO?


Marc Aliana convierte su disco 'El último jardín' en un viaje conceptual donde el rock alternativo y la electrónica dialogan con la ciencia ficción ochentera y la ansiedad digital contemporánea.

“No predico el apocalipsis, prefiero plantear preguntas”, afirma el músico barcelonés, que reivindica el disco como formato frente al algoritmo.
 

JUAN ENRIQUE GÓMEZ * INDYROCK
Marc Aliana lleva años moviéndose entre geografías, estudios y escenarios, pero también entre preguntas. Guitarrista itinerante, compositor inquieto y creador del pódcast Disco Prestado, el músico barcelonés ha construido una trayectoria que huye del acomodo. Tras vivir en Estados Unidos y colaborar con artistas de distintos ámbitos, su nuevo trabajo, El último jardín, confirma que su mirada es tanto musical como conceptual.

Publicado en 2026, el 6 de febrero, —efeméride del aniversario de la patente del primer microchip— el álbum es un relato continuo de media hora que explora la relación entre el ser humano y la tecnología. La semilla nació en el confinamiento con «Fuera de la red», y fue creciendo hasta convertirse en una obra unitaria donde temas como la identidad fragmentada, la desconexión digital o el culto a la eficiencia se entrelazan sin cortes. “El riesgo de dejar de ser sujetos para convertirnos en herramientas es un tema central del disco”, explica.

En lo sonoro, El último jardín conecta con ese imaginario retrofuturista que definieron Blade Runner, RoboCop o Desafío total. “Existe un ‘futuro de los años ochenta’”, afirma. Nacido en esa década, Aliana reconoce que aquellas atmósferas de sintetizadores forman parte de su memoria emocional. Sin embargo, lejos del ejercicio nostálgico, el disco dialoga también con sensibilidades actuales y reivindica una producción profundamente humana: cero IA, cero cuantización sistemática, cero correcciones innecesarias. “Debía ser una obra profundamente humana”, subraya.

En tiempos de consumo fragmentado, Aliana opta por el formato álbum como acto casi contracultural. “Al algoritmo de Spotify le habría gustado mucho más que publicara una racha de singles”, admite, pero él prefiere los discos que trazan un recorrido. Su experiencia analizando clásicos como OK Computer, The Dark Side of the Moon o Felt Mountain en Disco Prestado ha reforzado esa concepción narrativa.

El título 'El último jardín' encierra una pregunta abierta: “¿Si el paraíso es simulado, sigue siendo el paraíso?”. Lejos de la proclama apocalíptica, Aliana insiste en que su intención no es dictar sentencia, sino sembrar dudas. El último jardín, dice, puede encontrarse “en cualquier lugar donde uno conecte con lo esencial”: cerrar los ojos, mirar al cielo o jugar con su hija. En esa intersección entre emoción y algoritmo, entre distopía y humanidad, crece un disco que invita a detenerse y escuchar sin interrupciones.

Marc-Aliana-disco

— El 6 de febrero publicaste El último jardín, un disco conceptual que fluye como un único relato. ¿En qué momento supiste que esta historia necesitaba ese formato continuo, casi cinematográfico, y no una colección de canciones independientes?
La semilla de «Fuera de la red» me rondaba desde el confinamiento. «Humanomáquina» y partes de «Dogma» llegaron mucho después, cuando ya me había propuesto componer un disco entero. Al ver que los tres temas reflejaban inquietudes paralelas, decidí crear el resto del álbum como un único relato, tanto a nivel de concepto como musical.

— El álbum gira en torno a la relación entre el ser humano y la tecnología. ¿Habla más del miedo a la deshumanización o de la seducción que ejerce ese paraíso simulado en el que ya vivimos?
El riesgo de dejar de ser sujetos para convertirnos en herramientas es un tema central del disco. Pero, en cuanto al paraíso simulado, depende de si el oyente lo lee en clave presente y futura. ¿Si el paraíso es simulado, sigue siendo el paraíso? ¿Y puede ser que algún día simulemos el paraíso en base a lo que estamos perdiendo ahora?

Un “futuro de los años ochenta”

— Hay una atmósfera muy marcada por la ciencia ficción de los ochenta, con ecos de Blade Runner, RoboCop o Desafío total. ¿Qué te atrae de esa estética retrofuturista y cómo la has traducido al lenguaje del rock alternativo y la electrónica?
Creo que las películas de ciencia ficción de esa década soñaron el futuro de una forma muy particular; casi podría decirse que existe un «futuro de los años ochenta». Por otro lado, nací en esa época, y esas atmósferas envolventes a base de sintetizadores tienen un lugar especial en mi memoria sonora. Cuando vi que el disco apuntaba hacia la ciencia ficción, me resultó muy natural intentar conectar con esos ambientes, aunque tampoco busqué que sonara a música de hace cuarenta años.

— También hay guiños a sensibilidades contemporáneas, cercanas a artistas como St. Vincent. ¿Cómo dialogan en tu cabeza esos referentes ochenteros con la producción actual?
St. Vincent es de lo más interesante que he escuchado en los últimos años, pero probablemente lo que principalmente tengamos en común sean influencias como David Bowie o Depeche Mode. De todos modos me propuse grabar el disco que llevaba dentro, sin pensar en ninguna dirección concreta. Lo único que tenía claro es que, pese al uso de los sintes, debía ser una obra profundamente humana: cero IA, cero baterías cuantizadas y cero afinación artificial o Autotune (excepto en un par de pasajes muy concretos donde aparece como efecto).


Resistencia frente al algoritmo

— El disco habla de desconexión digital, identidad fragmentada, culto a la eficiencia… ¿Sientes que estamos viviendo una distopía amable, una especie de “felicidad programada”?
A veces, cuando me subo al metro y solo veo a gente mirando sus pantallas, me pregunto qué hubiera pasado si alguna película de hace treinta o cuarenta años hubiera empezado con un plano similar. ¿Lo habría interpretado el público como una distopía? Seguramente. Imagino que el grado de «amabilidad» percibido ya depende de cada uno.

— Producido íntegramente por ti, grabado en Barcelona y mezclado en Ciudad de México, el álbum suena compacto y personal. ¿Qué retos y libertades te dio asumir todo el proceso creativo?
El reto principal siempre es encontrar el tiempo y el espacio suficientes para dedicarse a la creación, cuando tienes que trabajar en otras cosas para ganarte la vida y costear tus proyectos. Más allá de eso, la libertad fue absoluta y pude llevar el disco exactamente adonde quería.

— Desde aquel Casiotone de la infancia hasta este universo de paisajes semisintéticos y guitarrazos distópicos, ¿qué permanece intacto en tu forma de crear?
Ay, ¡el Casiotone! Quizá la conexión con ese jugueteo temprano sea que, para El último jardín, compuse y grabé sin miedo al juicio externo, abrazando la imprecisión y utilizando muchas primeras tomas. Probablemente la edad y la experiencia ayuden, y es algo de lo que aún no me había librado en trabajos anteriores.

El disco como relato

— En 2019 publicaste The Entertainer, otro trabajo conceptual que cuestionaba la fascinación por la celebridad. ¿Dirías que El último jardín es una continuación natural de aquella mirada crítica, pero ampliada al ecosistema tecnológico?
Es posible, aunque grabé The Entertainer en inglés cuando vivía en EE UU y eso dificulta percibir las dos obras como un continuo. Por otro lado, y aunque son muy distintas, es cierto que puede haber elementos comunes o complementarios… ¡Supongo que todos tenemos nuestras neuras!

— Tu pódcast Disco Prestado funciona como espacio de reflexión musical. ¿Ha influido el análisis de discos ajenos en tu manera de estructurar y narrar el tuyo propio?
Sí, desde luego. Disco Prestado me obliga a escuchar con muchísima atención los álbumes de los que hablamos, y a profundizar capa por capa en todos sus aspectos. Acabo familiarizándome muy íntimamente con cada disco. Antes del proceso de producción de El último jardín preparé episodios sobre OK Computer, The Dark Side of the Moon o Felt Mountain, por ejemplo, y creo que todos ellos dejaron su marca.

— El álbum dura apenas media hora y se experimenta casi como una pieza única. En tiempos de consumo fragmentado, ¿es también una forma de resistencia plantear una escucha completa y sin interrupciones?
Creo que sí, y soy consciente de que al algoritmo de Spotify le habría gustado mucho más que publicara una racha de singles. Pero a mí me gustan los discos que trazan un recorrido… así compuse El último jardín, y ahí está para quien quiera entrar en él.

— El título deja una pregunta en el aire: ¿qué es realmente el último jardín? Si tuvieras que responder sin metáforas, ¿dónde lo encontraríamos hoy?
En cualquier lugar donde uno conecte con lo esencial. Yo lo encuentro cerrando los ojos, mirando al cielo o jugando con mi hija.

— Publicaste el disco el aniversario de la patente del primer microchip. ¿Un gesto simbólico o una declaración de intenciones?
Un gesto simbólico. No predico el apocalipsis, prefiero plantear preguntas.

— En tus letras se percibe una tensión entre emoción y algoritmo. ¿Crees que la música sigue siendo uno de los pocos espacios donde lo humano se impone a la programación?
Creo que, a día de hoy, el arte en general sigue siendo un dominio humano. Habrá que ver dentro de unos años.

— Después de este viaje distópico, ¿tu siguiente paso creativo irá hacia una mayor inmersión en la electrónica o hacia una reacción más orgánica y cruda?
Pues no sabría decirte, porque creo que hay riqueza en ambas direcciones siempre que haya humanos detrás. Por eso El último jardín ha crecido en esa intersección.

Marc-Aliana

BIOGRAFÍA

Marc Aliana es un músico y compositor de Barcelona que fusiona el rock alternativo con elementos electrónicos. Desde sus experimentos de pequeño con un Casiotone, hasta sus colaboraciones como guitarrista con artistas destacados del panorama musical hispano, su trayectoria se ha movido entre la itinerancia del músico profesional y el desarrollo de creaciones propias.

Sus primeras aproximaciones a la composición llegaron con Alar Beloide, una banda que apenas duró un par de años pero representó un sólido punto de partida. Tras su disolución, Aliana se trasladó a Estados Unidos, lo cual acabó marcando un antes y un después en su forma de entender la música y el acto creativo.

Su carrera se ha desarrollado lejos de un solo lugar o formato. Vivió durante años en California, desde donde giró como guitarrista con artistas y espectáculos diversos por EE UU, México, Japón, Australia, Sudáfrica y Reino Unido; y entre sus colaboraciones como músico de estudio figuran nombres como Elefantes, Carlos Ann, Bunbury, Loquillo, Javier Corcobado y Adanowsky, entre otros.

En 2015, su composición “The Best Song In The World” le valió nominaciones en dos certámenes de composición de EE UU (American Songwriting Awards y Hollywood Songwriting Contest). La canción, inédita, fue concebida como un homenaje a Leonard Cohen, con quien se cruzó buscando inspiración en una pequeña cafetería de Los Ángeles.

En 2019 publicó su primer EP, ‘The Entertainer’, el cual grabó en un minúsculo apartamento de Oakland (California). En el videoclip de la canción homónima —rodado en Hollywood, escrito y codirigido por él mismo— Aliana cuestionaba la fascinación por la celebridad y la distorsión provocada por el ojo público. El periodista Dave Good, colaborador del ‘San Diego Reader’ y ‘LA Weekly’, afirmó entonces: “Si tuviera que juzgarlo por la fuerza de su nuevo material, diría que Marc Aliana está a milímetros de una gira por grandes festivales”.

Además de su faceta musical, Aliana es el creador y presentador del pódcast ‘Disco Prestado’, un proyecto paralelo que funciona como herramienta de difusión artística y reflexión musical. En él conversa con invitados sobre discos legendarios y ha avanzado parte de su nuevo álbum, ‘El último jardín’, desarrollando en charlas informales algunas de las ideas que lo inspiraron.



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