MARC ALIANA
ENTREVISTA
"¿SI EL PARAÍSO ES SIMULADO, SIGUE SIENDO EL PARAÍSO?
Marc Aliana convierte su disco
'El último jardín'
en un viaje conceptual donde el rock alternativo y la
electrónica dialogan con la ciencia ficción ochentera y la
ansiedad digital contemporánea.
“No predico el apocalipsis, prefiero plantear preguntas”,
afirma el músico barcelonés, que reivindica el disco como
formato frente al algoritmo
.
JUAN ENRIQUE GÓMEZ * INDYROCK
Marc Aliana lleva años moviéndose entre geografías, estudios y
escenarios, pero también entre preguntas. Guitarrista
itinerante, compositor inquieto y creador del pódcast
Disco
Prestado, el músico barcelonés ha construido una
trayectoria que huye del acomodo. Tras vivir en Estados Unidos y
colaborar con artistas de distintos ámbitos, su nuevo trabajo,
El
último jardín, confirma que su mirada es tanto musical
como conceptual.
Publicado en 2026, el 6 de febrero, —efeméride del aniversario
de la patente del primer microchip— el álbum es un relato
continuo de media hora que explora la relación entre el ser
humano y la tecnología. La semilla nació en el confinamiento con
«Fuera de la red», y fue creciendo hasta convertirse en
una obra unitaria donde temas como la identidad fragmentada, la
desconexión digital o el culto a la eficiencia se entrelazan sin
cortes. “El riesgo de dejar de ser sujetos para convertirnos en
herramientas es un tema central del disco”, explica.
En lo sonoro,
El último jardín conecta con ese
imaginario retrofuturista que definieron
Blade Runner,
RoboCop
o
Desafío total. “Existe un ‘futuro de los años
ochenta’”, afirma. Nacido en esa década, Aliana reconoce que
aquellas atmósferas de sintetizadores forman parte de su memoria
emocional. Sin embargo, lejos del ejercicio nostálgico, el disco
dialoga también con sensibilidades actuales y reivindica una
producción profundamente humana: cero IA, cero cuantización
sistemática, cero correcciones innecesarias. “Debía ser una obra
profundamente humana”, subraya.
En tiempos de consumo fragmentado, Aliana opta por el formato
álbum como acto casi contracultural. “Al algoritmo de Spotify le
habría gustado mucho más que publicara una racha de singles”,
admite, pero él prefiere los discos que trazan un recorrido. Su
experiencia analizando clásicos como
OK Computer,
The
Dark Side of the Moon o
Felt Mountain en
Disco
Prestado ha reforzado esa concepción narrativa.
El título
'El último jardín' encierra una pregunta
abierta: “¿Si el paraíso es simulado, sigue siendo el paraíso?”.
Lejos de la proclama apocalíptica, Aliana insiste en que su
intención no es dictar sentencia, sino sembrar dudas. El último
jardín, dice, puede encontrarse “en cualquier lugar donde uno
conecte con lo esencial”: cerrar los ojos, mirar al cielo o
jugar con su hija. En esa intersección entre emoción y
algoritmo, entre distopía y humanidad, crece un disco que invita
a detenerse y escuchar sin interrupciones.
— El 6 de febrero publicaste El último jardín,
un disco conceptual que fluye como un único relato. ¿En qué
momento supiste que esta historia necesitaba ese formato
continuo, casi cinematográfico, y no una colección de
canciones independientes?
La semilla de «Fuera de la red» me rondaba desde el
confinamiento. «Humanomáquina» y partes de «Dogma» llegaron
mucho después, cuando ya me había propuesto componer un disco
entero. Al ver que los tres temas reflejaban inquietudes
paralelas, decidí crear el resto del álbum como un único
relato, tanto a nivel de concepto como musical.
— El álbum gira en torno a la relación entre el ser
humano y la tecnología. ¿Habla más del miedo a la
deshumanización o de la seducción que ejerce ese paraíso
simulado en el que ya vivimos?
El riesgo de dejar de ser sujetos para convertirnos en
herramientas es un tema central del disco. Pero, en cuanto al
paraíso simulado, depende de si el oyente lo lee en clave
presente y futura. ¿Si el paraíso es simulado, sigue siendo el
paraíso? ¿Y puede ser que algún día simulemos el paraíso en
base a lo que estamos perdiendo ahora?
Un “futuro de los años ochenta”
— Hay una atmósfera muy marcada por la ciencia ficción
de los ochenta, con ecos de Blade Runner, RoboCop
o Desafío total. ¿Qué te atrae de esa estética
retrofuturista y cómo la has traducido al lenguaje del rock
alternativo y la electrónica?
Creo que las películas de ciencia ficción de esa década
soñaron el futuro de una forma muy particular; casi podría
decirse que existe un «futuro de los años ochenta». Por otro
lado, nací en esa época, y esas atmósferas envolventes a base
de sintetizadores tienen un lugar especial en mi memoria
sonora. Cuando vi que el disco apuntaba hacia la ciencia
ficción, me resultó muy natural intentar conectar con esos
ambientes, aunque tampoco busqué que sonara a música de hace
cuarenta años.
— También hay guiños a sensibilidades contemporáneas,
cercanas a artistas como St. Vincent. ¿Cómo dialogan en tu
cabeza esos referentes ochenteros con la producción actual?
St. Vincent es de lo más interesante que he escuchado en los
últimos años, pero probablemente lo que principalmente
tengamos en común sean influencias como David Bowie o Depeche
Mode. De todos modos me propuse grabar el disco que llevaba
dentro, sin pensar en ninguna dirección concreta. Lo único que
tenía claro es que, pese al uso de los sintes, debía ser una
obra profundamente humana: cero IA, cero baterías cuantizadas
y cero afinación artificial o Autotune (excepto en un par de
pasajes muy concretos donde aparece como efecto).
Resistencia frente al algoritmo
— El disco habla de desconexión digital, identidad
fragmentada, culto a la eficiencia… ¿Sientes que estamos
viviendo una distopía amable, una especie de “felicidad
programada”?
A veces, cuando me subo al metro y solo veo a gente mirando
sus pantallas, me pregunto qué hubiera pasado si alguna
película de hace treinta o cuarenta años hubiera empezado con
un plano similar. ¿Lo habría interpretado el público como una
distopía? Seguramente. Imagino que el grado de «amabilidad»
percibido ya depende de cada uno.
— Producido íntegramente por ti, grabado en Barcelona y
mezclado en Ciudad de México, el álbum suena compacto y
personal. ¿Qué retos y libertades te dio asumir todo el
proceso creativo?
El reto principal siempre es encontrar el tiempo y el
espacio suficientes para dedicarse a la creación, cuando
tienes que trabajar en otras cosas para ganarte la vida y
costear tus proyectos. Más allá de eso, la libertad fue
absoluta y pude llevar el disco exactamente adonde quería.
— Desde aquel Casiotone de la infancia hasta este
universo de paisajes semisintéticos y guitarrazos distópicos,
¿qué permanece intacto en tu forma de crear?
Ay, ¡el Casiotone! Quizá la conexión con ese jugueteo
temprano sea que, para El último jardín, compuse y
grabé sin miedo al juicio externo, abrazando la imprecisión y
utilizando muchas primeras tomas. Probablemente la edad y la
experiencia ayuden, y es algo de lo que aún no me había
librado en trabajos anteriores.
El disco como relato
— En 2019 publicaste The Entertainer, otro
trabajo conceptual que cuestionaba la fascinación por la
celebridad. ¿Dirías que El último jardín es una
continuación natural de aquella mirada crítica, pero ampliada
al ecosistema tecnológico?
Es posible, aunque grabé The Entertainer en inglés
cuando vivía en EE UU y eso dificulta percibir las dos obras
como un continuo. Por otro lado, y aunque son muy distintas,
es cierto que puede haber elementos comunes o complementarios…
¡Supongo que todos tenemos nuestras neuras!
— Tu pódcast Disco Prestado funciona como
espacio de reflexión musical. ¿Ha influido el análisis de
discos ajenos en tu manera de estructurar y narrar el tuyo
propio?
Sí, desde luego. Disco Prestado me obliga a escuchar
con muchísima atención los álbumes de los que hablamos, y a
profundizar capa por capa en todos sus aspectos. Acabo
familiarizándome muy íntimamente con cada disco. Antes del
proceso de producción de El último jardín preparé
episodios sobre OK Computer, The Dark Side of the
Moon o Felt Mountain, por ejemplo, y creo que
todos ellos dejaron su marca.
— El álbum dura apenas media hora y se experimenta casi
como una pieza única. En tiempos de consumo fragmentado, ¿es
también una forma de resistencia plantear una escucha completa
y sin interrupciones?
Creo que sí, y soy consciente de que al algoritmo de Spotify
le habría gustado mucho más que publicara una racha de
singles. Pero a mí me gustan los discos que trazan un
recorrido… así compuse El último jardín, y ahí está
para quien quiera entrar en él.
— El título deja una pregunta en el aire: ¿qué es
realmente el último jardín? Si tuvieras que responder sin
metáforas, ¿dónde lo encontraríamos hoy?
En cualquier lugar donde uno conecte con lo esencial. Yo lo
encuentro cerrando los ojos, mirando al cielo o jugando con mi
hija.
— Publicaste el disco el aniversario de la patente del
primer microchip. ¿Un gesto simbólico o una declaración de
intenciones?
Un gesto simbólico. No predico el apocalipsis, prefiero
plantear preguntas.
— En tus letras se percibe una tensión entre emoción y
algoritmo. ¿Crees que la música sigue siendo uno de los pocos
espacios donde lo humano se impone a la programación?
Creo que, a día de hoy, el arte en general sigue siendo un
dominio humano. Habrá que ver dentro de unos años.
— Después de este viaje distópico, ¿tu siguiente paso
creativo irá hacia una mayor inmersión en la electrónica o
hacia una reacción más orgánica y cruda?
Pues no sabría decirte, porque creo que hay riqueza en ambas
direcciones siempre que haya humanos detrás. Por eso El
último jardín ha crecido en esa intersección.
BIOGRAFÍA
Marc Aliana es un músico y compositor de Barcelona que fusiona
el rock alternativo con elementos electrónicos. Desde sus
experimentos de pequeño con un Casiotone, hasta sus
colaboraciones como guitarrista con artistas destacados del
panorama musical hispano, su trayectoria se ha movido entre la
itinerancia del músico profesional y el desarrollo de creaciones
propias.
Sus primeras aproximaciones a la composición llegaron con Alar
Beloide, una banda que apenas duró un par de años pero
representó un sólido punto de partida. Tras su disolución,
Aliana se trasladó a Estados Unidos, lo cual acabó marcando un
antes y un después en su forma de entender la música y el acto
creativo.
Su carrera se ha desarrollado lejos de un solo lugar o formato.
Vivió durante años en California, desde donde giró como
guitarrista con artistas y espectáculos diversos por EE UU,
México, Japón, Australia, Sudáfrica y Reino Unido; y entre sus
colaboraciones como músico de estudio figuran nombres como
Elefantes, Carlos Ann, Bunbury, Loquillo, Javier Corcobado y
Adanowsky, entre otros.
En 2015, su composición “The Best Song In The World” le valió
nominaciones en dos certámenes de composición de EE UU (American
Songwriting Awards y Hollywood Songwriting Contest). La canción,
inédita, fue concebida como un homenaje a Leonard Cohen, con
quien se cruzó buscando inspiración en una pequeña cafetería de
Los Ángeles.
En 2019 publicó su primer EP, ‘The Entertainer’, el cual grabó
en un minúsculo apartamento de Oakland (California). En el
videoclip de la canción homónima —rodado en Hollywood, escrito y
codirigido por él mismo— Aliana cuestionaba la fascinación por
la celebridad y la distorsión provocada por el ojo público. El
periodista Dave Good, colaborador del ‘San Diego Reader’ y ‘LA
Weekly’, afirmó entonces: “Si tuviera que juzgarlo por la fuerza
de su nuevo material, diría que Marc Aliana está a milímetros de
una gira por grandes festivales”.
Además de su faceta musical, Aliana es el creador y presentador
del pódcast ‘Disco Prestado’, un proyecto paralelo que funciona
como herramienta de difusión artística y reflexión musical. En él
conversa con invitados sobre discos legendarios y ha avanzado
parte de su nuevo álbum, ‘El último jardín’, desarrollando en
charlas informales algunas de las ideas que lo inspiraron.
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