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The Waterboys
Por Rafa Quílez - Barcelona, (EFE).- Mike Scott debutó por fin en Barcelona, once años después de suspender el que tenía que haber sido su primer recital en la capital catalana, aunque anoche pareció que, en su pensamiento y en el de muchos de los presentes, seguíamos en 1989. Y no: faltan menos de dos meses para el 2001.
En aquellos tiempos, en 1989, Scott y su banda, The Waterboys, acababan de publicar "Fisherman's blues", un disco que hermanaba la tradición celta con el rock de autor, la épica y las leyendas del Norte de Europa con el discurso sajón de los 80.
Anoche, once años después, Mike Scott y The Waterboys aterrizaron por fin en Barcelona y llenaron a reventar la sala Bikini con casi mil personas y una nutrida presencia de público comprendido entre los 30 y los 35 años, la gente que creció con su música, incluidos Adriá Puntí y Miqui Puig.
Llegaba Scott sin ninguno de los Waterboys originales en la banda que le acompañó anoche -bajo, guitarra, batería y piano y teclado-, pero con su presencia de trovador honesto que cree que vestirse de modernidad supone recubrir su manera de componer con una pátina de compresores de voz, efectos y samplers varios.
Sin violín ni vientos, pero disparando sonidos desde el sintetizador, Scott tiró por la calle del medio y descolocó a su público cada vez que interpretó alguna de las canciones de su nuevo disco, "A rock in the weary land", un ladrillo espeso del que sonaron "Let it happen", "The charlatan's lament", "We are Jonah", "Dumbing down the world", "Is she conscious?" y "My love is my rock in the weary land".
Aparcó hasta ignorarlos sus excelentes dos discos en solitario -"Bring'em all in" y "Still burning"- y tuvo tiempo para intercalar la "Tocata y fuga" de Bach entre lamentos de heavy sinfónico, efectos pregrabados, voces alteradas, ecualizaciones desiguales y un sonido tirando a "guarro".
No obstante, su público se lo perdonó todo cuando atacó piezas de sus inicios, de elepés como "The waterboys", "A pagan place", "This is the sea" o "Fisherman's blues".
Fue el caso de "All the things she gave me", "Glastonbury song", "Savage Earth heart", "Don't play the drum", "The whole of the moon" o "Be my enemy", con la banda desmelenada y sonando a tópico, a desarrollo ochentero que busca el crescendo dejando fluir la melodía, que se recupera y se pierde de manera pautada.
Descolocado, Scott, que es un buen compositor y un intérprete destacable, se quedó en su época, en los 80, con sus Chicos del Agua, una banda que tuvo su oportunidad pero que la dejó marchar mirándola pasar por delante de su puerta.
Porque estar a la altura de los tiempos y revestirse de contemporaneidad implica asimilar ese discurso, no sobreponer capas de tecnología a un concepto añejo, por mucho que mantenga su capacidad de emocionar y de hacer sentir, que nadie se lo niega.
Por eso, cuando cogió la guitarra acústica y, con la sola compañía del piano, se recreó en "Fisherman's blues", muchos de los presentes se dieron por bien pagados. No hay nada como una buena canción interpretada tal y como se concibió, a pelo, sencillamente, para saber si hay artista o no, y en este caso lo sigue habiendo.
Otra cosa es que Scott, que esta noche actúa en Manises (Valencia) con todas las entradas agotadas, sea incapaz de remover el fondo del pantano, de abrir las compuertas y de reconvertir a sus Chicos del Agua en una banda que, lejos de estancarse, mueva el molino. 
http://www.mikescottwaterboys.com/

 





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