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Festival Internacional de Jazz de Granada
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McCoy Tyner Trio con Jose James &
Chris Potter
domingo 20 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
Decíamos ayer por Enrique Novi
Muchos años más tarde, y con la implacable huella del paso
del tiempo marcada en su aspecto, volvía uno de los más aclamados
pianistas que ha visto el festival. Desde su visita en los ochenta no eran
pocas las cosas que habían cambiado, incluyendo una enfermedad que
estuvo a punto de llevárselo por delante. Recuperado de ella, había
rumores de que Tyner atravesaba una etapa de rejuvenecimiento. Su actuación,
que sirvió de clausura a la actual edición del certamen granadino,
se vivió con una profunda carga de emotividad, pero evidenció
que no todo lo que se rumorea tiene fundamentos sólidos. Con sus
claroscuros, McCoy Tyner jugó el papel de esos futbolistas veteranos,
que sin el fondo físico de sus mejores tiempos, aún atesoran
una exquisita calidad técnica, que dosifican sabiamente y con el
cuentagotas a la vista. Así pues, acompañado por el contrabajista
Gerald Cannon y el batería Joe Farnsworth, los componentes de su
trío, con el añadido de un Chris Potter muy comedido y consciente
de su función, lejos de la torrencial presencia de sus últimas
visitas, el de Filadelfia abrió fuego con toda su artillería.
Echando mano de temas propios de los setenta, por momentos rescató
el sonido musculoso, robusto, poderoso y exuberante que le hizo célebre.
Esa tempestuosa cortina sónica que para muchos constituye parte
esencial de sus momentos más gloriosos, cuando formaba parte del
legendario cuarteto de John Coltrane junto a Elvin Jones y Jimmy Garrison,
y de cuya sonoridad era artífice indiscutible. Con Fly With The
Wind, Ballad For Aisha (que en su día escribió para su esposa)
y Walk Spirit, Talk Spirit cubrió la primera parte de su actuación,
sin duda la que mejor sabor de boca dejó, y con ella se dejó
gran parte de las energías que traía en la reserva. Entonces
llegó el turno del anunciado cantante Jose James, un joven talento
con un voz perfectamente modulada que sin embargo rebajó el tono
del concierto. Y es que reproducir algunas de las baladas que grabara el
mencionado cuarteto de Coltrane con el inimitable Johnny Hartman suponía
todo un salto al vacío sin red del que difícilmente saldría
indemne ni siquiera el propio Hartman.
La belleza de temas como Autumn Serenade, Dedicated To You, You Are
Too Beautiful o They Say It’s Wonderful, todas incluidas en el exquisito
álbum producido por Bob Thiele para Impulse! no ocultaron la pequeña
decepción que supuso ver reducido el talento de Tyner al de mero
acompañante. Para el final dejaron, de nuevo sin la voz de James,
Blues On The Corner, canción también de Tyner incluida en
su excelente “The Real McCoy” y sin tiempo, ni fuerzas, para más,
el viejo pianista cumplió el trámite de los bises con una
breve y tenue variación sobre uno de sus temas. El respetable abandonó
el teatro hasta la próxima edición con la agridulce sensación
de haber asistido a una despedida definitiva. Ojalá estemos equivocados.
Christian McBride Trio
sábado 19 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica
Granada
Vuelta a lo básico por Enrique Novi
Después de abrir el programa central con el superviviente de la
época dorada del be bop Roy Haynes, de asistir a dos maneras de
entender el africanismo, con la dulzura de Ray Lema y con la mística
de Toumani Diabaté, de haber cubierto la cuota local con Enrique
Valdivieso y la ineludible vertiente brasileña con la norteamericana
Stacey Kent, y después de haber tenido ocasión de disfrutar
de dos magníficos encuentros entre el mundo flamenco y el jazzístico,
con David Liebman y Dani de Morón, por un lado, y con Dave Holland
y Pepe Habichuela por otro, por fin, en la recta final del festival, llegó
el gran jazz con mayúsculas y sin interferencias. Una vuelta a lo
básico, a lo esencial de la mano de Christian McBride y de la del
insigne McCoy Tyner. Cuando ustedes lean esto, el que fuera pianista de
John Coltrane ya habrá completado su actuación como colofón
a la 32ª edición del Festival de Jazz de Granada, pero a la
hora de escribir esta crítica, aún no sabemos si habrá
sido capaz de superar el altísimo listón que el trío
que presentó Christian McBride puso el sábado noche con un
concierto soberbio, magistral, de los que reconcilian al aficionado con
la música que un día le cautivó.
Ese retorno a las esencias se vislumbraba ya desde la misma disposición
instrumental de la propuesta. Simplemente con el contrabajo, el piano y
la batería, los instrumentos rítmicos sobre los que se construye
cualquier planteamiento de jazz puro, y un repertorio formado por clásicos
indiscutibles del género, los tres músicos dieron una lección
de jazz intemporal de los que dejan huella. McBride, que aún no
ha cumplido los 40, venía convertido en un veterano líder
que contagiaba entusiasmo a sus dos jóvenes acompañantes.
El trío comenzó por todo lo alto con dos impecables interpretaciones
de sendos temas de Thelonious Monk y de Benny Golson. De este último,
paisano de McBride, recrearon una vertiginosa y furibunda versión
de su Killer Joe que dejó exhausta a la concurrencia. Ambas piezas
dejaron bien a las claras por donde iba a discurrir el resto de la noche,
y de la categoría de los músicos que había sobre el
escenario. Derrochando desparpajo y sentido del humor McBride hizo la primera
pausa para presentarse y retó al respetable a aplaudir cuando descubrieran
el siguiente tema. Tras una prodigiosa introducción a cargo del
pianista Christian Sands, un joven portento destinado a convertirse en
uno de los grandes de su instrumento, que dejó constancia de su
dominio de los múltiples registros estilísticos que maneja,
el público arrancó a aplaudir al reconocer los primeros acordes
de My Favorite Things.
El tema sirvió también de plataforma para el lucimiento
de Ulysses Owens Jr. que portentoso con las baquetas realizó uno
de los solos más espectaculares que se hayan visto en el festival,
y que inició con una exhibición de precisión ¡únicamente
con el bombo! El recital continuó con Sofisticated Lady del maestro
Duke Ellington, y Juicy Lucy de Horace Silver, entre otras. Con el teatro
convencido de asistir a una de las noches más memorables de la actual
edición, esperó al bis, para el que se atrevieron a llevar
al terreno del jazz nada menos que a James Brown.
Stacey Kent
viernes 18 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica
Granada
De Broadway a Ipanema
Por Enrique Novi
Mezclando inglés, francés y portugués, la pizpireta
y risueña Stacey Kent llenó el Teatro Isabel la Católica
de ritmos atenuados y cadenciosos, de jazz ligero, de bossa nova y de buen
humor. Con su elegante y vaporosa voz, que más allá de los
prodigios de otras cantantes con eso que se conoce como chorro de voz,
es capaz de modular con absoluta precisión y de poner cada nota
en el lugar idóneo con total sutileza, nos dio un paseo por la historia
del jazz más suave y amable, ese que se reserva para las noches
de verano poniendo banda sonora a la brisa que convierte en confortables
las terrazas a pie de playa, de Río de Janeiro a Saint Tropez, de
Miami Beach a Puerto Banús.
El lugar donde confluyen las clásicas melodías de Broadway
con las voces aterciopeladas de Frank Sinatra y de Nat King Cole, donde
se encuentran Stan Getz y Joâo Gilberto y donde comienza el idilio
entre el jazz y la música brasileña. La cantante venía
acompañada por el sutil y acompasado toque del batería Matt
Skelton, que arrancó el aplauso más caluroso de la noche
con un solo breve y de complicada ejecución, el sobrio contrabajista
Jeremy Brown y el fino pianista Graham Harvey. Junto a ellos, Jim Tomlinson,
que además de compositor y director musical de los discos de Stacey
Kent, es su marido y le pone la guinda a sus canciones soplando el saxo
tenor con el refinamiento y la delicadeza de Stan Getz.
Todo el grupo se aplica en arropar a la cantante con un planteamiento
contenido y sugerente, de ascendencia cool, heredero directo del sonido
distinguido y primoroso de Chet Baker, de Paul Desmond, de ese que se desprende
de notas para quedarse con lo esencial en favor de la expresividad. Y entre
esa corriente cool, un toque de distinción a la francesa y una devoción
absoluta por los sonidos más cálidos de la música
brasileña discurrió un concierto basado en “Dreamer In Concert”,
el último trabajo publicado por esta artista y grabado en directo.
Así sonaron Breakfast on the Morning Tram, It Might as Well Be
Spring, Dreamer, O Comboio o Samba Saravah junto a piezas de My Fair Lady
y, sobre todo, del repertorio clásico de la bossa nova que hicieron
que sobrevolara por el teatro el espíritu de Jobim, de Vinicius,
de Gilberto. La facilidad comunicativa de Stacey Kent, que no en vano ejerció
de presentadora antes de iniciar su carrera como cantante, y su voz natural
y alérgica al artificio hicieron el resto. Con el teatro a sus pies,
se despidieron echando mano de la infalible Águas de Março,
que popularizara el mismísimo Antonio Carlos Jobim con la apasionada
Elis Regina. Más de uno llegaría a casa deseando desempolvar
aquel viejo vinilo que se abría con The Girl From Ipanema.
Dave Holland & Pepe Habichuela
con Josemi Carmona
jueves 17 de noviembre 2011 Teatro Isabel la Católica Granada
La jondura de un contrabajo
Por Enrique Novi / IndyRock
El solo nombre de Dave Holland se basta para agotar las localidades y los
adjetivos cuando hablamos de jazz en general, y del Festival de Granada
en particular, como ha quedado acreditado en las ocasiones anteriores en
las que ha formado parte del cartel. Por su brillantez, por su técnica
sofisticada, por su fantasiosa capacidad improvisadora, por su dominio
de la armonía y su impecable sentido rítmico, muy poquitos
nombres pueden competir con él a la hora de designar al mejor contrabajista
del género, como certifican sus muchos galardones.
Si además se presenta acompañado de un elenco de grandes
artistas flamencos, encabezado por nuestro inigualable Pepe Habichuela,
con un espectáculo de enorme audacia y complejidad, y en la patria
chica de los Habichuela, tras una exitosa gira que ha dejado boquiabiertos
a los aficionados de medio mundo, el concierto que tuvimos el privilegio
de disfrutar la noche el jueves no puede ser calificado sino de excepcional.
Así era sobre el papel y así se corroboró sobre las
tablas de un Isabel la Católica que apenas pudo contener los oles
con cada quiebro, con cada remate de unos músicos que parecen haber
nacido para encontrarse. Lo que comenzó como una feliz iniciativa
de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, la
llamada Jazz Viene del Sur (todo un acierto de una institución que
no siempre da en el clavo), terminó de completar un círculo
perfecto con la excelente actuación que el quinteto regaló
al público granadino.
Ya había quedado plasmado su mágico entendimiento y compenetración
en el álbum “Hands” que ambos maestros firmaron el pasado año,
pero el extraordinario concierto que ofrecieron venía a poner la
guinda a la dichosa colaboración. En ella Holland se convierte en
un tocaor lleno de jondura, que domina los palos y sus secretos, los silencios
y los arrastres como si los hubiera aprendido de chico correteando por
el Sacromonte, o como si el contrabajo formara parte de la tradición
flamenca. Así ocurrió con el soberbio arranque por bulerías,
y con el tema Hands que da título al disco, un fandango soberano,
con el quinteto al completo, pues al contrabajo de Holland y la guitarra
de Habichuela se unían la de su hijo Josemi Carmona y los cajones
y la percusión de Bandolero y de Juan Carmona.
El concierto continuó con los temas propios de Dave Holland,
como Joyride o The Whirling Dervish, que casaban a la perfección
con la granaína que Pepe dedicó a su hermano Morente o con
Camarón, una taranta también incluida en el álbum.
Por esos derroteros siguieron por soleá, por seguiriya y por rumba,
hasta que con el teatro puesto en pié, culminaron una noche redonda,
como el toque de los dos genios, por tangos.
Enrique Valdivieso Band con Ryo
Kawasaki & Edith B.
miércoles 16 de noviembre 2011 Teatro Alhambra Granada
Quien mucho abarca
Por Enrique Novi
El concierto de Enrique Valdivieso programado el miércoles en el
Teatro Alhambra era a priori uno de los que más curiosidad despertaban
en el cartel de este año. Por las muchas connotaciones que traía
consigo. Primero por el origen granadino del teclista y también
por el retorno que suponía su actuación tras unos años
retirado de la escena. Y por supuesto porque somos muchos los que nos posicionamos
de manera preferente ante la posibilidad de escuchar un auténtico
Hammond B-3 con su motor Leslie a toda máquina, pues se trata, seguramente,
del más legendario de los órganos desde que el jazz surgió
como género. Vista la actuación, la cosa quedó simplemente
en eso, en una curiosidad que no terminó de cuajar tal vez por los
muchos caminos que el septeto quiso transitar sin apostar en firme por
ninguno de ellos, y que convirtieron su actuación en un batiburrillo
de propuestas a medio cocinar. Como esas degustaciones que te dejan con
ganas de comprar un bocadillo en la primera tasca con la que tropiezas.
En el programa del festival se hablaba de be bop, de swing, de funk
y de fusión, pero el grupo quiso empezar con fuerza y abrió
con una introducción de órgano solo a modo de homenaje al
gran Jimmy Smith, que sin embargo no sonó todo lo limpia que hubiera
sido deseable. Valdivieso ya había compartido cartel hace más
de veinte años con el insigne organista dentro de este mismo festival.
Así, tras Mi Querido Smith, quiso rendir un tributo a su esposa
con Carmen, un tema que si bien dejó pinceladas de aroma aflamencado
y cadencias mediterráneas, también sirvió para que
el grupo diera rienda suelta a las disonancias en lo que parecía
una furibunda escapada free, que encadenó con Seven Steps To Heaven
de Miles Davis. Ahí se escaparon algunos tics progresivos que corrigieron
virando hacia el soul jazz y el jazz-funk de orientación Blue Note
con los clásicos Going To The Well y The Jody Grind del fino estilista
Horace Silver, con los que Valdivieso enloqueció sobra las teclas
del órgano, como un reencarnado Brian Auger al frente de Oblivion
Express.
La primera parte culminó con un tema del peculiar Kawasaki, que
dejó su rugiente eléctrica para interpretar una pieza de
tintes fallescos a la acústica. Fue entonces cuando llegó
el turno de la cantante Edith B. que significó el último
volantazo de la noche, que se convirtió en un music hall. A partir
de ahí, el grupo cambió de vestuario y los pantalones de
campana del concierto setentero que habían ofrecido hasta entonces,
fueron sustituidos por los impecables trajes con pajarita del repertorio
de estándar que acometió la cantante sueca. Four Brothers,
How High The Moon, Ornitology o Air Mail Special se sirvieron como un popurrí
que fue el aperitivo de más inmortales como Just One Of These Things,
Just Friends, Taking A Chance On Love o el Stop Leadin’ Me On del incombustible
B.B. King, con el que cerraron el consabido bis.
Toumani Diabaté
Quartet
martes 15 de noviembre 2011 Teatro CajaGranada
Un concierto didáctico
Por Enrique Novi
A Toumani Diabaté el sobrenombre que más veces le han adjudicado
ha sido sin duda el de maestro de la kora, ese enigmático instrumento
de sonido hipnótico que con tanta elegancia y habilidad domina.
Visto su concierto del martes ante un público que llenó las
300 butacas del Teatro CajaGranada, se entiende a la perfección
el apelativo, pues no solamente extrae con maestría las más
hermosas sonoridades de sus tripas, sino que se aplica en explicar a todo
el que quiera oírlo los secretos de su inseparable compañero:
su origen, los materiales con los que se manufactura, la disposición
de las cuerdas, cual es la forma de tocarlo o las múltiples funciones
que cubre y que lo convierten en un instrumento versátil y autosuficiente
capaz de ejercer de solista y de proporcionar acompañamiento al
unísono.
El amor que irradia por él se refleja de manera genuina. Su propio
padre Sidiki Diabaté pasa por ser el primer intérprete que
grabó un disco de kora en 1970, y a buen seguro que Toumani transmite
con pasión sus conocimientos a sus hijos, consolidando la arraigada
tradición de sus ancestros. Para su actuación granadina le
bastaron apenas seis temas escogidos de su lustroso repertorio para ofrecer
un concierto medido y sugerente donde las composiciones se desarrollaban
espaciosamente, tomando todo el aire que cada una de ellas iba pidiendo.
Hasta conseguir un ambiente casi mágico y narcótico que
arrastra a la audiencia a una especie de mantra, de experiencia mística.
Comenzó solo con Kaira de su álbum de debut, para a continuación
invitar a su banda. Fanta Mady Kouyaté a la guitarra, Mohamed Koita
al bajo eléctrico y Fode Kouyaté a la batería apenas
alteraron el recogimiento de su propuesta. Los arreglos precisos, más
enfocados hacia la sutileza y la consecución de un ambiente de quietud
que hacia la exhibición de sus habilidades, contribuyeron al estado
de hipnosis, de meditación más que de intimismo en el que
Diabaté sumió al teatro.
Así continuaron con Ruby, tema compuesto por Ali Farka Touré
que abría el segundo de los discos que grabaron juntos ambos compatriotas
antes de la muerte de este último. El homenaje no acabó aquí,
pues más tarde continuó con Soumbou Ya Ya, canción
tradicional incluida en el primero de los discos que grabaron juntos, In
The Heart Of The Moon. También rescató alguna pincelada del
trabajo que lo dio a conocer en nuestro país, Songhai, que grabara
en colaboración con Ketama, y por supuesto, alguna de las piezas
de su último álbum hasta la fecha, el fabuloso The Mande
Variations, un disco introspectivo como su concierto del martes, que nos
acercó a la belleza telúrica del África interior,
del África eterna.
Ray Lema African Jazz Trio
domingo 13 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
La zona templada
Por Enrique Novi
El concierto que Ray Lema ofreció la noche del domingo fue un auténtico
regalo que más allá del jazz y su torrencial desfile de notas,
inundó el Teatro Isabel la Católica de la dulce y melancólica
cadencia que indefectiblemente posee la música de la zona más
templada del planeta, la que hunde sus raíces en los países
próximos al ecuador. Al contrario de lo que ocurre con el jazz,
que normalmente entierra la melodía en busca de la audacia armónica,
la música de Ray Lema, como el resto de las que provienen de las
zonas ribereñas del Río Congo, rezuma una sencillez melódica
que la hace irresistible. Es cierto que en su propuesta se cuelan algunos
sutiles pasajes jazzísticos, pero sobre todo hay aires africanos
de aroma tropical.
Por todas las rendijas de sus composiciones se cuela el soukous, la
rumba congoleña, el son, el choro, el calypso, la samba y la bossa
o el afropop. Y con ello se convierte en el mejor heredero de Antoine Moundanda
y de Wendo Kolosoy, más conocido como Papá Wendo, el padre
de aquella música melosa de ritmo contagioso y tono agridulce y
melancólico llamada rumba congoleña, dulce como el agua de
los mejores cocos y elegante como las orquestas trajeadas de la época,
un estilo surgido en los años cuarenta, innegablemente africano
pero de inspiración caribeña, que fusionaba el son y el cha-cha-chá
con las tradiciones de la profunda África.
No sin razón se ha dicho que la rumba congoleña es a África
lo que el son a Cuba o la bossa a Brasil, nada más y nada menos.
Así el repertorio que Lema presentó en Granada estuvo atravesado
de rumbas del Caribe, melodías africanas de tono evocador, chasquidos
de dedos, algunos falsetes, tenues guiños brasileños, gestos
de complicidad con el público e incluso ritmos retro, de esos que
han sido rescatados por las recopilaciones de la música ligera de
los años 50 y que ahora conforman lo que modernamente ha sido conocido
como exotica.
Y todo ello fue posible gracias a la compenetración de un trío
en el que cada miembro tenía su papel perfectamente delimitado.
Así el bajista Xavier Zolli contiene con sobriedad el peso rítmico
del concierto, atrayendo los focos exclusivamente durante sus contados
solos, en los que muestra su virtuosismo sin descuidar el elemento altamente
melódico de la propuesta, mientras que Ray Lema, igualmente contenido,
desliza sus manos sobre las teclas de su piano, para extraer las notas
justas, sin alardes ni exhibicionismos fuera de lugar, en un acompañamiento
minimalista que sirve como estructura perfecta sobre la que exponer las
partes cantadas. Mención aparte merece Francis Lassus, un inquieto
y travieso batería que coquetea con el público y ejerce de
animador al tiempo que corona los temas con sus versátiles arreglos
vocales, que hicieron las delicias del respetable, sin que por ello se
resienta su labor con las baquetas y las escobillas. Su toque fino, su
dinámica y su sutil sentido del ritmo se antoja el complemento perfecto
para las armoniosas canciones de Ray Lema. Tras sentirse partícipes
haciendo los coros propuestos por el trío, el público se
marchó satisfecho con la sonrisa puesta. Era domingo noche y al
día siguiente tocaba madrugar.
Roy Haynes Fountain Of Youth Band
sábado 12 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
La veteranía es fuente de juventud
por Enrique Novi
A Roy Haynes le resultaría más fácil elaborar la lista
de grandes del jazz con los que no ha colaborado que enumerar los nombres
ilustres que incluye su hoja de servicios. Desde Lester Young a Pat Metheny,
de Dizzy Gilespie a Chick Corea, de Miles Davis o John Coltrane a John
Pattitucci, Art Pepper, Stan Getz, Eric Dolphy, Lennie Tristano, Sarah
Vaughan, Thelonious Monk… Y es que a estas alturas es de los pocos supervivientes
de la era dorada de la explosión del be bop, pues también
formó parte del quinteto de Charlie Parker entre 1949 y 1952. Tal
vez por eso Haynes se conduce con soltura y sobrado de desparpajo tanto
cuando está sentado detrás de su batería como cuando
abandona su puesto para presentar a la banda, canturrearle la melodía
a su solista o exhibir su agilidad marcándose unos pasos de claqué
a la manera en que le vimos hacerlo a Gregory y Maurice Haines interpretando
a los hermanos Williams en Cotton Club.
Haynes se sabe parte de una historia dorada que pase lo que pase ya
nadie va a cambiar y eso hace que asuma su papel sin ninguna presión
y con total libertad. Rodeado de unos músicos de solvencia contrastada
que se mantienen en todo momento dentro de los márgenes de la corrección,
y cuya suma de edades apenas supera la suya propia, se muestra como el
más jovial y desinhibido de un cuarteto al que ha bautizado apropiadamente
como Fuente de Juventud.
El neoyorquino David Wong al contrabajo y el pianista de Miami Martin
Bejerano mantienen el pulso rítmico con precisión y sin grandes
alardes pero con absoluta eficacia, espaciando sus discretos solos y supeditándolos
a la estructura de los temas, nunca elevándose por encima de ellos,
como corresponde a un planteamiento de la vieja escuela. Por su parte el
saxofonista Jaleel Shaw, casi siempre con el saxo alto, se arroga parsimonioso
el papel solista con idéntica efectividad, planteando impecable
la melodía de una manera canónica para después mostrar
sus apreciables dotes armónicas, todo dentro del más estricto
academicismo.
Así pues, el repertorio se mantuvo sin sorpresas dentro del clasicismo
que cabía esperar, con piezas del maestro Thelonious Monk, como
Trinkle, Tinkle con la que abrieron fuego o la hermosa Green Chimmeys,
o de Sonny Rollins, otro de los supervivientes de la buena época,
como Grand Street. Completaron el set con la balada I Can’t Get Started
de Ira Gershwin, y con la famosa James de Pat Metheny, seguramente una
de las piezas más alegres de la historia del jazz. También
hubo tiempo para involucrar al público, al que Haynes animó
a hacer peticiones, y tras descartar la primera (alguien desde el patio
de butacas gritó ¡Weather Report!) acogió con mayor
entusiasmo el Well, You Needn’t también del inevitable Monk. Y la
velada se cerró con el consabido bis para el que recurrieron, como
no, a otro clásico: Limehouse blues puso el cierre a la primera
entrega del programa central de la actual edición del Festival.
Jazz Viene del Sur: David Liebman
& Dani de Morón con Guillermo McGill
Viernes 11 de noviembre 2011 Teatro Alhambra Granada
Ejercicio de rehabilitación
Por Enrique Novi
Con permiso del concierto programado la víspera en Guadix
a cargo de Antonio Hart con la Granada Big Band, se abría la actual
edición de nuestro Festival de Jazz con otro fuera de abono que
visto lo visto no hubiera desmerecido en absoluto en la sede principal
del Teatro Isabel la Católica. Encuadrado dentro del ciclo Jazz
Viene del Sur que produce la Consejería de Cultura de la Junta de
Andalucía, en este caso con la colaboración del Instituto
Andaluz del Flamenco, y bajo el título de Alborada: homenaje a Ramón
Montoya y Fernando Vilches, el saxofonista David Liebman y el guitarrista
flamenco Dani de Morón, con el batería Guillermo McGill y
el excelso bajista Manuel Posadas “Popo” (injustamente relegado en el cartel),
nos ofrecieron un magnífico concierto que vino a demostrar al menos
un par de obviedades. La primera, que la fusión del flamenco y el
jazz tiene más precedentes de los normalmente admitidos, y la segunda,
que, para quitarnos la razón a los que usualmente nos mostramos
reticentes con los experimentos y nos provocan cierta alergia las fusiones
forzadas que tanto abundan entre ambos géneros, cuando se hacen
con fundamento y sabiduría, los resultados pueden llegar a ser irreprochables
y de una espectacularidad abrumadora. Así sucedió la noche
del viernes en un concierto que mereció mejor respuesta por parte
del público. Seguramente el hecho de venderse al margen del abono
influyó en la escasa afluencia.
Con un repertorio basado en los experimentos grabados en fecha tan temprana
como 1925 por el maestro de la guitarra flamenca Ramón Montoya junto
al saxofonista Fernando Vilches, y con la inestimable labor de recuperación
casi arqueológica de Guillermo McGill, la actuación fluctuó
armoniosamente entre el jazz moderno, arriesgado y de aires coltranenianos
que representa Liebman y la exuberancia flamenca de las cuerdas, tanto
las del habilidoso Dani de Morón como las del virtuoso Popo, que
alternó el bajo eléctrico de seis cuerdas con otro acústico
de cinco. Como argamasa de todo ello el trabajo sutil a la percusión
de Guillermo McGill, que además adaptó la mayor parte de
los temas rescatados a la sonoridad moderna, donde el ritmo alcanza mayor
protagonismo que en la época en que se grabaron, cuando toda la
presencia recaía en el componente melódico.
Así se fueron sucediendo los palos que grabó Montoya,
comenzando por Alborada, con temas escogidos para la ocasión: Fuego
en la piel de McGill, Lonely woman de Ornette Coleman, donde se lució
Liebman con la tin whistle, Moors del propio Liebman o Los sueños
y el tiempo, a compás de siguiriya, también de McGill, con
la que cerraron la actuación. Entre medias hubo exquisiteces con
forma de rondeña, malagueña, soleá, media granaína
y bulerías por soleá, todas de genuino aroma flamenco, en
los que Liebman alternaba el tenor y el soprano, e incluso un par de palos
de ida y vuelta, con una hermosísima milonga y una dulce colombiana.
Con el público entregado, el cuarteto regaló un bis que parecía
escrito para la ocasión. Nada más y nada menos que una furibunda
y enérgica versión de Olé, el tema que Coltrane grabara
en 1961 con una de sus formaciones de lujo (Dolphy, Tyner, Jones, Hubbard…)
que recreaba la melodía tradicional española El vito, y que
se convirtió en el broche de oro a una magnífica noche de
música.
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FESTIVAL DE JAZZ FR GRANADA, 2010
Esperanza Spalding
domingo 21 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica Granada
Esperando a Esperanza
Por Enrique Novi
Con el patio de butacas repleto, a oscuras y en silencio, y unos cuantos
minutos de retraso, Spalding entró sigilosa en la sala por una de
las puertas de acceso del público, subió al escenario y,
parsimoniosamente, se despojó de su abrigo y su pañuelo,
se sentó en un butacón dispuesto a tal efecto, se sirvió
una copa de vino y se la bebió.
A continuación se abrió el telón y solo entonces
se unió a la banda ya dispuesta para atacar las primeras notas de
la noche. Hace año y medio, durante su actuación en Jazz
en la Costa, el hermano menor del festival de otoño de Granada,
Esperanza Spalding ofreció un concierto vigoroso durante el cual
se mostró comunicativa y hasta dicharachera. Para su actuación
de entonces también agotó las localidades con antelación.
Un hecho insólito para una debutante. Seguramente su éxito
se debe en parte a su impactante y fotogénica imagen, además
de a sus indiscutibles facultades, pues es resuelta como autora, brillante
y efectiva como cantante y deslumbrante con el contrabajo –no en vano aprendió
con uno de los grandes como es Ron Carter-.
Entonces dijimos que su propuesta aún buscaba en múltiples
direcciones sin apuntar de manera certera a casi ninguna. También
que su repertorio se antojaba todavía prisionero de los productores
discográficos y que seguramente aún estaba por llegar lo
mejor
sí misma cuando fuera capaz de canalizar todo el potencial que su
habilidad y su talento encierran. Pues bien, parece que esa búsqueda
se ha iniciado, aunque a juicio de este humilde cronista haya sido con
un tiro fallido. Su actuación del domingo cerraba la edición
XXXI del Festival de Jazz de Granada y fue diametralmente opuesta a la
que nos ofreció en Almuñécar. Si entonces desplegó
carácter y desparpajo con unos temas más festivos, su planteamiento
musical en esta ocasión fue mucho más introspectivo, intimista
y poético.
Y si siempre es de agradecer que una artista se aventure a arriesgarse
con nuevos retos y rehúya repetir lo que le ha funcionado en el
pasado, el resultado de esta nueva propuesta no parece el camino más
corto para labrarse una buena reputación como jazzista, por más
que este nuevo álbum que venía a presentar permanezca entre
los más vendidos en las listas del género. Antes se ganará
por esta senda la admiración de los consumidores de discos de
músicas de la nueva era y otros productos con olor a pachuli. Salvo
uno, todos los temas que interpretó pertenecían al reciente
Chamber music society, y estaban cortados por el mismo patrón. Una
música de marcado carácter lírico, espaciosa y sosegada
en la que el trío de cuerdas llevó gran parte del peso de
una actuación narcotizante y por momentos plúmbea, más
propia de una ensoñación a medio camino entre el mundo de
Disney y el catálogo de Windham Hill. Demasiado espeso para el cierre
a un festival de jazz. Seguiremos esperando a Esperanza.
Chano Domínguez
sábado 20 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica
Granada
Día de canciones populares
Por Enrique Novi
En el programa el concierto del sábado venía anunciado como
“Blue Note Records presenta: Piano Ibérico”. Y a pesar de llevar
el sello de uno de las compañías más icónicas
del jazz, fue una propuesta tan escorada hacia lo español, hacia
lo flamenco, que confieso que me da cierto apuro afrontar esta crítica
teniendo este periódico tan versados críticos especializados
en el inmaterial patrimonio de la humanidad. Pero se da la circunstancia
de que estaba encuadrado en la presente edición del Festival de
Jazz, donde Chano Domínguez es uno de los artistas más genuinamente
admirados, y a pocos se le va a descubrir a estas alturas el talento del
gaditano.
Si existe algún lugar donde el jazz y el flamenco convivan con
naturalidad, dialogando de igual a igual, enfrentándose, discutiendo
y volviéndose a arrimar, como los amores reñidos, ese lugar
es la mente de Chano y la prolongación que transmite hasta el piano.
En este nuevo trabajo que presentó en Granada, el primero cedió
casi toda la presencia al segundo y el cuarteto ofreció un concierto,
como indica su título, de aire ibérico, basado en melodías
populares de los más célebres compositores del nacionalismo
musical español, más alguna composición propia inspirada
por esa misma sensibilidad.
Fue la mejor respuesta a otro cántico de infausto recuerdo para
muchos, que con motivo del aniversario de la muerte del caudillo, algunos
nostálgicos del dictador entonaban en las inmediaciones del teatro
minutos antes del espectáculo, mientras el público accedía
a su interior. Una vez allí, el piano estaba acompañado por
la percusión de Manu Masaedo, por el cante y por el baile. Juntos
abrieron fuego con Mantería, una de las pocas composiciones propias
del nuevo álbum, para pasar de inmediato una emocionante relectura
de los clásicos españoles que comenzó con El puerto
de la Suite Iberia de Albéniz enriquecida con los pasos del bailaor
Daniel Navarro.
La voz rajá y flamenca de Blas Córdoba se unió
a ellos en unos tangos basados en La música callada de Mompou. Y
así continuó con dos danzas de Granados. La segunda de ellas,
si se me permite el neologismo, abluesada sutilmente por Domínguez.
Y es que el pianista no tiene competencia a la hora de fusionar ambas tradiciones
y los ritmos de sus tanguillos rezuman aires criollos, los de la soleá
adquieren la candencia de un solo y los fandangos transpiran swing. El
clímax llegó de la mano del maestro Falla. Primero con El
Amor Brujo y el zapateado espectacular de Navarro, que con su taconeo puso
en pie al teatro; y a continuación con El Fuego Fatuo que Córdoba
interpretó con quejío. Una vuelta a Mompou y para cerrar
el círculo Cuando te veo pasar, otra composición del propio
Chano con la que se despidió, a falta del deseado bis, de su público
granadino. Hasta la próxima visita.
Parkerland Nonet con Perico Sambeat
Parker sin complejos
por Enrique Novi
jueves 18 de noviembre 2010 Teatro Alhambra
Por una vez y sin que sirva de precedente, seré franco con ustedes.
Como las sandeces que me dedico a poner por escrito en este diario no me
dan para vivir y por ende tengo que emplearme en otros menesteres, llegué
con el concierto ya empezado y la primera impresión no fue buena.
Vi a diez músicos, de los cuales nueve tenían su mirada fija
en la partitura y no pude evitar pensar dónde quedaba la improvisación
como elemento esencial y definitorio del género jazzístico.
Sin embargo, a partir de ahí todo fue mejorando hasta que con el
último compás todo la concurrencia aplaudió convencida
de la solvencia y la prestancia de una banda formada por músicos
de la escena local pero que demostraron que su inclusión en el cartel
del Festival no es un acto de condescendencia. Junto al programado el día
anterior, el de la Granada Big Band con Toni Belenguer, cubría la
cuota granadina en la actual edición del Festival, un hecho que
al finalizar su actuación agradeció el guitarrista Eneko
Alberdi manifestando su deseo de que sea el principio de una apuesta que
tenga continuidad. Atreverse con el repertorio de nada menos que Charlie
Parker, probablemente el mejor improvisador que ha dado el jazz y sin duda
el músico que con su torrencial genio sentó las bases del
género, recapitulando lo que había sido hasta entonces para
reinventarlo en su forma moderna, la que todos identificamos como genuina,
atreverse con eso, digo, es una empresa de riesgo. Salir venturoso de ella
es un logro que hay que apuntar en el haber de estos músicos por
su constancia, su dedicación y su talento. Así que a pesar
de que se apreció cierta rigidez en algunos pasajes, finalmente
la habilidad como instrumentistas de todos ellos acabó por imponerse
para regalarnos algunos momentos de jazz de altura, en los que el espíritu
inquieto y rompedor de Parker se apoderó del teatro. Sobre la precisión
rítmica de Cuni Mantilla, José María Pedraza y Sergio
Díaz voló por supuesto el saxo alto y sutil del músico
invitado, Perico Sambeat, un indiscutible de nuestro panorama, pero también
la seguridad con ese mismo instrumento de Antonio González, el soplo
matizado de Julián Sánchez con la trompeta –impecable dando
comienzo a Lover man-, o la suavidad con la flauta travesera de Valentín
Murillo. Mención especial merecen Sergio Albacete con el saxo barítono
y el versátil Pepe Viciana que, no solo con el tenor, se destapó
con algunos de los solos más aplaudidos. Todos juntos nos deleitaron
por Parker. Y sin complejos.
Charles Lloyd New Quartet
sábado 13 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica
En frasco pequeño por Enrique Novi
Tras la sobredosis de escalas a la que nos había sometido el
guitarrista Kurt Rosenwinkel la noche anterior, el mejor antídoto
para reponerse de tan abrumadora exposición, lo ofreció con
una actuación memorable Charles Lloyd. Al frente de un comedido
y preciso cuarteto, el veterano saxofonista, con una décima parte
de las notas que necesitó su predecesor para aburrirnos, nos regaló
un precioso concierto en el que no sobró ni faltó una sola
coma. Sin estridencias, sin exhibiciones, sin zapatazos y sin solos interminables.
Simplemente dejando que la belleza de sus sosegadas composiciones inundara
lentamente el teatro, como el humo de un cigarro se expande inexorable
por la estancia donde se está fumando. Como los buenos perfumes,
que no solo se presentan en frascos pequeños sino que se precisan
unas pocas gotas para que la piel se impregne con su esencia. Para qué
utilizar un centenar de notas cuando bastan dos para transmitir sensaciones
genuinas. En ese sentido la propuesta de Lloyd trascendió lo musical
para inmiscuirse en el universo de lo emocional. Y en ese terreno ni ha
encontrado rival en lo que llevamos de festival ni es previsible que lo
vaya a encontrar. Con parsimonia, ceremoniosa y elegantemente los cuatro
músicos tomaron posiciones y la magia comenzó a fluir en
forma de música. Jason Moran al piano, más concentrado que
durante su última visita con el Overtone Quartet que capitaneaban
Dave Holland y Chris Potter, tuvo la oportunidad de resarcirse de aquella
noche y demostrar el prestigio que le precedía. Eric Harland, compositor
y finísimo batería también presente en aquella ocasión
y Reuben Rogers al contrabajo, otro conocido de la organización
por cuando vino acompañando a un inconmensurable Joshua Redman que
cerró una de las últimas ediciones de Jazz en la Costa, formaban
uno de los combos más solventes y contenidos de la actual entrega
del certamen de invierno. A sus dotes como músicos hay que añadir
la magnífica selección que conformó un repertorio
exquisito primorosamente interpretado. A algunas composiciones propias
de sobrecogedora belleza, como la orientalizante Ramanujan, el viejo Lloyd
incorporó algunas bien escogidas versiones de Coltrane o Sonny Rollins,
llenas de espiritualidad, e incluso temas ajenos al género que llevó
a ese terreno de jazz espaciado y sugerente que tan magistralmente domina.
Fue el caso del clásico mexicano La llorona o el Rabo de nube de
Silvio Rodríguez, que daba título uno de sus últimos
álbumes publicados. Más allá del jazz modal, del jazz
de vanguardia o de cualquier otra categoría, el que desplegó
este cuarteto la noche del domingo perdurará en las mentes de los
presentes por su hermosura y por su elevado poder evocador.
Kurt Rosenwinkel Standards Trio
sábado 13 de noviembre Teatro Isabel la Católica
Cuando más es menos
por Enrique Novi
Después del abrupto viaje por los paisajes glaciales que nos
propuso el noruego Molvaer, un cartel que se anunciaba como Kurt Rosenwinkel
Standards Trio era prácticamente la máxima garantía
de que volvíamos a unos senderos más amables, a una carretera
más conocida y que por ella haríamos un recorrido más
cómodo. Si además, como el propio nombre indicaba, el repertorio
iba a estar compuesto exclusivamente por clásicos indiscutibles
del género, la travesía se presumía bien plácida.
Sin embargo, el superdotado guitarrista Kurt Rosenwinkel ofreció
un concierto espeso y excesivamente frondoso, a fuerza de inyectarle una
sobredosis de notas. Lo que parecía iba a ser un plato ligero, de
fácil digestión, desde el principio quedó claro que
lo que se nos ponía sobre la mesa era un suntuoso y grasiento menú
de alto poder calórico. Estándar, sí, todo el repertorio
estaba formado por versiones de clásicos dorados, pero con un tratamiento
de esteroides anabolizantes que los engordaba artificialmente hasta la
atrofia, hasta hacerlos prácticamente irreconocibles. Tanto Rosenwinkel
a la guitarra como sus socios Eric Rovis al contrabajo y Ted Poor a la
batería, obviando aquella máxima que definía las virtudes
de las corrientes minimalistas, menos es más, se dedicaron a insuflar
en cada uno de los temas todo su potencial como virtuosos de su instrumento.
Dijeron tocar Backup de Larry Young, Reflexions de Thelonious Monk, Invitation,
composición de Kaper & Webster que ha sido grabada por un sinfín
de maestros, Senerity de Joe Henderson, Ugly beauty también de Monk
y Milestones de Miles Davis para acabar en el bis de nuevo con el genial
Monk y su Ruby my dear. Una excelente selección de temas que juntos
harían una recopilación exquisita para regalar a algún
amigo apreciado y quedar como un buen aficionado de gusto fino, pero que
en manos de este trío se volvió un repertorio plano y repetitivo
por su empeño en demostrar sus prodigiosas cualidades. Los amantes
del exhibicionismo desde luego quedarían encantados con el despliegue
de digitación de Rosenwinkel, con los solos reiterativos de Rovis
y con la manera de volcarse sobre los tambores de Poor, que parecía
que se iba a descoyuntar con cada redoble, pero los que esperábamos
disfrutar de algunas de las más logradas melodías de la historia
del jazz, tuvimos que conformarnos con ver como las enterraban en una tempestad
de notas, prácticamente todas las que cabían en cada escala.
Y deseamos que llegara su final desde el comienzo.
Nils Petter Molvaer
viernes 12 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
La fusión fría
por Enrique Novi
Algunas calvas en el tupido patio de butacas del Isabel la Católica
ya ofrecían alguna pista acerca de las reservas con que el respetable
iba a recibir una de las apuestas más arriesgadas de la trigésimo
primera edición del Festival de Jazz de Granada, la de la música
dispersa y experimental, para muchos hasta indigesta, del trompetista Nils
Petter Molvaer. El discreto aunque incesante goteo de abandonos durante
la hora y veinte minutos que duró su actuación no hizo sino
confirmar que su extrema propuesta, más propia tal vez del avanzado
Ciclo de Música Contemporánea que se celebra en la ciudad
durante la primavera, aún dista mucho de estar asimilada por el
aficionado medio del jazz. Desde que hace ya muchos años, el jazz
dejara de ser una música permeable a las innovaciones para entrar
a formar parte de las músicas sacralizadas y admitidas por el sector
más inmovilista de los melómanos, ese que precisa mirar la
etiqueta cada género para concederle la carta de respetabilidad,
las salidas de los cauces marcados, y más si se hacen de una manera
tan poco complaciente como la que planteó el noruego la noche del
viernes, se perciben de manera sospechosa y si acaso se aceptan es a regañadientes.
Ya durante el concierto inaugural, Wayne Shorter tampoco se lo puso fácil
a la afición, aunque su impecable hoja de servicios bloqueó
cualquier atisbo de rebelión ante su audacia. Pero Molvaer, con
menos nombre, fue aún más lejos. Si Shorter se decantó
por una música de corte incidental y paisajístico, la del
trío noruego fue un auténtico viaje a las profundidades de
un iceberg. Y la nave que nos condujo a esos recónditos y helados
parajes estaba formada por una batería, un guitarrista con varios
amplificadores y otros cachivaches destinados a deconstruir el sonido natural
de su instrumento –incluso le extrajo acordes con un arco de violín-
y una trompeta minimalista, de movimientos ralentizados y una premeditada
escasez de notas, enterrada en una cascada de efectos electrónicos.
Tan lejos del cliché electrónico como del jazz tradicional,
este músico, que cuenta en su haber con el aval de sus trabajos
para el prestigioso sello ECM, se adentra valientemente en los territorios
desconocidos donde lo lleva su incesante investigación sónica,
creando novedosas atmósferas, inimaginadas texturas a veces incómodas
para el oyente conformista. Y todo ello acompañado por unas proyecciones
que formaban parte de la propuesta estética y que difuminaban las
imágenes de los propios músicos diluyendo su protagonismo
visual. Los ávidos asistentes que aguantaron su embestida, y que
fueron mayoría, en honor a la verdad, ovacionaron su actuación
y el noruego respondió con una breve concesión interpretando
el Nature boy del ineludible Miles Davis.
Lovano Europa Quartet
sábado 6 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica
Granada
El camino marcado
por Enrique Novi
La segunda entrega del programa central del Festival repetía
el mismo formato que la primera, un cuarteto liderado por un saxofonista
acompañado por contrabajo, piano y batería, aunque el planteamiento
general de la actuación era diametralmente opuesto al de su predecesor.
Si el viernes Wayne Shorter se aseguró los royalties con un repertorio
formado en exclusiva por material propio, el sábado Joe Lovano no
tuvo inconveniente en rendir pleitesía a sus mayores y dejó
para el final una excelente selección de piezas de los grandes maestros
de la era dorada; si el viernes Shorter ofreció un concierto sin
concesiones, solo apto para entregados a su extrema vía, el sábado
Lovano se mostró complaciente con el gusto del respetable desde
el primer compás. Así arrancó con Fort Worth, una
composición propia de su primera etapa con Blue Note, en clave de
frenético hard bop, que evidenció por donde iban a ir los
tiros. En primer lugar porque venía dispuesto a ceder parte del
protagonismo a su banda de acompañamiento, formada por algunos de
los más destacados instrumentistas europeos de la última
hornada: el finlandés Peter Slavov sencillamente soberbio al contrabajo,
el preciso pianista italiano Salvatore Bonafede y el contrastado batería
catalán Jordi Rossy, de ahí la denominación del cuarteto.
Al frente de ellos un seguro y expresivo Joe Lovano que se mueve como pez
en el agua y con idéntica efectividad por diferentes estilos. Su
fraseo líquido, fluido y exuberante se adapta con absoluta eficacia
a todas las corrientes del género; desde los de formas más
estructuradas hasta los más libres, Lovano, que no solo sopla su
instrumento sino que expresa la musicalidad de sus melodías con
todo su cuerpo, desprende una naturalidad que solo puede surgir cuando
uno ha interiorizado multitud de influencias. Y con esta facilidad fue
fluctuando entre el bop y las baladas, entre temas de adscripción
modal y jazz de corte vanguardista y espíritu libre. Después
de unos primeros temas de su propia cosecha, cambió el saxo tenor
por el soprano y por la flauta travesera para acometer los primeros acordes
de Lonely woman de Ornette Coleman. Así comenzó su particular
homenaje a algunos de los más ilustres músicos de la historia
del jazz, como John Coltrane, Charlie Parker o Thelonious Monk. Especialmente
aplaudida fue su lectura con el saxo soprano de Spiritual, una de las cumbres
del malogrado Coltrane. Caliente y entregado, sin ganas de concluir, el
cuarteto continuó con los clásicos hasta completar un segundo
bis con Four in one del maestro Monk. Toda una fiesta del jazz eterno.
Wayne Shorter Quartet
viernes 5 de noviembre 2010 Teatro Isabel la Católica
Sin gurú, sin método, sin maestro
por Enrique Novi
No guru, no method, no teacher. Le robamos el título a Van Morrison,
al león furibundo que después de cuatro álbumes de
contenido místico, salió escaldado de su paso por la iglesia
de la cienciología para romper la baraja y rugir su asqueo por los
dogmas. Se lo robamos para definir el concierto de apertura de la actual
edición del Festival de Jazz de Granada, la de la engañosa
abundancia, pues ha engordado su cartel a base de conciertos paralelos
en las salas de la ciudad, aunque la oferta en el Teatro Isabel la Católica
se ajuste a los tiempos de crisis que tocan; la edición trigésimo
primera, un número que en cierto modo supone un nuevo comienzo.
El cuarteto de Wayne Shorter, con el expresivo Danilo Perez al piano, el
elegante John Patitucci al contrabajo, ambos viejos conocidos de la parroquia,
y la sorprendente Terry Lyne Carrington a las baquetas, dio rienda suelta
a ese elemento que da carta de naturaleza al género, la improvisación,
desde el primer acorde. Y a partir de ahí un torrente de música
de corte incidental y paisajístico, sin perfiles definidos, sin
solos, sin corsés, sin pausa… sin un micrófono para presentar
el repertorio o dar las buenas noches. Lo único importante era el
poder evocador de su sugerente música. El septuagenario saxofonista,
con el tenor entre las manos, dando las notas justas y muy lejos de preocuparle
la consideración del virtuosismo, fue encadenando temas en una suerte
de suite desquiciada que duró cerca de 50 minutos. Tras ella se
sucedió otra tromba de música algo más breve pero
igualmente enlazada, con la que a falta del consabido bis se dio por concluido
el concierto. Semejante planteamiento exento de solos encaminados al lucimiento
instrumental sembró cierto desconcierto entre el público
fiel del Festival, siempre ávido de aplaudir cada tic exhibicionista
que se produzca en el escenario. Shorter no les dio opción. En semejante
maremágnum pocos creyeron apreciar alguna insinuada melodía
de Lester Young o de Mendelssohn, que rápidamente se diluía
entre la informe cascada de jazz desposeído de armazón que
desplegó el cuarteto. Los temas declarados en la reglamentaria hoja
de autores correspondían todos a Beyond the sound barrier, su último
trabajo publicado hasta la fecha, un álbum en directo en formato
de cuarteto también con Perez y Patitucci, pero cualquiera sabe…
Sea así o no, es de agradecer que una figura del peso de Wayne Shorter,
que se supone que podría vivir de reproducir sus logros de antaño,
siga buceando a pulmón libre con planteamientos tan audaces con
77 años cumplidos.
Edición 2009
Crónicas por Enrique Novi
Eddie Gómez Trio
Richard Bona
Brandford Marsalis
Abdulah Ibrahim Trio
Overtone Quartet
Speak Low
Cassandra Wilson
The Missing Stompers
Granada Blues Band con Otis Grand
Disassembler
Erik Truffaz Quartet
Nicola Conte Jazz Combo
Kevin Mahogany
Ignacio Berroa Quartet con David Sánchez
Domingo de saturación
por Enrique Novi
domingo 22 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Granada
La trigésima edición del Festival de Jazz de Granada
echó el cierre este domingo con una de las más exquisitas
actuaciones del certamen. Si bien el teatro no registró el lleno
de otros días seguramente debido a su programación en domingo
y puede que también por el cansancio que las decenas de conciertos
repartidos en las tres semanas de festival han podido dejar en el espectador,
los que aguantaron hasta el último día pudieron asistir a
uno de sus momentos estelares. La organización se reservó
uno de sus mejores platos para el final y los más ávidos
disfrutaron de un concierto para sibaritas, pues la música que ofreció
el cuarteto de Ignacio Berroa no fue ni más ni menos que la quintaesencia
del arte jazzístico en estado puro, sin que sobrara o faltara una
sola nota. Un concierto magistral, contenido y sin concesiones. Ni al espectáculo
ni al lucimiento. Nada más que puro jazz de altísima graduación
destilado al estilo de los grandes maestros. Berroa aprendió de
ellos todos los secretos del buen hacer de un batería de jazz y
es toda esa sabiduría la que pone al servicio de la música
que interpreta. Su toque es exuberante sin apabullar, preciso aunque suelto,
y medido pero lleno de matices. Posee pulso, dinámica y elegancia,
lo que lo convierte, con el permiso del joven Justin Faulkner que formaba
parte del cuarteto de Brandford Marsalis y que encandiló a la afición,
en el más fino de los que hemos tenido ocasión de ver durante
la actual edición. Junto a él, los dos Rodríguez,
Ricky con el contrabajo y Robert al piano, desplegaron sobre el escenario
del Isabel la Católica una musicalidad tan preciosista, tan desbordante
y tan bien ejecutada que probablemente hayan constituido el mejor trío
rítmico que se ha visto en Granada en mucho tiempo. Por si fuera
poco, el cuarteto lo completaba otro de los músicos más en
forma que han pasado por aquí últimamente. El puertorriqueño
David Sánchez posee con el saxo tenor un fraseo desbordante, de
una sonoridad que sólo alcanzan los gigantes del instrumento. Dulce
como Lester Young, lleno de alma como Coltrane y sofisticado como Dexter
Gordon. Cabal, intenso, orgánico, apasionado y sin embargo de una
técnica impecable. Magia y precisión. Consiguieron el mejor
broche para el festival con un repertorio fundamentalmente propio. Desde
Guayaquil de Robert Rodríguez con la abrieron fuego, hasta el bis
Joao su merced de Berroa, dieron una lección de jazz con temas de
David Sánchez, del maestro Lecuona (La comparsa) y, además
de Matrix de Chick Corea, con la obligada mención a su mentor Dizzy
Gillespie del que interpretaron Woody’n you. Fue la mejor selección
para que las armonías del jazz queden resonando en nuestra memoria
hasta el próximo año.
Kevin Mahogany
La puesta de largo
con la Big Band de Granada – sábado 21 de noviembre - Teatro
Isabel la Católica
Por Enrique Novi
La Big Band de Granada cumplía quince años sobre el escenario
del Isabel la Católica y en el marco del Festival de Jazz, bajo
cuyo patrocinio ha crecido y en el que cada año se reserva una fecha
que le ha permitido codearse con figuras de nivel internacional. Llegar
a esa cifra es un mérito de sus integrantes y del dedicado afán
de su director Kiko Aguado, pero lo es más haberlo hecho en la excelente
condición en la que se encuentran, la que les permite mirarse de
igual a igual con cualquiera de los artistas programados. El invitado de
este año ha sido Kevin Mahonagy, que demostró las portentosas
facultades que le han llevado a ser considerado el número uno por
la prensa especializada de su país. Si el año pasado Kurt
Elling se erigió en merecido protagonista de su colaboración
con la Big Band, en esta edición el cantante de Kansas City, más
académico, quiso compartir los focos con sus invitados. Así
fue Celia Mur, la cantante titular de la banda, la que abrió el
tarro de las esencias con Days of Wine and Roses y Lady is a tramp. Cedió
entonces el testigo a un Mahonagy con muy buen humor que siguió
extrayendo de ese tarro una selección de estándares: Another
you, In the evening, Kiss and run, My romance… La extraordinaria naturalidad
con que las acomete acentúan su carácter de clásicos
y son prueba del conocimiento que atesora de las músicas que han
conformado el canon jazzístico. El soul, el swing, el gospel y el
blues. Su dominio vocal sólo es comparable a su rotunda presencia.
Con al orquesta funcionando en el ecuador del concierto a toda maquina,
volvió a requerir la presencia de Celia Mur para cantar a dúo
la ineludible Garota de Ipanema, según la ella; The girl from Ipanema
en la adaptación en inglés que hizo él. También
juntos se despacharon una magnífica Take the A train con un duelo
de scat entre ambos y un sensacional solo a cargo de Sergio Albacete, con
el saxo barítono. Todos los solistas estuvieron sobresalientes pero
no todos los días tenemos la opción de disfrutar de la maravillosa
tesitura de este instrumento. Continuó Mahogany fraseando magistralmente
en clave de blues, o volviendo a Sinatra con One for my baby. Con el teatro
encantado, se despidió el vocalista con su registro más grave
y sedoso para cantar Don’t get around much anymore. Sólo les quedaba
la Yardbird suite que reservaron para el merecido bis de una noche llena
de clásicos.
Erik Truffaz Quartet
La tortuga gigante
por Enrique Novi - IndyRock
viernes 20 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
El último viernes de festival se presentaba como el más moderno
de la actual edición, primero con la actuación del cuarteto
del trompetista franco suizo Eric Truffaz en el teatro Isabel la Católica,
y más tarde con la del italiano Nicola Conte y su Jazz Combo en
el BoogaClub. Si había un día dedicado a satisfacer al sector
de aficionados más interesado por las últimas tendencias,
era este. Al menos sobre el papel. La realidad, siempre tozuda, acabó
por dejar claro que no todo es lo que parece ni las expectativas siempre
se cumplen. Ambos son artistas emparentados con la música electrónica
de contenido hedonista y en su día se vieron beneficiados por la
ola de interés que el llamado nu jazz despertó entre un público
joven arrastrado al género por el éxito de artistas como
Saint Germain hace cosa de diez años. Truffaz, a pesar de ello,
era un músico que, si bien había mostrado su inclinación
a experimentar con ritmos electrónicos, ya tenía un largo
recorrido que lo había llevado a participar en el Festival de Montreux
en el año 91. Su concierto del viernes comenzó algo titubeante
pero en el transcurso de las casi dos horas de música que desplegó
su cuarteto, convenció a los más recalcitrantes con una actuación
que no hizo más que crecer hasta la divertida lectura del Je t’aime
de Serge Gainsbourgh con que se despidió. Y eso que él como
trompetista muestra ciertas limitaciones. Más cómodo con
las texturas, parece renunciar deliberadamente al fraseo y seguramente
fue el único de los cuatro músicos que no despertó
la admiración con sus solos. Tampoco lo pretende. Lo suyo se limita
a componer sugerentes paisajes sonoros sobre los que el resto de la banda
vuelca un volcánico torrente sonoro. Con un planteamiento más
cercano al de banda de rock, o más bien de jazz-rock, el grupo abunda
en los caminos mostrados por el Miles Davis de los trajes chillones y las
gafas llamativas, el de In a silent way o Bitches brew. Y así Patrick
Muller cumple sobradamente con el piano acústico, pero hace retumbar
el teatro cuando pulsa las teclas de su Fender Rhodes hasta hacerlo sonar
como una guitarra distorsionada a base de efectos. Marcello Giuliani es
un bajista robusto, fibroso y absolutamente rotundo, mientras que Marc
Erbetta, el más veterano compinche de Truffaz, maneja su batería
con la precisión de un reloj suizo y la pegada de una apisonadora.
Así fue hasta que fue poseído por un gato afónico,
o tal vez por un glaciar. Eso parecía al menos cuando con el micro
se dedicó a producir con su boca sonidos sobre los que luego el
grupo al completo construía su nueva canción. Para entonces
el público estaba rendido ante la avalancha de contundencia que
cayó sobre el patio de butacas.
Nicola Conte
Jazz Combo
Pitos en el segundo
por Enrique Novi - IndyRock
Alhambra New Jazz Experience
viernes 20 de noviembre 2009 Sala BoogaClub Granada
Y si Erik Truffaz salió por la puerta grande en el teatro,
Nicola Conte en cambio, abandonó el estrecho escenario de la sala
BoogaClub con la cabeza gacha y el gesto algo contrariado. Desde su salida
a escena, en ningún momento logró el grupo sentirse cómodo,
tal vez porque después de un viaje desde Roma mal planificado que
dejó la huella del cansancio en sus semblantes (el propio Conte
así lo confesó a la primera ocasión), esperaban seguramente
un entorno más lustroso. El sonido tampoco ayudó a que el
grupo pudiera brillar a su altura sencillamente porque su propuesta superaba
las posibilidades del recinto. Y es que Conte, al contrario que Truffaz,
sí proviene directamente de la música electrónica.
Capo del sello Schema, que durante el cambio de siglo fue de los que más
activamente contribuyeron a la recuperación de los sonidos brasileños
y jazzísticos para la escena electrónica, Conte desarrolló
su carrera principalmente como disc jockey y productor a pesar de su formación
clásica, y como guitarrista la madrugada del viernes al sábado
apenas mostró una discreta destreza para el acompañamiento.
Impulsado su nombre a raíz del éxito de su disco Jet Sounds,
el italiano ha desarrollado una carrera meritoria con álbumes que
coqueteaban con el easy listening y el jazz liviano de corte cinematográfico
de los sesenta y setenta. En su presentación en directo, en cambio,
dispuso una banda de siete músicos que a duras penas cabían
sobre el mini escenario de la sala una vez dispuesto el piano de media
cola, y que quiso plantear un repertorio absolutamente acústico
y mucho más cercano al jazz canónico de lo que cabía
esperar escuchando su discografía. A pesar de la buena disposición
de sus saxofonistas, que no tuvieron reparo en abrir la actuación
apelando al más sofisticado Coltrane, el grupo nunca le encontró
el pulso al concierto. Y acercándose con la voz aterciopelada de
su cantante Alice Ricciardi a la bossa nova y las melodías más
suaves, cumplieron con el trámite de una noche que se les atragantó
seguramente mucho antes, en alguna de los enlaces que tuvieron que hacer
en el tránsito entre Roma y Granada.
Disassembler
Desmontando el jazz
por Enrique Novi
jueves 19 de noviembre 2009 Teatro CajaGranada de CajaGranada
Se cerraba el ciclo CajaGranada Jazz que durante los días laborables
de esta semana se ha venido celebrando en el Teatro CajaGranada, con la
actuación del grupo ganador del Concurso Internacional de Intérpretes
de Jazz, promovido por la asociación GranadaJazz. Disassembler era
su nombre, Gran Bretaña su origen y muy variadas las influencias
de las que se nutren a la hora de desarrollar su propuesta: jazz de vanguardia,
un poco de fusión o elementos progresivos combinados con limpios
fraseos de corte clásico. Liderados por Trevor Warren, un joven
aunque veterano guitarrista, la banda quiso aprovechar la ocasión
para demostrar todo lo que eran capaces de hacer y apuraron hasta completar
las casi dos horas de concierto. El grupo lo formaban Winston Clifford
(con ese nombre debió parecerle predestinada su dedicación
al jazz), preciso aunque algo monocorde a la batería, Dudley Phillips,
correcto al contrabajo, Julian Siegel contenido y meticuloso al saxo y
Annie Whitehead, brillante con el trombón de varas, todos ellos
músicos contrastados de la escena londinense. Como ganadores del
concurso, Disassembler obtuvieron como premio, además de la correspondiente
dotación económica, la grabación de un álbum,
que edita y distribuye la propia asociación. Y su actuación
se anunciaba como presentación de este nuevo disco, aunque el grupo
no quiso renunciar a mostrar algunos de los logros de sus trabajos anteriores.
Así comenzaron con Love y Jackson Pollock, dos temas de Warren que
abren Fear is the mother of violence, su segundo disco, editado en 2008
y en el que participaban todos los miembros de la banda a excepción
de Julian Siegel, que es su última incorporación. Siguieron
con algunos de los temas del nuevo trabajo, que se titulará What
is, aunque los fueron alternando con los de su álbum de debut, un
disco homónimo publicado en 2005 por el sello 33Jazz Records, y
de cuya formación sólo se mantiene Dudley Phillips además
del propio Warren. De él rescataron Loneliness o Pop1, un tema que
presentaron como su visión del pop y que despertó alguna
que otra sonrisa entre el público. Ya se sabe de la superioridad
intelectual con que algunos aficionados al jazz miran a otras músicas,
en especial cuando llevan la etiqueta de pop. Curiosamente Pop1, que tendrá
su continuidad con otro corte del nuevo álbum llamado Pop2, fue
de las mejores cosas que ocurrieron sobre el escenario del teatro esa noche.
Un número forjado en la senda de Tortoise y otros grupos de Chicago
capaces de experimentar conjugando el jazz con elementos pop desde la más
absoluta solvencia fue la mejor noticia que nos dio Disassembler. Y eso
que hubo fraseos a lo Coltrane, un solo de batería a ritmo de samba,
pasajes de guitarra a lo Robert Fripp y hasta disonancias de riesgo a lo
Lester Bowie.
Granada
Blues Band con Otis Grand
Un espontáneo en el blues
por Enrique Novi - IndyRock
miércoles 18 de noviembre 2009 Teatro CajaGranada
de CajaGranada
Dentro del ciclo CajaGranada Jazz, que en paralelo a su cartel principal
programa el Festival, se presentaba el álbum The Grand Session,
una colaboración entre la ineludible Granada Blues Band y el guitarrista
y cantante Otis Grand disponible desde hace apenas un par de meses. Si
el Teatro CajaGranada se rebeló perfectamente adecuado para la obra
Nueva York en un poeta que a cargo de The Missing Stompers tuvo lugar el
día anterior, para la noche del blues ese mismo espacio adolecía
de cierta rigidez con la propuesta siempre más propicia para ser
disfrutada acodado sobre la barra de un bar cerveza en mano que se le supone
a la música de los doce compases. Tal vez por eso Otis Grand decidió
romper con el protocolo que uno espera en ciertos escenarios y se aventuró
a sacar de su butaca a algún que otro espectador, aunque no siempre
tuvo el mismo grado de acierto con su elección. Comenzó la
Granada Blues Band sin él encarando el Hoochie Coochie de Willie
Dixon que popularizara Muddy Waters. A partir de ahí, con otros
clásicos –Latin Lupe, No more doggin’, Black eyed blues-, algunos
incluidos en el nuevo disco, fueron calentando el ambiente para la llegada
del anglolibanés Otis Grand. Después de I just wanna make
love to you con un arreglo más cercano al soul a lo Joe Cocker que
tan bien le va a Pecos Beck, cantante de la Blues Band, hizo su aparición
el invitado. Con un estilo bastante agresivo de pulsar las cuerdas, que
pellizca más que acaricia, el señor Grand entronca directamente
con la escuela guitarrística de B.B. King y, como él, alterna
las partes cantadas con los punteos pero nunca hace ambas cosas a la vez.
La sombra de la influencia del bluesman de Misisipi es alargada. Grand
trató de convertir la presentación en una fiesta del blues
y para ello no tuvo reparos en extraer literalmente de su butaca a una
incauta espectadora que en menos tiempo del que se tarda en contarlo viose
atrapada entre el orondo corpachón del músico y su guitarra
en un intento de convertirla en protagonista involuntaria de su lucimiento.
Visiblemente incómoda con la situación, la chica logró
zafarse de su captor con un movimiento giratorio y respiró aliviada
una vez había recuperado su posición anónima entre
el resto de asistentes. Pero el guitarrista, lejos de sentirse afectado
por el sucedido, buscó una nueva presa. Esta vez –ignoro si el truco
estaba preparado- tuvo tanta suerte con el elegido que parecía capaz,
si lo hubieran dejado, de sustituirlo sin que la actuación se resintiera.
Recuperada la normalidad, el grupo se dedicó a interpretar esos
números que garantizan el aplauso del inmovilista público
del género, que acabó en pie al son de los bises con que
se despidieron: Looking good y Slow blues.
The Missing
Stompers
La visión del poeta
por Enrique Novi - IndyRock
martes 17 de noviembre 2009 Teatro CajaGranada de CajaGranada
Una de las más esperadas de las muchas actividades paralelas
que programa el Festival de Jazz era el estreno de Nueva York en un poeta,
una obra en la que más allá del hecho musical confluían
varias disciplinas con el objetivo de ofrecer una visión del impacto
que tuvo en Lorca la visita a la Gran Manzana, término que por cierto
proviene de la denominación que le solían dar los jazzmen
a la ciudad. Es sólo una de las explicaciones que se dan como posibles,
pero se cuenta que entre los músicos norteamericanos la expresión
‘apple’ era utilizada para referirse a lo que aquí llamaríamos
nudo en la garganta, esa sensación de ahogo que producen los nervios
previos a una actuación. Dada la posición de Nueva York como
centro neurálgico del género comenzó a ser llamada
‘the big apple’. Sea como sea, lo cierto es que el poeta estuvo allí
entre junio de 1929 y marzo del año siguiente, de modo que tuvo
ocasión de vivir en primera persona los meses previos al crack y
sus primeras consecuencias visibles. El mismo jazz se convulsionó
y muchos de sus artífices las padecieron. Algo de esa devastación
humana contiene Poeta en Nueva York alrededor de cuyos textos se va componiendo
la obra. Con unos magníficos visuales a cargo de Mabebe Delgado
que combinaban imágenes del mundo de los clubs de jazz y otras del
trasiego de la ciudad con algunos dibujos del propio Lorca inteligentemente
dispuestos, se sucedían los fragmentos recitados por Alberto San
Juan –eso sí, grabados- con el repertorio en directo de la orquesta.
Resultó una soberbia puesta en escena. Hábilmente iluminada,
la banda tocaba tras una pantalla translúcida un repertorio casi
por entero de Duke Ellington: The Mooche, Cotton Club Stomp, Mood Indigo,
Black & Tan Fantasy… una exuberante selección impecablemente
interpretada que proponía una banda sonora a la visita de Federico.
He de confesar que acudo a este tipo de producciones con cierto recelo.
El carácter institucional de los agentes involucrados, la figura
intocable de Lorca, la sacralización del acontecimiento cultural;
todo esto junto tiende a producir espectáculos algo artificiosos.
No fue el caso de Nueva York en un poeta. Con la dirección musical
de Alejandro Pérez, el guión de Arturo Cid, ambos miembros
de The Missing Stompers, y el asesoramiento literario de Juan Mata, lo
que nos ofrecieron fue más que un concierto. Fue un didáctico
paseo emocional por la ciudad de Nueva York con la visión del poeta.
Aunque el guiño final se lo guardaran a Nueva Orleáns con
el breve desfile hasta el patio de butacas.
Cassandra
Wilson
La luna en barbecho
por Enrique Novi - IndyRock
domingo 15 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
Fotos González Molero - Ideal / IndyRock

Como les pasa a esos delanteros de técnica exquisita
pero algo atolondrados, que nunca parecen terminar de cuajar, así
le sucede a la carrera de Cassandra Wilson, una cantante de facultades
portentosas, con una voz única y privilegiada pero cuya trayectoria
discográfica siempre ha pecado de irregular. Seguramente con la
excepción del exquisito Blue light til’ dawn (Blue Note, 1993),
su primer disco para el prestigioso sello, ni antes ni después ha
logrado una continuidad discográfica a la altura que toda la crítica
le atribuye a su talento. De su actuación del domingo se podría
decir algo parecido. Dio un concierto contenido y sugerente que no terminó
de convencer ni a los puristas del jazz por sus devaneos con el repertorio
pop (una tendencia que viene de lejos) ni a los menos exigentes porque
en realidad es una artista que no hace concesiones al espectáculo,
sino que se mueve en espacios de cierta pureza, especialmente cuando se
acerca a buscar el verdadero espíritu del blues, que es como consigue
sus hallazgos artísticamente más brillantes, según
el subjetivo criterio de este cronista. Así pues, la cosa prometía
cuando la fenomenal banda que la acompaña comenzó tenuemente
con una introducción en clave de blues que le sirvió a la
de Misisipi para hacer una entrada airosa y triunfal y acometer los primeros
compases de Caravan, el inmortal de Duke Ellington. Fue una lectura sugestiva
y sin grandes alardes de un clásico del jazz. A partir de ahí,
y como algunos se temían, el resto de la actuación fue un
constante alejamiento del género en beneficio a veces del blues,
a veces de la estandarización de un repertorio pop. Continuó
con algunos temas de su último trabajo, Sleepin’ bee, Lover come
back to me o Saint James infirmary, con el que comenzó su coqueteo
con el blues, aunque intercaló también una arrastrada versión
de Orfeo negro. Todas las que vendrían después fueron versiones
alejadas del canon jazzístico: Something so right de Paul Simon,
una sobrecogedora Pony Blues del pionero Charley Patton y Til’ there was
you, la canción del musical The music man que popularizaran los
Beatles en voz de Paul McCartney, con la que acabó. Tal vez por
ser domingo, en el tintero se dejó el Harvest moon de Neil Young,
que ya grabara en uno de sus discos. Un tema que no interpretó,
a pesar de que aparecía en la hoja con el repertorio que manejaba
su técnico de sonido. Con su voz grave y rotunda hizo suyas todas
ellas. Y con su elegancia y distinción nos trajo a la memoria a
otras grandes con las que su estilo emparenta: la capacidad de Betty Carter,
la prestancia y el feeling de Nina Simone o el dramatismo de Abbey Lincoln,
con la que comparte la actitud combativa. Para el bis volvió a echar
mano de McCartney con una deconstruida versión de Blackbird.
Overtone
Quartet
sábado 14 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Granada
El jazz redentor
por Enrique Novi - IndyRock
Después del sopor en el que quedó sumido el Isabel
la Católica la noche anterior con el planteamiento más que
sosegado del trío de Abdullah Ibrahim, los incondicionales afrontaban
expectantes lo que tenía que decirnos el Overtone Quartet. Sobre
todo por las ganas que había de degustar la creatividad del honorable
Dave Holland, uno de los contrabajistas más reputados del mundo
y más esperados por los fieles del festival. A él se sumaba
el fraseo siempre musculoso de Chris Potter, que ya en la pasada edición
dejó buena muestra de su torrencial soplo al frente de Underground,
y las ilustres credenciales con que se presentaban el pianista Jason Moran
y, sobre todo, el batería y compositor Eric Harland. Y no hubo decepción.
Con un repertorio enteramente propio, el cuarteto ofreció un extraordinario
concierto de principio a fin, equilibrado y compensado por los cuatro costados.
Excepción hecha del pequeño chasco que nos llevamos cuando
Moran se disponía a atacar su primer solo sobre las teclas del Fender
Rhodes en Treachery, tema con el que abrieron su actuación. Cuando
el resto de la banda ya había hecho el suyo y dirigieron su mirada
hacia la posición del pianista, algún problema técnico
nos privó de él. Más tarde Moran se repondría
del contratiempo y tuvo tiempo para el lucimiento sobre el piano acústico,
pero en ese momento nos quedamos con las ganas de escucharlo sobre el eléctrico.
Sin amedrentarse por el pequeño sucedido, siguieron con Walkin’
the walk, de Dave Holland y con Patterns, al igual que la primera, una
composición de Harland que evidenció que no sólo es
un extraordinario batería, pletórico de fuerza y dinamismo
tanto en los solos como en el acompañamiento, sino un completo músico
también dotado para la composición y con una mirada propia
para la armonización. No en vano venía precedido por un inusual
expediente como aval: composiciones para el cine, una numerosísima
experiencia discográfica a sus 31 años y un compromiso creativo
que lo llevó a formar parte de M-Base, un movimiento renovador del
jazz más vanguardista. Perteneciente a una familia en la se combinaban
antecedentes musicales y extremas convicciones religiosas, su infancia
no fue un camino de rosas, pero tal vez ciertos sufrimientos le hicieron
buscar un camino de redención en el jazz y a juzgar por lo que pudimos
ver la noche del sábado ha debido encontrarlo. Blue blocks de Dave
Moran dio paso a Veil of tears del maestro Dave Holland, que, aunque reconocido
virtuoso de su instrumento, prefirió poner el acento en la expresividad
antes que en la exhibición, una decisión que siempre se agradece.
Antes del consabido bis, cerraron con Ask me why y Sky, dos temas de Chris
Potter, que se mostró más comedido que en su anterior visita.
Si bien su fraseo siempre es fibroso y enérgico, en esta ocasión
no ejerció de líder y optó por un ensamblaje perfectamente
integrado en el cuarteto.
Abdulah
Ibrahim Trio
Tómatelo con calma por Enrique Novi - IndyRock
viernes 13 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Granada
Shinjuku Zulu es el alias de Kirby Andersen, un músico proveniente
de las lejanas y frías tierras de Alberta, en Canadá, cuyos
discos se pueden catalogar como de experimentación electrónica.
Nada que ver por tanto con el apacible mundo acústico de Abdullah
Ibrahim. Si lo traemos a colación es porque en uno de sus discos
incluye un tema cuyo título es más que una declaración
de intenciones; es más bien todo un principio estético: Slow
is the new fast (lo lento es lo nuevo rápido), que es como se llama
la pieza, podría fundamentar toda una corriente como fue la del
slowcore, una derivación del hardcore (música acelerada de
origen punk) cuyo característica subversiva radicaba precisamente
en ralentizar hasta el extremo un estilo basado en la velocidad. También
podría ser la coartada de Abdullah Ibrahim y sus dos acompañantes.
Tras la magistral lección que nos regaló Brandford Marsalis
la noche anterior, con el vertiginoso toque de Justin Faulkner a la batería,
el concierto del viernes nos sumergió en un mundo reposado y calmo
donde el tempo se estiraba hasta convertirse en un plano de quietud que
parecía proponer una nueva dimensión musical. Sin micrófono
a la vista a través del cual poder dirigirse al público,
Abdullah Ibrahim al piano, Belden Bullock al contrabajo y George Gray a
la batería plantearon una actuación absolutamente espaciada
y queda, casi introspectiva, en la se daba todo el espacio para el matiz
hasta lo inaudible y sin lugar para la estridencia. Como los días
soleados en Escocia o como una estación de servicio abierta en un
viaje de noche y en invierno por carreteras comarcales, así de espaciadas
fueron las escasas ocasiones en que se permitieron elevar el tono más
allá del susurro. De modo que el concierto se vivió como
un plácido viaje en el que una insinuación de redoble se
vivió con la inquietud con que se afronta una liebre que se cruzara
en el camino desierto. Fue tal la sutileza que algunos creímos escuchar
la última hoja seca del otoño cayendo sobre el manto que
cubría todo el suelo de los frondosos bosques de Vermont. También
el crujir de las veteranas butacas del teatro, pues fueron tan pocas las
concesiones al espectáculo y tan tenues los cambios entre los temas
que, fundidos entre sí, no dieron lugar a esa práctica tan
del gusto del público del jazz que es la de aplaudir cada solo.
Hubo algún tímido intento que murió apenas comenzado
y que se antojaba extemporáneo en el ambiente imperturbable, de
tiempo detenido que creó Ibrahim. El concierto acabó como
había comenzado, con un tono más clásico que jazzístico
y múltiples mini referencias ellingtonianas Cuando al fin los músicos
se levantaron recibieron una abierta ovación. El público
se sacudió el letargo en el que su música lo había
sumido y aprovechó el único resquicio que quedaba para aplaudir
sin cortapisas.
Brandford
Marsalis
Un repaso magistral
por Enrique Novi - IndyRock
jueves 12 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
En términos futbolísticos lo que hizo el extraordinario
cuarteto del mayor de los hermanos Marsalis se llama salir enchufado desde
el minuto uno. Menudo comienzo. Cecil B. DeMille sostenía aquello
de que una buena película debía empezar con un terremoto
y a partir de ahí ir subiendo. El concierto del jueves habría
sido un buen film pues se abrió con un ritmo endemoniado desde el
primer compás y dejó a la concurrencia aplastada contra los
asientos del teatro con una soberbia y extendida interpretación
de Return of the jitney man, la primera pista del reciente Metamorphosen,
editado en su propia compañía. Sin tiempo para recuperarse,
el grupo atacó Teo, un clásico grabado por Miles Davis y
Thelonious Monk, entre otros, en una impecable lección de bop torrencial
que nos transportó a cualquiera de los clubs de la calle 52 de hace
50 o 60 años. Seguramente en esa tónica hubiera seguido la
actuación si realmente hubiéramos estado en el Birdland o
el Three Deuces, pero estamos en el S. XXI y en un teatro europeo, de modo
que Marsalis decidió reducir la marcha con Hope, un tema compuesto
por el pianista Joey Calderazzo incluido en su álbum de 2006 Braggtown.
Para entonces la mayoría habíamos descubierto que el sustituto
nada tenía que envidiarle a Kenny Kirkland. Calderazzo posee el
toque elegante de McCoy Tyner que tanto gusta a Brandford, el concepto
más imaginativo de mano abierta de Monk y hasta se marcó
un vertiginoso solo en el estilo stride a lo Fats Waller o Willie ‘The
Lion’ Smith. Ya sabemos del enciclopédico conocimiento de Marsalis
y su cuarteto. La parte central del concierto concedió más
aire al respetable y fue adquiriendo un tono más sosegado que el
arrebatador comienzo con la interpretación de In the grease, un
antiguo tema del propio Marsalis o The last goodbye, incluida igualmente
en su última entrega y firmada también por Calderazzo. Pero
si éste transmitió buenas sensaciones, el que realmente impresionó
por su raudal de energía y el ritmo arrollador y al mismo tiempo
preciso que imprimió a la noche fue un jovencísimo batería
llamado Justin Faulkner. Aún sin currículum pero dotado de
unas manos mágicas y espectaculares, dejó al público
boquiabierto con sus habilidades a las baquetas. Incluso Marsalis se volvió
de espaldas al micrófono para atenuar el sonido de su saxo que servía
de elemento rítmico para el lucimiento del percusionista. Superado
el tono de marcha funeraria que tomó la parte central del concierto,
la banda volvió a los clásicos para cerrar su lección
magistal. Primero con Monk y su 52nd street theme, precisamente, y ya en
el bis con una soberbia lectura del archiconocido St. Louis Blues. Con
el líder transmutado en una especie de Sidney Bechet paseando el
mejor sonido de las calles de Nueva Orleáns, su cuna y la del propio
jazz, se completó una de las noches que más tardaremos en
olvidar de la actual edición.
Richard Bona
domingo 8 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Celebración de la vida
por Enrique Novi - IndyRock
Una vez más el bueno de Richard Bona ofreció una noche
de música torrencial, de celebración de la vida que, más
allá de los géneros, lo han convertido ya en una de las figuras
más queridas por los aficionados al festival y en visita obligada
para la mayoría allí donde sea anunciada una de sus festivas
actuaciones. La última vez que se le pudo ver por aquí fue
hace año y medio en el festival Jazz en la Costa de Almuñécar.
En aquella ocasión como parte del trío Toto Bona Lokua, junto
a Gerald Toto y a Lokua Kanza, por lo que había ganas de disfrutar
de su propuesta en solitario junto a su sensacional banda: Marshall Gilkes
al trombón de varas, Mike Rodríguez a la trompeta, Obed Calvaire
a la batería, Mbutu a la guitarra y Etienne Stadwijk –el único
que repetía de su concierto en la costa- a los teclados. Una banda
bien engrasada y a la que Bona extrae toda una gama de virtudes a conveniencia,
del susurro al estruendo, del matiz al ritmo desbocado, según pida
el momento. También en eso es un maestro, en dirigir magníficamente
al grupo con el que interactúa y se entiende a las mil maravillas.
Claro que igual hace con el auditorio, al que manejó a su antojo,
ahora poniéndolo a cantar, ahora a acompañar con las palmas,
incluso a bailar salsa, como hizo en el bis tras dos horas de intenso concierto.
Y es que el amor y la fascinación que transmite por el hecho musical
es absolutamente genuino independientemente del estilo, y a través
de él se relaciona con el mundo a todos los niveles. Pregunta al
público, comenta el tiempo y hasta se atreve a hablar abiertamente
de política y a dar consejos. Así lo hizo cuando afirmó
no creer en ningún político, ya saben, prometen construir
un puente incluso donde no hay río, en frase de Nikita Kruchev.
O cuando advirtió con absoluta vehemencia del peligro de vacunarse
contra la gripe A. Asistir a una de sus actuaciones se convierte en un
rito de comunión espiritual y lúdico hermanamiento a través
de la música. Y música es precisamente lo que le sobra. A
sus incuestionables dotes como bajista (para muchos el mejor del mundo
a día de hoy), no le quedan atrás sus facultades como cantante.
En ese sentido uno de los momentos más celebrados de la noche ocurrió
cuando, retirados los miembros del grupo, se dedicó a construir
una pieza utilizando exclusivamente su voz y un pedal con el que repetía
en forma de bucle partes ya cantadas. Con rotunda naturalidad e involucrando
a la audiencia creó solo sobre el escenario uno de las más
hermosos números del repertorio, que lógicamente acabó
con el teatro en pié. Desde el tenue comienzo con Invocation a los
temas de su último álbum, el reciente The ten shades of blues,
como Mbemba Mama o Shiva Mantra o la versión de su admirado Jaco
Pastorius, Liberty city, todo el concierto fue una celebración de
la vida con el aroma de los trópicos que los asistentes tardarán
tiempo en olvidar. Al menos hasta su próxima visita.
Eddie Gómez Trio
sábado 7 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Granada
Elegancia y clasicismo
por Enrique Novi - IndyRock
Algunos –pocos- asientos vacíos en el concierto inaugural de
la trigésima edición del festival de jazz de Granada. Un
hecho poco común en los últimos años. Considerando
el cartel, un nombre de garantías que formó parte de uno
de los más longevos tríos del genio Bill Evans, como es Eddie
Gómez, habrá que echarle la culpa a la crisis para explicar
algunas ausencias. Continuador del estilo cálido e insinuante de
su maestro, el puertorriqueño de origen se presentó en formato
trío junto al sobrio pianista Stefan Karlsson y al veterano batería
Billy Hart, uno de los primeros participantes que tuvo el certamen en los
primeros años 80, que sorprendió al personal por la potencia
con que golpeó los parches. Su pegada fue tan contundente que los
técnicos apenas tuvieron que abrirle el volumen desde la mesa. Mucho
más contenidos estuvieron el sueco Karlsson con las teclas y el
propio Gómez, fino estilista al contrabajo. Muy comunicativo y agradecido
con el público en su primera visita a la ciudad, planteó
un concierto de corte clásico y elegante, cuyo repertorio alternó
temas tomados fundamentalmente de tres fuentes: algún infalible
estándar de cuando los compositores dotaban de material a los teatros
de Broadway desde los pisos altos de un famoso edificio neoyorquino, un
par de versiones de los pianistas más distinguidos de los 60, y
algunas composiciones propias incluidas en el último trabajo de
estudio del trío, Palermo (Jazz eyes, 2007), grabado en Sicilia.
Así comenzaron con el clásico On Green Dolphin street y a
partir de ahí fueron alternando otros inmortales de procedencia
cinematográfica (Stella by starlight) con dos partituras escritas
por Karlsson, como Smilin’ eyes y Trikings. Tras ellas llegó el
turno de recuperar su pasado, primero con la exquisita Blues for Gwen de
McCoy Tyner, con el que en su día tocaron tanto Gómez como
Hart, y después con We will meet again del ineludible Bill Evans.
Con el público ya metido en el concierto, llegó uno de los
momentos más vibrantes de la noche con la interpretación
de Love letter (to my father), un viejo tema del contrabajista dedicado
a la memoria de su padre, cuya introducción con el arco sobrecogió
a la concurrencia por su belleza y originalidad. Para el final quedaron
Palermo, el tema que da título al último álbum del
grupo, y finalmente el bis con My foolish heart, el clásico también
incluido en este disco, que sirvió de cierre a la velada. Aprovechó
Eddie Gómez para agradecer la invitación a técnicos
y organizadores, al tiempo que anunciaba al público un hecho feliz
que muchos asistentes aún no sabían pues se había
producido la madrugada anterior, mientras los músicos viajaban con
destino a Granada: El Grammy al mejor álbum de música instrumental
de 2009, había sido concedido a Duetos, firmado por Gómez
junto al pianista argentino Carlos Franzetti. Felicidades maestro.
Edición 2008
Crónicas
Michael Philip Mossman & The Granada Film Project
Nicholas Payton
Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
Lizz Wright
Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
Hafer Modir & Trío Andaluz
Chris Potter's Underground
Eliane Elias
Kurt Elling con la Granada Big Band
En busca de los treinta
por Enrique Novi -IndyRock
La soberbia actuación del crooner norteamericano Kurt Elling puso
el broche de oro anoche a la vigésimo novena edición del
Festival Internacional de Jazz de Granada. Una cifra, 29, que en busca
de la treintena, es ya por sí misma todo un logro que sitúa
el certamen en una posición de privilegio dentro del calendario
cultural granadino. Después de tantos años, y tras superar
diversas crisis, algunas de las cuales han estado cerca de hacer peligrar
su continuidad, el simple dato de una supervivencia tan longeva en un mundo
tan volátil como es el de la oferta cultural dependiente de las
instituciones oficiales, debería ser un seguro de continuidad para
alcanzar las 30 ediciones. Confiemos en que ninguno de los responsables
políticos en cuyas manos recaen finalmente las decisiones que dotan
de la financiación imprescindible a eventos como éste pierda
la cordura y el Festival pueda seguir celebrándose en los próximos
años. De momento parece que podemos estar tranquilos. La actual
edición ha mantenido el nivel que se le exige con un cartel equilibrado,
ecléctico y con amplitud de miras para cubrir las diferentes tendencias
asociadas con el jazz contemporáneo. Si en anteriores ocasiones
ha habido nombres que han brillado por encima de los demás, en ésta
todos los conciertos han rayado a gran altura desde la primera semana.
Y se han visto satisfechos los variados gustos del público con propuestas
diversas que abarcan desde el jazz más académico hasta el
las excentricidades fronterizas, u otros planteamientos que se acercan
al género de manera más tangencial. En este sentido el Festival
constituye un excelente muestrario de estilos del que ningún buen
aficionado puede, honestamente, sentirse excluido. Así, hemos asistido
a magníficas noches de jazz clásico, en las que hemos disfrutado
de algunas de las piezas más emblemáticas del género
de la mano de algunas de sus figuras más ilustres. Es el caso de
la Dizzy Gillespie All Stars, con los míticos James Moody o Slide
Hampton, que además de su veteranía aportaron el elemento
de bebop, la quintaesencia de lo que todos entendemos por jazz, que todo
festival debe tener, pero también el de Lee Konitz, que a sus 80
años mantiene su fidelidad a una forma de interpretar el jazz que
fue rupturista y a contracorriente en su día. Asimismo fueron ocasiones
espléndidas de disfrutar de obras maestras del género las
actuaciones del mencionado Kurt Elling o la de versátil Michael
Philip Mossman. La del primero, con la Granada Big Band, supone una vía
abierta para que los talentos locales participen del evento, una iniciativa
que debe mantenerse como caldo de cultivo en el que los jazzistas más
cercanos puedan desarrollarse como músicos y aprender junto a estrellas
de nivel internacional. En el caso del segundo, en un interesante proyecto
de producción propia que se verá culminado con la edición
el próximo año de un disco con el resultado de la experiencia
que aunó al cine con el propio jazz. Habrá que animar a los
organizadores a incidir en este tipo de aventuras. Junto a Elling, el siempre
bien recibido jazz vocal, estuvo representado, además de con la
riojana Ángela Muro, por las sugerentes voces de la majestuosa Lizz
Wright, una de las gargantas más atrayentes del presente y preñada
de futuro, y la exquisita Eliane Elias, que también aportó
el elemento brasileño, que tan fructífera simbiosis ha hecho
con el propio jazz desde hace 50 años. El sector más adicto
a los sonidos modernos e innovadores también pudo ver satisfecha
su demanda con las excelentes actuaciones que Nicholas Payton dio mirando
a las raíces o Chris Potter y sus Underground al futuro. La excelencia
alcanzada por esta edición no puede olvidar tampoco el exotismo
al que el jazz siempre se ha prestado con la actuación de Hafer
Modir, acompañado por el Trío Andaluz, o la simpatiquísima
noche que nos regaló un Stefano Bollani que, cambiando los planes
ante la súbita enfermedad del anunciado Enrico Rava, dejó
algunos de los momentos más memorables del Festival. Finalmente
habría que reflexionar acerca del papel que juegan las actuaciones
programadas en paralelo. Desde las propuestas que sacan el jazz a la calle,
o lo llevan al Conservatorio o la Universidad, hasta las tendencias más
bailables y electrónicas que se miran en el jazz, y que se programan
en colaboración con algunas salas de la ciudad, todas ellas han
de recibir el impulso necesario para que los muchos aficionados que parecen
existir, se animen a participar en ellas, más allá de las
inolvidables veladas que tienen lugar en el marco del Teatro Isabel la
Católica. Habrá ocasión de lograrlo en la próxima
edición de 2009, la trigésima.
Kurt Elling con la Granada Big Band
domingo 23 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
Una despedida a lo grande
por Enrique Novi - IndyRock
A lo largo de este Festival hemos ido al cine con Michael Mossman, hemos
paseado por Nueva Orleáns de la mano de Nicholas Payton, hemos revivido
los 50 y el bebop con Dizzy Gillespie All Stars, y los 60 en California
con Lee Konitz o en las playas brasileñas con Eliane Elias. Como
colofón, el brillante concierto de clausura nos trasladó
a los cuarenta, a la época de las big bands y los salones atestados
de elegantes damas y soldados a punto de embarcar para ir al frente. La
de Frank Sinatra. Y entonces las cosas se hacían a lo grande. Qué
menos, si esos chicos iban a jugarse el pellejo tan lejos de casa. El espectáculo
de Kurt Elling se mira sin rodeos en esa era de elegancia y oropel, pero
también en esa otra tradición tan genuinamente americana
del artista/showman, del cantante/monologuista. Y fue una verdadera delicia
poder degustar una actuación de esas características, tan
infrecuente por estos lares, como cierre de la actual edición. Además
Elling es un cantante con una tesitura extraordinaria, que maneja con naturalidad
y absoluta maestría tanto una voz que se revela como el más
versátil de los instrumentos, como el tempo del concierto y ese
sentido del espectáculo que sólo los artistas curtidos en
los clubes con cortinas de terciopelo de las grandes ciudades estadounidenses
poseen. El resultado de todo ello fue una actuación soberbia sabiamente
dirigida por un endemoniado Kurt Elling, que domina el espacio escénico
con personalidad y decisión. Comenzó rodeado por su habitual
banda de acompañamiento -piano, contrabajo y batería- con
la que se entiende a las mil maravillas para ofrecer una audaz selección
de temas, que lejos de circunscribirse a su rico repertorio grabado o a
los estándares habituales del género, que también
los hubo, rebusca y encuentra canciones ajenas tanto al jazz como al pop
anterior al rock and roll para llevarlas a su terreno y dotarlas del añejo
sabor que aportaban a los clásicos las viejas grandes orquestas.
Así, junto a la hermosísima My foolish heart o Samurai hee-haw
de Mark Johnson, inercaló piezas como la sensacional Steppin' out
de Joe Jackson. No deja de haber justicia poética en semejante rescate.
Jackson, uno de los más dotados compositores de pop salidos de la
new wave, capaz de aunar en una misma canción su admiración
por Cole Porter y por los Beatles, pero irredento enamorado del jazz más
lustroso, ve correspondida su devoción con versiones como la que
ejecutó el domingo Kurt Elling. Entre unas y otras, el de Chicago
impactó a los presentes con sus recursos vocales, con su habilidad
para el scat y la improvisación. Y así llegó el turno
para la colaboración con la Granada Big Band. Con un sonido brillante,
enérgico, impecable acompañó la excelente lectura
de los estándares que hizo Elling, como un intachable Sinatra en
plena faena con Rat Pack. I only have eyes for you, Best is yet to come,
Midnight sun, You make me feel so young, Lady is a tramp y la impresionante
Luck be a lady, para redondear con Fly me to the moon. Una despedida para
descorchar una burbujeante botella a la espera de que lleguen los primeros
días de noviembre del próximo año.
Eliane Elias
sábado 22 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica
El dulce susurro de la bossa nova
por Enrique Novi - IndyRock
Con el corazón en un puño, los organizadores respiraron aliviados
al ver salir puntual la estilizada figura de Eliane Elias, sobria y elegantemente
embutida en un vestido negro sobre el que contrastaba su rubia melena.
El público aplaudía ajeno a las eventualidades (vuelos retrasados,
conatos de indisposición) que hasta el último minuto dejaban
en el aire la certeza de su actuación. Sobrepuesta a las contingencias,
la paulista se dispuso a ofrecer un concierto que propuso como un homenaje
al 50º aniversario del nacimiento de la bossa nova, establecido con
la publicación, en 1958, del primer álbum de O mito, Joâo
Gilberto. Así pues, la suave sofisticación de la bossa se
apoderó de un teatro receptivo con el dulce mecer de sus ritmos
y el incomparable legado de sus melosas melodías que son por derecho
propio éxitos universales de la música del S. XX. Así
conformaron un exquisito concierto. Abrió con Ladeira da Preguiça
del ministro Gilberto Gil, y continuó con Chega de Saudade, el primero
de los inmortales de Vinicius y Jobim. A partir de entonces fue abriendo
el abanico a otras sonoridades: música bahiana previa a la bossa,
acercamientos más canónicos al jazz clásico y algún
toque de samba. Comedida con el piano, al que se acercaba descalza de tacones,
renunció deliberadamente a exhibir sus indudables habilidades en
pro del tono intimista y sugerente del repertorio escogido. Salvo en un
par de ocasiones se limitó, quien sabe si tal vez debido a una pequeña
herida en uno de sus dedos, a una labor de acompañamiento para su
aterciopelada voz, impecable, eso sí, y complementada por la que
Marc Johnson aportaba con su contrabajo. Rubens de la Corte a la guitarra
también adoptó un papel secundario, y todo ello unido dejó
el camino libre al excelente batería Rafael Barata para el lucimiento.
Tocando con todo el cuerpo, demostró ser seguramente, (tal vez con
Willie Jones III de la Dizzy Gillespie All Stars) el más hábil
y sutil de cuantos baqueteros han pasado por esta edición del festival.
La magia de sus muñecas, auténticos artilugios de sentido
dinámico y precisión, no pasó desapercibida para el
público que le reconoció su buen hacer con la ovación
más sonada de la noche. Así se fueron sucediendo Waltz for
Debby de su maestro Bill Evans, Chiclete com banana, que también
popularizara Gilberto Gil, They can't take that away de Gershwin, el estándar
You and the night and the music o la juguetona A ra y Falsa Baiana de su
reciente álbum recopilatorio "Bossa Nova Stories". Con el público
encantado del paseo que por las playas brasileñas desde Porto Alegre
a Salvador de Bahía, les proponía Elias, dejó para
el final una deliciosa versión instrumental de Desafinado, con la
que se arrancó finalmente a hacer un solo el batería Rafael
Barata, y que también sirvió para el lucimiento del hasta
entonces discreto guitarrista Rubens de la Corte. Sin dejar de aplaudir,
el patio de butacas esperó un bis para el que guardaron la ineludible
Garota de Ipanema, y que se vio completado con otro inevitable de un repaso
a la bossa nova: So danço samba. Sólo con voz, piano, guitarra,
contrabajo y batería, más de uno seguro que al llegar a casa,
desempolvó un viejo vinilo para disfrutar de las entradas que a
ambos temas hacía el saxo de Stan Getz. Lo pedía el cuerpo.
Chris Potter's Underground
viernes 21 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
Un fraseo torrencial
por Enrique Novi - IndyRock
Exposición del tema y largos desarrollos posteriores, improvisaciones
interminables con finales abiertos, sin guión; solos enfocados a
la exhibición del virtuosismo de los músicos y más
notas por minuto de las que caben en esta página. Si eso es lo que
más pone al personal que acude a ver un concierto de jazz, tendremos
que convenir que el que ofreció Chris Potter y su banda la noche
del viernes cautivó como pocos hasta ahora al público ávido
de emociones que acude al Festival. Potter, como su tocayo el famoso mago,
fue un talento precoz que despuntó desde muy jovencito por sus dotes
musicales y antes de poder sindicarse ya se codeaba con lo mejor del jazz
norteamericano. Ha compartido estudio y escenario con los más ilustres
nombre del jazz de los últimos veinte años, de Ray Brown
a Mike Mainieri, de Jim Hall a Dave Holland. Sin embargo, es al frente
de sus Underground como más a gusto se siente de poder dar rienda
suelta a su desbordante expresividad. Hoy, convertido ya en un adulto aunque
aún con toda la vida por delante, está considerado por la
crítica mundial como uno de los saxofonistas más sofisticados
y respetados del mundo. Su fraseo es torrencial, su toque exuberante y
proverbial su potencia. Y así pudimos comprobarlo en un Isabel la
Católica abarrotado en un concierto que no ofreció tregua
por parte de ninguno de los excelentes músicos de su formación.
Tan desbordante fue su planteamiento que se tornó algo lineal. El
clímax se alcanzó pronto y ya no bajó el listón
de modo que su actuación, siempre arriba, careció de los
picos y las curvas que hacen oscilar al auditorio entre pasajes de calma
y de tormenta. Así que su concierto más que plano resultó
altiplano, aunque sin abandonar la excelencia. Abrió el de Chicago
con Underground y Times arrow dos de sus temas más recientes, para
seguir con dos inéditos, uno de los cuales aún carecía
de título. En contraste con otras figuras de esta misma edición,
que han llenado su repertorio con un buen número de clásicos
inmortales del género, Chris Potter mira siempre hacia delante sin
darse oportunidad para la nostalgia. Algo que es de agradecer y aporta
la frescura que se da por sentada pero que no siempre aparece en los conciertos
de jazz. Con una sugerente versión del clásico de Joni Mitchell,
Ladies of the canyon, un tema publicado cuando ni el propio Chris había
nacido, demostró la riqueza armónica de su paleta y la apertura
de miras con la que afronta las influencias que nutren su música.
Para interpretarla cambió entonces por vez primera el saxo tenor
por el clarinete bajo y además de la brillantez también dio
muestra de su versatilidad. Con el discreto Craig Taborn cumpliendo su
función frente a las teclas de su Fender Rhodes, el eficaz e incansable
fondo rítmico de Nate Smith a la batería, y la mágica
digitación de Adam Rogers con una sencilla guitarra Telecaster entre
las manos, enfocaron la recta final. Para el bis volvió a
exhibir la amplitud de su enfoque llevando al terreno del post-bop sin
concesiones con que planteó todo el concierto, con una versión
de Morning bell de los sobrevalorados Radiohead. Y fue todo.
Hafer Modir & Trío Andaluz
jueves 20 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
Jazz con sabor oriental
por Enrique Novi - IndyRock
Fuera de abono se presentaba el concierto de Hafer Modir con el Trío
Andaluz de Jesús Hernández, Joan Masana y Pancho Brañas.
El aforo se resintió por ello y se redujo a una cuarta parte de
lo que suele ser habitual en las actuaciones del cartel principal. Habría
que preguntarse por esta enorme diferencia de atención que presta
el público a los artistas que entran en el abono respecto a los
que no. Mientras el papel se agota con semanas de antelación para
ver a unos, y el número limitado de abonos apenas está disponible
durante los primeros días de venta, otros artistas tienen que bregar
contra la desafección del respetable y conformarse con las migajas.
Uno tiene la sospecha de que algunos de los que han llenado el teatro en
noviembre, tendrían dificultades para completar un aforo mínimamente
digno de no estar encuadrados en la oferta del Festival. El hecho constituye
un éxito indudable de la Oficina Técnica, organizadora del
evento, que ha conseguido convertir el Festival de Jazz de Granada en imagen
de marca que vende por sí misma, muchas veces antes de que se haya
anunciado el cartel completo. Pero también evidencia una cierta
volatilidad del público del jazz, siempre bien dispuesto para con
el principal evento dedicado al género en la ciudad, aunque bastante
más renqueante a medida que la oferta se desplaza fuera de él.
Así pues, con la baja densidad del patio de butacas, el piano de
Jesús Hernández se antojaba menos sonoro que los de otros,
el bajo de Joan Masana menos profundo, la batería de Pancho Brañas
menos sutil. y el tono general más tenue. Sensación irreal.
Poco a poco el trío fue llevando el concierto a su terreno y creando
la atmósfera que andaban buscando para servir de embalaje a la cromática
propuesta de Hafer Modir. El californiano de origen iraní recorre
los pasadizos subterráneos que intercomunican las armonías
persas con el compás flamenco, desde una visión jazzística.
Así, entre tarantas, bulerías y soleás, se coló
el espíritu inquieto e innovador de las composiciones de Thelonious
Monk, como un referente del que no hay que distanciarse demasiado pero
que permite incursiones musicales apasionantes. Asistimos a la relectura
de alguna balada de Round midnight en clave cool, las playas de Río
de Janeiro se llenaban de bop y las melodías de Monk de arreglos
de fusión, aunque los temas del álbum Bensha Alegria acabaron
por inundar el teatro de sincopados ritmos arábigos y andalusíes.
La bulería Laura y la Soleá flowing de Chano Domínguez
dieron paso a Tabriz, una pieza hipnótica e inquietante, de aroma
oriental y psicodélico que estiraron más allá del
límite en un alarde de expresividad. Modir desposeyó a su
saxo tenor de la boquilla para crear texturas inauditas que sólo
un elefante malherido sería capaz de crear. El público obsequió
con un fuerte aplauso el despliegue y el californiano correspondió
con un bis breve y hermoso. A solas con su saxo reprodujo una melodía
que dijo haber aprendido por las callejuelas de la ciudad.
Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
Viernes 14 de noviembre - Sala BoogaClub
Jazz entre humo y sudor
Por Enrique Novi / IndyRock
Como cada año, los organizadores del Festival Internacional de Jazz
de Granada programan una serie de actividades que se desarrollan en paralelo
al cartel principal donde los nombres de las estrellas brillan con luz
propia. En el Conservatorio, en la Universidad e incluso en la calle, las
actuaciones de artistas de menor relumbrón que los del programa
central inundan de jazz otros espacios durante el mes de noviembre. Una
de estas actividades es la llamada Alhambra New Jazz Experience. Se trata
de una propuesta que tiene lugar en la sala BoogaClub y que pretende dar
cabida a los planteamientos más lúdicos dentro del jazz,
los enfocados a la pista de baile. En este espacio donde nadie advierte
de la obligación de apagar los teléfonos móviles,
donde no está prohibido fumar y donde se puede disfrutar de las
actuaciones mientras se echan unos tragos, se recupera en parte el espíritu
primigenio del jazz, que lejos de las veleidades artísticas que
sus artífices perseguirían años más tarde,
no tenía más meta que la evasión, la diversión
y el baile en antros y garitos de techo bajo. En las antípodas de
la sacralización con la que se experimenta el jazz en los teatros,
una consecuencia de la asimilación académica que lo encorseta
y lo presenta desprovisto de cualquier posibilidad aventurera, en la sala
el jazz vuelve a mostrarse borroso y húmedo por el humo y el sudor,
tal y como lo retrató Robert Altman en Kansas city. En este marco,
ya el sábado 8 los británicos Haggis Horns ofrecieron una
noche memorable. Debutantes como grupo y con un solo álbum publicado,
el alabado "Hot Damn!" (First word, 2007), sus integrantes han formado
parte de la Cinematic Orchestra y han tocado con Lou Donaldson y algunos
pertenecen a la banda que acompaña actualmente a la controvertida
Amy Winehouse. Su dominio de los ritmos del soul y el funk se funden en
perfecta simbiosis con una visión danzante del jazz. Parecidos planteamientos,
aunque algo más previsibles, los holandeses Jazzinvaders, presentaron
este viernes su segundo largo, "Blow!" (Social beats, 2008) en el mismo
escenario. Formados por el productor y percusionista Phil Martin, su música
no disimula sus anclajes en el soul jazz y la fusión de los 70,
aunque sin perder de vista los ritmos bailables del funk o el latin jazz
de Mongo Santamaría, así como ciertos coqueteos con la bossa
nova a cargo de su vocalista Linda Bloemhard.
Lizz Wright
viernes 14 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
Misticismo y sensualidad
por Enrique Novi - IndyRock
Misticismo, sensualidad y una presencia escénica apabullante, majestuosa,
rotunda. Eso es lo que vimos el viernes en el Isabel la Católica.
La hermosa Lizz Wright dejó que sus músicos tomaran poco
a poco el escenario y crearan el ambiente propicio para que ella, con los
pies desnudos, apareciera caminando con parsimonia y elegancia para acometer
los primeros versos de su tema Eternity. Como una ancestral diosa de ébano.
Su voz sedosa acaricia las palabras y las envuelve en su arrullo con una
naturalidad a la que no es posible sustraerse. Es sin duda un portento
vocal cuyos mejores registros aún están por venir, pues sólo
cuenta con 28 años. Crecida en una comunidad rural de Georgia al
amparo del gospel que escuchaba en la iglesia de la que su padre era predicador,
su estilo emparenta directamente con el de otras grandes cantantes sureñas
(Flora Purim, Roberta Flack o Abbey Lincoln, pero también Norah
Jones, la hija, como ella, de un pastor Oleta Adams e incluso, salvando
las distancias, con Tracy Chapman) rebosantes de soul pero capaces de moverse
con maestría por el jazz, el rhythm&blues o la llamada eufemísticamente
urban music. Con todo, su propuesta está muy alejada de lo que buscan
los fundamentalistas del jazz, que andaban farfullando lo melifluo y edulcorado
de su directo. Y es cierto que su música se adapta sin fisuras al
gusto más acomodaticio y menos audaz del espectro que la industria
ofrece al público formado. Eso que se denomina pop de calidad para
adultos. Resultan curiosos los diferentes matices que el término
'adulto' denota cuando se aplica al cine o a la música. Si en el
primero se reserva la palabra para soslayar la más explícita
"pornografía", en lo musical acaba adquiriendo siempre un tono peyorativo,
que pone el acento en el aspecto de producto de la obra. Sea como sea,
ni siquiera unos planteamientos reservones ni unos arreglos amanerados
lograron ensombrecer el brillo dorado de la excelente voz de esta cantante.
Lizz Wright desplegó su repertorio hasta completar los 14 temas,
un número inusual por excesivo en un concierto de jazz, y una demostración
de la cercanía de su propuesta desprejuiciada con el pop más
asimilado. Así fue capaz de hacer sonar, imagino que vez primera
en este festival, una canción del gran Neil Young. A Old man le
siguió el blues de Ike Turner I idolize you (todo un sarcasmo teniendo
en cuenta que seguramente la escribió pensando en su esposa Tina,
a la que maltrataba sin remilgos), y de ahí fue alternando los temas
de sus tres discos, Hey mann, Blue rose, Salt, Speak your heart, o su éxito
Hit the ground, entre los que intercaló la tradicional y exquisita
Walk with me, Lord y el tema Stop de Joe Henry, el productor y talento
oculto de la música norteamericana, que ya incluyera en su álbum
"Dreaming wide away". Se despidió con Peace flows, una pieza inédita
que reservó para un bis precedido de los acompasados aplausos del
público, que tanto sorprendió a Wright. "Nunca había
oído aplaudir de esa manera" dijo.
A mí me daban dos
Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
jueves 13 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
Por Enrique Novi - IndyRock
La noche se había templado un poco y el público se disponía
a ver en concierto a uno de los artífices del nacimiento del cool.
El mismo Miles Davis reconoció que Konitz dotó de carácter
a Birth of the cool (Blue note, 1949), el acta fundacional del estilo que
replicó con aire y sosiego al torrencial bebop. Y por el mismo precio,
nos dieron dos. Danilo Pérez entendió que era preferible
dar espacio a los octogenarios pulmones de Lee Konitz y dedicó la
mitad de su actuación a acompañar al piano las vaporosas
improvisaciones del saxo alto. Así convirtieron el tema L.T. en
una lánguida suite de casi media hora a la que se iban asomando
insinuaciones de la Samba de una nota só entre algún que
otro estándar norteamericano. Las melodías se deslizaban
sigilosas, como un ladrón enguantado de Hitchcock penetraría
por la ventana de una casa. Tras una también extendida e intimista
lectura de Thingin' el viejo Lee desapareció entre bambalinas para
dar paso a Ben Street y a Adam Cruz, los dos compinches al contrabajo y
la batería -cómplices los llamó él- de Danilo
Pérez. Aprovechó el panameño para congraciarse por
la victoria de Obama, pero su mención no despertó en el patio
de butacas el entusiasmo que cabría esperar y decidió entregarse
al piano. Es conocida su proverbial capacidad para adaptarse a diferentes
músicos y estilos y ésta no iba a ser una excepción.
Así comenzó a amoldar la música del trío al
sonido que mejor iba a envolver el saxo de Konitz un poco más tarde.
Y con un Bésame mucho que hizo que acabara cantando el público,
consideró que lo tenía a punto. Volvió entonces el
maestro y no pudo resistirse a reproducir con su elástico estilo
las notas del viejo bolero de Consuelo Velázquez. Con Lee Konitz
integrado, ahora detrás, ahora en un lateral, ahora paseando, el
grupo ofreció su mejor cara. Sus solos alternaban con los del contrabajo
de Ben Street. Adam Cruz realizó el suyo a la vieja usanza, rítmico
y acompasado, mientras Pérez animaba a la concurrencia a acompañar
con las palmas. A pesar de haber publicado dos álbumes en lo que
va de año, su repertorio obvió deliberadamente sus últimos
trabajos y rescató Panamá libre y otros viejos temas de Motherland
(Verve, 2000) para fundir su sonido con el del último representante
del jazz de la Costa Oeste (a pesar de haber nacido en Chicago), como antes
lo había hecho con otros grandes del género como Wayne Shorter
o el maravilloso Dizzy Gillespie, cuyos All Stars tocan esta misma noche
de sábado en el Festival. Para no perdérselos.
Dixieland deconstruido
Nicholas Payton
Domingo 9 de noviembre 08- Teatro Isabel la Católica
Por Enrique Novi / IndyRock

Nicholas Payton venía precedido de su condición de heredero
de las grandes trompetas que conformaron la propia esencia del jazz primigenio
surgido como él mismo a ritmo de marcha por las calles sin asfaltar
de Nueva Orleáns. Desde el pionero Buddy Bolden al erudito Wynton
Marsalis pasando por supuesto por la inconmensurable figura de Louis Armstrong,
Payton se sitúa en la cúspide de la más noble estirpe
de trompetistas de una ciudad sin competencia cuando hablamos de ese instrumento.
Como una culminación de toda la sabiduría acumulada durante
más de un siglo. Pero ese conocimiento de Payton es tan enciclopédico
que no parece haber estilo que pueda resultarle ajeno. Su propia discografía
es una historia resumida de la evolución del jazz, y aunque a priori
se le suele enmarcar dentro de la tradición clásica, que
vinieron a recuperar los llamados 'jóvenes leones', el sábado
planteó un concierto de jazz no apto para oídos pacatos.
Con todo el clasicismo más que asimilado, desarrolló una
propuesta incómoda, hasta cierto punto indigesta, más basada
en la música de búsqueda de los últimos 60 y los primeros
70. Después de haberse entregado a la reproducción de los
primeros maestros del género (Jelly Roll Morton o King Oliver),
de haber firmado discos con figuras legendarias como Doc Cheatman, con
el que se llevaba cerca de ¡70 años! de haber formado parte
del elenco que interpretó Kansas city, la película de Robert
Altman que reconstruía el ambiente jazzístico de la ciudad
en los años 30, y de haber grabado discos que se rendían
a la tradición más arraigada de su ciudad natal ("Gumbo Nouveau"
o el tributo a Armstrong "Dear Louis"), después de todo eso, decimos,
Payton ha virado en sus últimos trabajos hacia terrenos más
progresivos que han evidenciado el influjo que otro de los grandes trompetistas
de la historia ha ejercido sobre él. Hablamos del Miles Davis de
enormes gafas y vistosa vestimenta, el de "In a silent way". Y de sus más
brillantes compinches como Wayne Shorter. Ya su penúltimo disco
estuvo dedicado en exclusiva al saxofonista y en su reciente "Into the
blue", un disco introspectivo y melancólico, ahonda en esa misma
línea. Fue un privilegio que su concierto granadino fuera prácticamente
una presentación de este álbum. Por eso, a algunos que sabían
de la presencia de un Fender Rhodes sobre el escenario se le pusieron los
ojos de bolilla. Finalmente no fue el propio Nicholas Payton el que se
sentó frente a las teclas como se había anunciado, sino que
lo hizo como músico invitado George Colligan, que la noche anterior
había formado parte del Granada Film Project. Con este añadido,
Payton pudo concentrarse en la trompeta, y en la voz, que utilizó
para cantar -hecho inédito- el tema Blue, y con el aplomo de un
sesudo ajedrecista se mostró distante, casi ausente. Hasta el final.
Cuando vio la partida en el bolsillo se relajó, se puso hasta bromista
y quiso sacar a bailar a la chica como mejor sabe hacer. Así se
despidió pidiendo el concurso de un público al que hasta
entonces había ignorado para interpretar I wanna stay in New Orleáns.
Al igual que Armstrong hacía con ¿Sabes qué significa
añorar Nueva Orleáns?
Factoría de sueños
Michael Philip Mossman & The Granada Film Project
sábado 8 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica
por Enrique Novi - IndyRock

Que nadie se llame a engaño. A pesar del nombre -The Granada Film
Project- el grupo que abrió la 29ª edición del certamen
de otoño estaba formado por reputadísimos músicos
de las más contrastadas escuelas neoyorquinas. El encargo que el
propio Festival le hizo a Michael Philip Mossman resultó todo un
acierto y demostró que no siempre las producciones diseñadas
desde dentro de los festivales tienen por que ser ni postizas ni extemporáneas.
En este caso se proponía ofrecer un repertorio basado en la música
de películas, algunas míticas, otras obras de culto, que
tuvieran relación con el jazz. En algunos casos porque su banda
sonora había sido compuesta en su día por músicos
de jazz (como en Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, con
música de Duke Ellington o Ascensor para el Cadalso de Louis Malle,
con banda sonora a cargo de Miles Davis), y en otros por ser el propio
jazz y su universo el protagonista, como ocurre con Round Midnight de Bernard
Tavernier o Bird de Clint Eastwood. Mossman es un hábil y dotado
músico, además de fino arreglista y brillante compositor,
que supo transitar por múltiples estilos, haciendo planteamientos
diversos para las diferentes lecturas que se propuso para cada una de las
piezas. Con el añadido de escenas escogidas del film proyectadas
de fondo, el concierto inaugural del viernes por la noche acabó
así siendo muy entretenido y del agrado del público. Ideal
para abrir boca a las tres semanas de jazz que se avecinan. El mérito
lo tuvo en parte el propio Mossman, que se rebeló también
como un gran comunicador dispuesto a involucrar a la concurrencia, pero
sobre todo, el magnífico nivel exhibido por los músicos que
dirigía. El batería Gene Jackson ha integrado míticas
formaciones, como el cuarteto que formó junto a Herbie Hancock,
Wayne Shorter y Dave Holland, además de acompañar al primero
durante varios años. Actualmente es profesor en el Queens College
de Nueva York, al igual que Mossman y el fabuloso saxofonista Antonio Hart.
Aún recordado por la apabullante actuación que ofreció
hace ya algunos años en el festival Jazz en la Costa, el viernes,
menos impetuoso y bastante más comedido que en su juventud, volvió
a dejar constancia de su clase, maestría y versatilidad. Completaban
el llamado Granada Film Project el pianista George Colligan, toda una garantía
sobre las teclas para un buen número de figuras del jazz actual
y el excelso contrabajista Lonnie Plexico, también asiduo acompañante
y director musical de grandes nombres. Con tanto talento disponible fue
una delicia disfrutar de la fidelidad con que reprodujeron temas de Anatomy
of a murder o Ascenseur pour l'echafaud, las ligeras licencias que se concedieron
con 'Round midnight, con el tema de Play misty for me (el film que supuso
el debut de Clint Eastwood como director) o con Laura de la película
Bird, donde el propio Eastwood recreó la azarosa vida de Charlie
Parker, o las lecturas casi irreconocibles de San Sebastián de El
invierno en Lisboa, The Hot Spot o un Moonriver de Desayuno con diamantes,
petición expresa del director del festival. Para el bis se reservaron
una breve Habanera de Chico y Rita, la película aún por estrenar
de Fernando Trueba. Toda una exclusiva que sirvió de perfecto colofón.
Programación
Del 8 al 23 XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA Lugar: Teatro
Municipal "Isabel la Católica"
Día 8, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA
MICHAEL PHILIP MOSSMAN AND THE GRANADA FILM PROJECT, con Antonio Hart,
Gene Jackson, George Colligan y Lonnie Plaxico Lugar: Teatro Municipal
"Isabel la Católica" Hora: 21'00
Día 9, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA NICHOLAS
PAYTON QUINTET Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora:
21'00
Día 13, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA DANILO
PÉREZ TRÍO con LEE KONITZ Lugar: Teatro Municipal "Isabel
la Católica" Hora: 21'00
Día 14, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA LIZZ
WRIGHT Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
Día 15, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA
DIZZY GILLESPIE ALL STARS con Slide Hampton, James Moody, Greg Gisbert,
John Lee, Cyrus Chesnut y Vicent Ector Lugar: Teatro Municipal "Isabel
la Católica" Hora: 21'00
Día 16, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA ENRICO
RAVA Y STEFANO BOLLANI Colabora el Instituto Italiano de Cultura Lugar:
Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
Día 18, martes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA
EN PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ ANGELA MURO BAND Lugar: Teatro Municipal
"Isabel la Católica" Hora: 21'00
Día 20, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA EN
PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ HAFEZ MODIR & TRÍO ANDALUZ, con
Pancho Brañas, Jesús Hernández y Joan Masana Lugar:
Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
Día 21, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA CHRIS
POTTER'S UNDERGROUND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica"
Hora: 21'00
Día 22, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA
ELIANE ELIAS Bossa Nova Stories Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica"
Hora: 21'00
Día 23, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA
KURT ELLING QUARTET con la GRANADA BIG BAND Lugar: Teatro Municipal "Isabel
la Católica" Hora: 21'00
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