FOTOGALERÍA: LOS LOBOS,
MADRID SALA WAGON * FOTOS: VÍCTOR DÍAZ FLORES
LOS
LOBOS
LOS LOBOS CELEBRAN 50 AÑOS DE ROCK CHICANO EN MADRID
Entre acordeones, cumbias y rock fronterizo, la Sala Wagon vibró
con una lección de identidad musical chicana y oficio sobre el
escenario.
Madrid, Sala Wagon, 6-2-2026
VÍCTOR DÍAZ FLORES * Crónica y fotogalería * INDYROCK
LOS LOBOS CELEBRAN 50 AÑOS DE ROCK CHICANO EN MADRID Sumario 1: La
banda de East L.A. regresó a la capital once años después con una
gira conmemorativa sin disco nuevo, pero cargada de clásicos y
versiones emblemáticas.
Viernes noche de febrero en Madrid y, contra todo pronóstico, no
llovía. Buen augurio para recibir a la mítica “banda de East L.A.”
en la Sala Wagon, en lo alto de la estación de Chamartín,
convertida estos días —por culpa de las obras— en una pequeña
gincana urbana antes de llegar a la puerta.
Casi once años después de su última visita a la capital —aquella
vez como teloneros de Bob Dylan en el Palacio de los Deportes—,
Los Lobos regresaban dentro de una minigira española sin nuevo
disco que presentar. Lo que celebraban era algo mayor:
medio
siglo de trayectoria. Sin la obligación promocional de
estrenar material reciente, el grupo pudo construir un repertorio
libre, apoyado en una discografía que arranca en 1973 y supera la
quincena de álbumes. Había fondo de armario de sobra.
La noche comenzó con Tyna Ros ejerciendo las siempre ingratas
labores de apertura. Sus melodías amables y una voz delicada
fueron recibiendo a un público inicialmente frío que iba llenando
la sala con parsimonia.
El concierto principal arrancó con media hora de retraso, al
parecer por problemas técnicos en el teclado de Steve Berlin. La
espera generó cierto nerviosismo, pero se disipó en cuanto sonaron
los primeros compases de
La venganza de los pelados,
incluida en
The Ride (2004). Sonido contundente desde el
inicio, aunque la voz de David Hidalgo necesitó un ajuste que
quedó resuelto en el siguiente tema.
Hidalgo, visiblemente en buena forma, lideró la noche alternando
guitarras y acordeón, acompañado por el inseparable César Rosas
—gafas de sol incluidas—, Conrad Lozano al bajo (sentado sobre su
amplificador), el propio Berlin a teclados y vientos, y Alfredo
Ortiz a la batería como músico de gira. Se echó en falta la
presencia de Louie Pérez, cuya ausencia no fue explicada.
Clásicos como
Dream in Blue,
Chuco’s Cumbia,
Will
the Wolf Survive? o
Maricela fueron cayendo con
naturalidad. Se percibe cuando una banda lleva cinco décadas
tocando junta: miradas cómplices, armonías compartidas y solos que
fluyen sin esfuerzo.
Oficio, técnica y una identidad
sonora inconfundible que mezcla rock, funk y fusión
latina con el ADN del Este de Los Ángeles. Salvando distancias
estilísticas, esa huella cultural compartida conecta incluso con
otros nombres de la escena chicana como Cypress Hill.
Las composiciones propias se alternaron con versiones que,
históricamente, les abrieron puertas internacionales. Sonaron
Love
Special Delivery (Thee Midniters),
Papa Was a Rolling
Stone (The Temptations) y
One Way Out (Sonny Boy
Williamson), estas dos últimas enlazadas para impulsar un tramo
especialmente vibrante.
El momento más celebratorio llegó cuando Hidalgo tomó el acordeón.
La sala se volvió más latina, más fronteriza, más festiva.
Carabina
30-30,
Los Ojos de Pancha y la versión de
Volver,
volver de Vicente Fernández desataron el baile, con público
coreando sin reservas.
El acordeón, instrumento totémico
del sonido chicano, elevó cada melodía a una dimensión
emocional superior.
El set oficial se cerró con
Más y más. Tras un brevísimo
amago de despedida —la hora apremiaba— llegaron los bises
inevitables, entre ellos
La Bamba, eterna y siempre
revitalizada en manos de Los Lobos.
El broche final lo puso
Good Lovin’ (The Olympics), con
agradecimientos sinceros de una banda que, cincuenta años después,
sigue defendiendo sobre el escenario una tradición musical viva.
Larga vida al rock chicano.
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