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17 diciembre. Granada. Industrial Copera
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Fotos: J. E. Gómez © IndyRock
connotaciones hipnóticas
Antonio Arias es una persona con aura. Algunos dirán que es un visionario.
Otros más prosaicos, que es un alucinado. Habrá también
quien diga que tiene una empanada mental que sólo él puede
comerse. A todos les tendremos que dar algo de razón, porque todo
eso es verdad.
Lo que parece innegable a estas alturas es que Antonio (Antoñico,
para el maestro Morente) es un artista inquieto. Un tío que supo
escapar a tiempo de unos 091 que se repetirían a sí mismos
más de un decenio, que inventó un nuevo proyecto entre punk,
garajero y psicodélico que se llamó Lagartija Nick, que al
cabo de poco tiempo era ya el único grupo español de rock
con resonancias industriales y que ha acabado entregándose al trash
metal después de coquetear con lo más sugerente de la electrónica
que nos devora. Quitémonos el sombrero, porque eso es lo que tienen
que hacer los artistas: crecer, evolucionar, reinvertarse a sí mismos.
Eso es lo que hace Antonio, engancharse periódicamente a una nueva
idea y explotarla hasta aburrirse y sacarle el mayor jugo posible. Eso
hizo con el pop-art, con la psicodelia, con el flamenco, con el espacio
y viene haciéndolo desde siempre con la mística del orden
y del caos.
El viernes 17 la familia rockera granadina volvió a reunirse para
saludar otra vez a este Antonio Arias, que es su patriarca desde hace veinte
años. Con curiosidad, porque para muchos de nosotros, los nuevos
Lagartija Nick eran toda una incógnita después de la dramática
reconversión de la banda.
El concierto empezó con retraso y mal sonido, dos de esas leyes
no escritas que parece que nunca vayan a cambiar. Durante la primera hora
asistimos a la puesta de largo de las canciones del último trabajo
de los granadinos. Algo que definiría como trash místico-sideral.
Por decir algo. Una curiosa mezcla de ingredientes. Veamos: las guitarras
del metal más denso unidas a unas bases rítmicas tan complicadas
que a veces te dejan fuera de juego, sin duda influenciadas por la experiencia
de sumergirse en los compases del flamenco. Del flamenco también
vienen en parte las melodías de la voz del Arias, las letanías
que parecen martinetes futuristas, oraciones en un solo tono que parecen
buscar el trance al más puro estilo budista. Y por último
la presencia de los sintes y el macinstosh de Ángel Arias, otro
elemento abducido posiblemente por la misma nave que un día se llevó
a su hermano.
Lagartija Nick son una banda que consigue hacer interesante un estilo que
para muchos no es nada interesante. El metal adquiere connotaciones hipnóticas
y realmente viajamos por un universo lleno de signos eternos y de drogas
benditas. En gran parte, por los textos y por los ambientes que Ángel
va dosificando.
Hasta aquí asistimos a un muy buen concierto, inquietante, un concierto
que atacaba más al cerebro que al corazón y que demuestra
que Antonio Arias quiere evolucionar y lo consigue, y una vez más
ofrece un resultado que supera con creces la media.
El problema es que al cabo de una hora y pico, los Lagartija se enfrentaron
a las canciones que hicieron de este grupo uno de los pilares del rock
español de la última década. Y aquí entramos
en el terreno del corazón. Canciones tan redondas como "Satélite",
"La curva de las cosas", "Úsame"... llegan a dejar en evidencia
las nuevas composiciones del grupo. Por comparación, uno llega a
la conclusión de que perdimos un grupo enorme para pasar a uno curioso.
Porque Juan Codorniú y Miguel Ángel Rodríguez eran
dos guitarristas geniales con un buen gusto a prueba de trash metal, y
que quieren que les diga, los malabarismos de Paco Luque son dignos de
respeto, pero me cambio la espectacularidad del titular actual por los
sobrios arreglos de los anteriores. Lo mismo podemos decir de los tambores,
que antes eran efectivos y demoledores y ahora pecan de barroquismo. Y
del conjunto, que antes daba más que la suma de cuatro músicos
y ahora evidencia en momentos que falta un poco de rodaje.
Es que uno no puede resistirse a la nostalgia. Lagartija Nick, los de antes,
fueron para muchos el mejor grupo de este país. Y muchos nos quedamos
huérfanos con el cambio de dirección de Arias. Muy respetable
como artista que quiere seguir su propio camino y no repetir la fórmula
magistral. Que sin duda sigue haciendo una música digna de respeto
y que llega a cimas ambientales casi perfectas. Pero atrás quedan
por lo menos una decena de canciones más que redondas, esféricas.
Y sospecho que esas, no volverán.
En cualquier caso, volvamos a quitarnos los sombreros y postrémonos.
Más de dos horas de concierto y allí no miró el reloj
ni el sereno. Y eso no lo consigue casi nadie.
Larga vida a Lagartija Nick, larga vida a Antonio Arias. Que sigan viajando
por las galaxias del sonido y encuentren otra estrella que les de calor.
Seguro que nos queda aún mucho por ver. Que la fuerza os acompañe.
Miguel Fernandez
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