|
.
|
|
. |

Morricone en Sevilla. La memoria quebrada.
|
"Ricordare, Ricordare è come un po´ morire" (Guiseppe Tornatore)

-
Ante la belleza, ante la perfecta hermosura, ante ese estremecimiento frío
que se siente con la perfección, sólo caben las lágrimas.
Sólo cabe la esperanza (falsa y tramposa) de que alguna vez recordaremos
eso tal y como ocurrió y no corrompido por nuestra vanidad o simplemente
por los inevitables vahídos de la memoria. Desearemos, en el momento
mismo de morir, poder recordar (volver a vivir) el momento más bello
de toda nuestra existencia. Y en el lecho de muerte nuestro último
minuto será un vano intento de volver a la belleza.
-
por Fernando M. Navarro
Con un público fiel y entregado (el Teatro de la Maestranza registraba
un lleno total, con entradas agotadas desde dios sabe cuando), Morricone
fabricó uno de los más bellos recitales de que el cronista
va a tener ocasión de ver jamás. Este concierto (si me permiten
la licencia y esperando ansioso el de Goldsmith en Diciembre) ha sido uno
de los mejores momentos de mi vida. Dividido en dos partes de dos bloques
cada una, Morricone, dio un coherente repaso a sus principales corrientes
compositivas, obviando un poco (quizá por lo ceremonial y compacto
del repertorio) sus popularísimos spaghettis western.
Comenzó el primer bloque (De fábula, crónica y sueño)
con una curiosa y divertida canción compuesta para Pajaritos y Pajarracos
de Pasolini para pronto iniciar ese arrebato dulce y sencillo de esta primera
parte. Tras el precioso paseo de Por la antigua escalera (guiado por una
flauta que acariciaba la piel en cada suspiro) y una difícil (e
igualmente hermosa) pieza de Bugsy, donde las cuerdas se tensaban y estiraban,
donde se enfrentaban para así cargar de inquietud y suspense a una
emotiva melodía de vientos, Morricone cerró los ojos para
que el tiempo fuera irreal. Con Cinema Paradiso, el concierto alcanzó
una fragilidad irrespirable, de tal hermosura, de tal belleza, que rompía
el espacio. Al borde de una insoportable carga de sentimiento, Morricone
regaló las dos piezas menos festivas de todo su score (obviando
el conocidísimo tema principal, igualmente delicado, pero mucho
menos patético) para la cinta de Tornatore y con ello consiguió
inundar el silencio de alma. Sencillo y sublime, el sonido de este Morricone
evocaba una tierra (Italia, o nuestra propia sangre) a la que no desearíamos
volver en recuerdos sino para dejar de existir ya por completo. Como inteligente
cierre a este poema nostálgico, Morricone acudió a la enorme
sensibilidad y el talento de Angelo Branduardi (sorprendente cantautor
italiano invitado por el compositor para la ocasión) para interpretar
"Ricordare", una impresionante balada que Morricone le regaló a
la mas bien torpe película "Una simple formalidad". No apta para
un día lejos de tu tierra o de una piel que ya no te pertenece,
"Ricordare" sonó trágica, única y excepcional. Sus
acordes (que advierto son difíciles de despegar de uno al menos
un día después de su escucha) se convirtieron en la voz de
Branduardi en un canto universal de la perdida y la memoria y pusieron
un cierre tristísimo a este paseo por la nostalgia y la virtud de
no querer recordar y no querer morir así en cada recuerdo.
Tras esto llegaron los solemnes acordes de la batalla. En el segundo bloque
de la primera parte, se dieron cita composiciones épicas, con aliento
a desastre y ruina. Enérgico y radiante, El desierto de los tártaros
y sobre todo Ricardo III, anunciaban otra de las virtudes de la música
del maestro, una enorme capacidad para la inquietud, que se remarcaba en
ambientes de guerra perdida y de sangre (mucha sangre) derramada. En este
sentido la clásica trompeta que en las batallas suena triunfante,
sonaba aquí como el oscuro presagio de un devastado prado sembrado
de cadáveres. Preludio más que aceptado para el momento clave
de la noche.
Se han compuesto, en la historia de la música de cine, melodías
eternas y enormes. De esas que solo salen de un talento mayor de la música
sinfónica. Morricone (músico muy denostado por su falta de
complejos a la hora de aunar populismo y solemnidad y por su exceso de
autoplagio) convirtió al mundo en silencio, cuando compuso para
una película enormemente cuidada (de esos films en los que nada
falla) como "La Misión", el que puede uno de los monumentos sonoros
más conmovedores e intuitivos jamás compuestos (pocos scores
alcanzan tal inteligencia) y uno de sus hits más incuestionables.
Gabriel´s Oboe (el tema principal) es de tal belleza, de tal perfección
y tal sensibilidad que sorprende comprobar que uno aún puede emocionarse
con algo ya escuchado cientos de veces. He de confesar que allí,
en ese gran auditorio, rodeado de gente, deseé morir. La belleza
se rindió a mis pies, y ahora al intentarlo, no puedo recordarla
con nitidez. Puedo poner el cd y disfrutar del tema, puedo reproducir ese
momento (creo que todo el allí presente quiso morir) en mi triste
memoria, pero la certeza, de que nunca será el mismo se adueña
de mí por completo y anula mis sentidos. Allí, a los pies
del maestro (tuve un asiento privilegiado), la belleza me asaltó,
me inundó y ahora su recuerdo me impide dormir por las noches. ¿Volveré
a encontrarme con ella?
La segunda parte se abrió con el bloque, Cine del compromiso, donde
el Morricone intimista e introvertido dio paso a un hacer mucho más
europeo, arriesgado e incluso experimental. Así pues, este bloque,
mostraba el radicalismo expresivo de la partitura de La batalla de Argel
(más cercano a la contundencia de Novecento que a la hermosura de
sus piezas más Hollywood) o el abierto vanguardismo de La clase
obrera va al paraíso, score algo críptico para el que suscribe,
pero que despertó momentos de autentica curiosidad con su más
que sorprendente uso de ruidos y tapes. Con la aparición de su segunda
invitada de la noche, la portuguesa Dulce Pontes, se produjo uno de los
momentos más especiales de la noche. Interpretando la estupenda
Ballad of Sacco y Vanzetti (con letra de Joan Baez), Pontes se merendó
al auditorio con su estupenda voz y un derroche de ganas y simpatía
que posteriormente ratificó con ese desnudo en el límite
que fue su versión de la canción A brisa do coraçao
de "Sostiene Pereira". De este primer bloque (algo menos conmovedor, pero
mucho más arriesgado) sonaron enormes el estupendo y (oscurísimo)
registro de Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha,
y la majestuosidad de Corazones de hierro, pieza solvente y furiosa.
Para el último bloque Morricone decidió homenajear a Sergio
Leone y en lugar de afrontar su etapa spaghetti (que como ya he dicho quizá
hubiera restado algo de ceremonia al eminentemente sensible repertorio
escogido) interpretó una completísima suite de Érase
una vez en América, para muchos lo mejor del autor. Entre el nervio
de los sonidos de Harlem o Brooklyn o la apatía desgarrada de esa
conmovedora oda a la amistad (y la pérdida de esta) que es el film
de Leone, este cierre (que bordó la Real Orquesta Sinfónica
de Sevilla) se hizo agridulce en los labios por la sutil melancolía
del Deborah´s Theme que presidió unos segundos el auditorio
antes de que la gente rompiera a aplaudir. Quiso el demiurgo que la carne
volviera a ser carne y fue apagando el tiempo con la última obra
interesante que ha escrito el maestro, la de La leyenda del pianista en
el océano (una vez más en manos del amigo Tornatore), que
sonó como una desesperada súplica al reloj. Allí moría
un recuerdo que ya era tal desde el momento en que nació. Quizá
por eso o por que de vez en cuando los dioses se apiadan de los que van
a morir de tristeza, el maestro hizo salir a sus dos invitados, y repasaron
Ricordare y A brisa do coraçao, para finalmente poner fin a nuestra
muerte (o dar cobijo a nuestra nueva vida) con la última interpretación
de la suite de La Misión. Un escalofrío ártico acudió
a mi pecho, ahora todo era pasado. Sólo me quedaba agachar la cabeza
y empezar a envejecer.
|
|
|