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Edición 2009
Crónicas
Eddie Gómez Trio
Richard Bona
Brandford Marsalis
Abdulah Ibrahim Trio
Overtone Quartet
Speak Low
Cassandra Wilson
The Missing Stompers
Granada Blues Band con Otis Grand
Disassembler
Erik Truffaz Quartet
Nicola Conte Jazz Combo

Edición 2008

Festival Jazz en la Costa,  crónicas por Enrique Novi /Terence Blanchard, Bettye LaVette,  Toto Bona Lokua, Ivan Lins All Stars con Nnenna Freelon, Roberto Fonseca
Sergio Pamies , Dianne Reeves, Avishai Cohen y  Spyro Gyra
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Festival Internacional de Jazz de Granada
Edición 2009
Crónicas por Enrique Novi
Eddie Gómez Trio
Richard Bona
Brandford Marsalis
Abdulah Ibrahim Trio
Overtone Quartet
Speak Low
Cassandra Wilson
The Missing Stompers
Granada Blues Band con Otis Grand
Disassembler
Erik Truffaz Quartet
Nicola Conte Jazz Combo
Kevin Mahogany

Ignacio Berroa Quartet con David Sánchez
Domingo de saturación
por Enrique Novi
domingo 22 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica  Granada


La trigésima edición del Festival de Jazz de Granada echó el cierre este domingo con una de las más exquisitas actuaciones del certamen. Si bien el teatro no registró el lleno de otros días seguramente debido a su programación en domingo y puede que también por el cansancio que las decenas de conciertos repartidos en las tres semanas de festival han podido dejar en el espectador, los que aguantaron hasta el último día pudieron asistir a uno de sus momentos estelares. La organización se reservó uno de sus mejores platos para el final y los más ávidos disfrutaron de un concierto para sibaritas, pues la música que ofreció el cuarteto de Ignacio Berroa no fue ni más ni menos que la quintaesencia del arte jazzístico en estado puro, sin que sobrara o faltara una sola nota. Un concierto magistral, contenido y sin concesiones. Ni al espectáculo ni al lucimiento. Nada más que puro jazz de altísima graduación destilado al estilo de los grandes maestros. Berroa aprendió de ellos todos los secretos del buen hacer de un batería de jazz y es toda esa sabiduría la que pone al servicio de la música que interpreta. Su toque es exuberante sin apabullar, preciso aunque suelto, y medido pero lleno de matices. Posee pulso, dinámica y elegancia, lo que lo convierte, con el permiso del joven Justin Faulkner que formaba parte del cuarteto de Brandford Marsalis y que encandiló a la afición, en el más fino de los que hemos tenido ocasión de ver durante la actual edición. Junto a él, los dos Rodríguez, Ricky con el contrabajo y Robert al piano, desplegaron sobre el escenario del Isabel la Católica una musicalidad tan preciosista, tan desbordante y tan bien ejecutada que probablemente hayan constituido el mejor trío rítmico que se ha visto en Granada en mucho tiempo. Por si fuera poco, el cuarteto lo completaba otro de los músicos más en forma que han pasado por aquí últimamente. El puertorriqueño David Sánchez posee con el saxo tenor un fraseo desbordante, de una sonoridad que sólo alcanzan los gigantes del instrumento. Dulce como Lester Young, lleno de alma como Coltrane y sofisticado como Dexter Gordon. Cabal, intenso, orgánico, apasionado y sin embargo de una técnica impecable. Magia y precisión. Consiguieron el mejor broche para el festival con un repertorio fundamentalmente propio. Desde Guayaquil de Robert Rodríguez con la abrieron fuego, hasta el bis Joao su merced de Berroa, dieron una lección de jazz con temas de David Sánchez, del maestro Lecuona (La comparsa) y, además de Matrix de Chick Corea, con la obligada mención a su mentor Dizzy Gillespie del que interpretaron Woody’n you. Fue la mejor selección para que las armonías del jazz queden resonando en nuestra memoria hasta el próximo año.

Kevin Mahogany
La puesta de largo
con la Big Band de Granada – sábado 21 de noviembre - Teatro Isabel la Católica 
Por Enrique Novi
La Big Band de Granada cumplía quince años sobre el escenario del Isabel la Católica y en el marco del Festival de Jazz, bajo cuyo patrocinio ha crecido y en el que cada año se reserva una fecha que le ha permitido codearse con figuras de nivel internacional. Llegar a esa cifra es un mérito de sus integrantes y del dedicado afán de su director Kiko Aguado, pero lo es más haberlo hecho en la excelente condición en la que se encuentran, la que les permite mirarse de igual a igual con cualquiera de los artistas programados. El invitado de este año ha sido Kevin Mahonagy, que demostró las portentosas facultades que le han llevado a ser considerado el número uno por la prensa especializada de su país. Si el año pasado Kurt Elling se erigió en merecido protagonista de su colaboración con la Big Band, en esta edición el cantante de Kansas City, más académico, quiso compartir los focos con sus invitados. Así fue Celia Mur, la cantante titular de la banda, la que abrió el tarro de las esencias con Days of Wine and Roses y Lady is a tramp. Cedió entonces el testigo a un Mahonagy con muy buen humor que siguió extrayendo de ese tarro una selección de estándares: Another you, In the evening, Kiss and run, My romance… La extraordinaria naturalidad con que las acomete acentúan su carácter de clásicos y son prueba del conocimiento que atesora de las músicas que han conformado el canon jazzístico. El soul, el swing, el gospel y el blues. Su dominio vocal sólo es comparable a su rotunda presencia. Con al orquesta funcionando en el ecuador del concierto a toda maquina, volvió a requerir la presencia de Celia Mur para cantar a dúo la ineludible Garota de Ipanema, según la ella; The girl from Ipanema en la adaptación en inglés que hizo él. También juntos se despacharon una magnífica Take the A train con un duelo de scat entre ambos y un sensacional solo a cargo de Sergio Albacete, con el saxo barítono. Todos los solistas estuvieron sobresalientes pero no todos los días tenemos la opción de disfrutar de la maravillosa tesitura de este instrumento. Continuó Mahogany fraseando magistralmente en clave de blues, o volviendo a Sinatra con One for my baby. Con el teatro encantado, se despidió el vocalista con su registro más grave y sedoso para cantar Don’t get around much anymore. Sólo les quedaba la Yardbird suite que reservaron para el merecido bis de una noche llena de clásicos.

Erik Truffaz Quartet

La tortuga gigante
por Enrique Novi - IndyRock
viernes 20 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
El último viernes de festival se presentaba como el más moderno de la actual edición, primero con la actuación del cuarteto del trompetista franco suizo Eric Truffaz en el teatro Isabel la Católica, y más tarde con la del italiano Nicola Conte y su Jazz Combo en el BoogaClub. Si había un día dedicado a satisfacer al sector de aficionados más interesado por las últimas tendencias, era este. Al menos sobre el papel. La realidad, siempre tozuda, acabó por dejar claro que no todo es lo que parece ni las expectativas siempre se cumplen. Ambos son artistas emparentados con la música electrónica de contenido hedonista y en su día se vieron beneficiados por la ola de interés que el llamado nu jazz despertó entre un público joven arrastrado al género por el éxito de artistas como Saint Germain hace cosa de diez años. Truffaz, a pesar de ello, era un músico que, si bien había mostrado su inclinación a experimentar con ritmos electrónicos, ya tenía un largo recorrido que lo había llevado a participar en el Festival de Montreux en el año 91. Su concierto del viernes comenzó algo titubeante pero en el transcurso de las casi dos horas de música que desplegó su cuarteto, convenció a los más recalcitrantes con una actuación que no hizo más que crecer hasta la divertida lectura del Je t’aime de Serge Gainsbourgh con que se despidió. Y eso que él como trompetista muestra ciertas limitaciones. Más cómodo con las texturas, parece renunciar deliberadamente al fraseo y seguramente fue el único de los cuatro músicos que no despertó la admiración con sus solos. Tampoco lo pretende. Lo suyo se limita a componer sugerentes paisajes sonoros sobre los que el resto de la banda vuelca un volcánico torrente sonoro. Con un planteamiento más cercano al de banda de rock, o más bien de jazz-rock, el grupo abunda en los caminos mostrados por el Miles Davis de los trajes chillones y las gafas llamativas, el de In a silent way o Bitches brew. Y así Patrick Muller cumple sobradamente con el piano acústico, pero hace retumbar el teatro cuando pulsa las teclas de su Fender Rhodes hasta hacerlo sonar como una guitarra distorsionada a base de efectos. Marcello Giuliani es un bajista robusto, fibroso y absolutamente rotundo, mientras que Marc Erbetta, el más veterano compinche de Truffaz, maneja su batería con la precisión de un reloj suizo y la pegada de una apisonadora. Así fue hasta que fue poseído por un gato afónico, o tal vez por un glaciar. Eso parecía al menos cuando con el micro se dedicó a producir con su boca sonidos sobre los que luego el grupo al completo construía su nueva canción. Para entonces el público estaba rendido ante la avalancha de contundencia que cayó sobre el patio de butacas.
Nicola Conte Jazz Combo
Pitos en el segundo
por Enrique Novi - IndyRock

Alhambra New Jazz Experience
viernes 20 de noviembre 2009 Sala BoogaClub Granada


Y si Erik Truffaz salió por la puerta grande en el teatro, Nicola Conte en cambio, abandonó el estrecho escenario de la sala BoogaClub con la cabeza gacha y el gesto algo contrariado. Desde su salida a escena, en ningún momento logró el grupo sentirse cómodo, tal vez porque después de un viaje desde Roma mal planificado que dejó la huella del cansancio en sus semblantes (el propio Conte así lo confesó a la primera ocasión), esperaban seguramente un entorno más lustroso. El sonido tampoco ayudó a que el grupo pudiera brillar a su altura sencillamente porque su propuesta superaba las posibilidades del recinto. Y es que Conte, al contrario que Truffaz, sí proviene directamente de la música electrónica. Capo del sello Schema, que durante el cambio de siglo fue de los que más activamente contribuyeron a la recuperación de los sonidos brasileños y jazzísticos para la escena electrónica, Conte desarrolló su carrera principalmente como disc jockey y productor a pesar de su formación clásica, y como guitarrista la madrugada del viernes al sábado apenas mostró una discreta destreza para el acompañamiento. Impulsado su nombre a raíz del éxito de su disco Jet Sounds, el italiano ha desarrollado una carrera meritoria con álbumes que coqueteaban con el easy listening y el jazz liviano de corte cinematográfico de los sesenta y setenta. En su presentación en directo, en cambio, dispuso una banda de siete músicos que a duras penas cabían sobre el mini escenario de la sala una vez dispuesto el piano de media cola, y que quiso plantear un repertorio absolutamente acústico y mucho más cercano al jazz canónico de lo que cabía esperar escuchando su discografía. A pesar de la buena disposición de sus saxofonistas, que no tuvieron reparo en abrir la actuación apelando al más sofisticado Coltrane, el grupo nunca le encontró el pulso al concierto. Y acercándose con la voz aterciopelada de su cantante Alice Ricciardi a la bossa nova y las melodías más suaves, cumplieron con el trámite de una noche que se les atragantó seguramente mucho antes, en alguna de los enlaces que tuvieron que hacer en el tránsito entre Roma y Granada. 


Disassembler 
Desmontando el jazz
por Enrique Novi
 jueves 19 de noviembre 2009  Teatro Isidoro Máiquez de CajaGranada 
Se cerraba el ciclo CajaGranada Jazz que durante los días laborables de esta semana se ha venido celebrando en el teatro Isidoro Máiquez, con la actuación del grupo ganador del Concurso Internacional de Intérpretes de Jazz, promovido por la asociación GranadaJazz. Disassembler era su nombre, Gran Bretaña su origen y muy variadas las influencias de las que se nutren a la hora de desarrollar su propuesta: jazz de vanguardia, un poco de fusión o elementos progresivos combinados con limpios fraseos de corte clásico. Liderados por Trevor Warren, un joven aunque veterano guitarrista, la banda quiso aprovechar la ocasión para demostrar todo lo que eran capaces de hacer y apuraron hasta completar las casi dos horas de concierto. El grupo lo formaban Winston Clifford (con ese nombre debió parecerle predestinada su dedicación al jazz), preciso aunque algo monocorde a la batería, Dudley Phillips, correcto al contrabajo, Julian Siegel contenido y meticuloso al saxo y Annie Whitehead, brillante con el trombón de varas, todos ellos músicos contrastados de la escena londinense. Como ganadores del concurso, Disassembler obtuvieron como premio, además de la correspondiente dotación económica, la grabación de un álbum, que edita y distribuye la propia asociación. Y su actuación se anunciaba como presentación de este nuevo disco, aunque el grupo no quiso renunciar a mostrar algunos de los logros de sus trabajos anteriores. Así comenzaron con Love y Jackson Pollock, dos temas de Warren que abren Fear is the mother of violence, su segundo disco, editado en 2008 y en el que participaban todos los miembros de la banda a excepción de Julian Siegel, que es su última incorporación. Siguieron con algunos de los temas del nuevo trabajo, que se titulará What is, aunque los fueron alternando con los de su álbum de debut, un disco homónimo publicado en 2005 por el sello 33Jazz Records, y de cuya formación sólo se mantiene Dudley Phillips además del propio Warren. De él rescataron Loneliness o Pop1, un tema que presentaron como su visión del pop y que despertó alguna que otra sonrisa entre el público. Ya se sabe de la superioridad intelectual con que algunos aficionados al jazz miran a otras músicas, en especial cuando llevan la etiqueta de pop. Curiosamente Pop1, que tendrá su continuidad con otro corte del nuevo álbum llamado Pop2, fue de las mejores cosas que ocurrieron sobre el escenario del teatro esa noche. Un número forjado en la senda de Tortoise y otros grupos de Chicago capaces de experimentar conjugando el jazz con elementos pop desde la más absoluta solvencia fue la mejor noticia que nos dio Disassembler. Y eso que hubo fraseos a lo Coltrane, un solo de batería a ritmo de samba, pasajes de guitarra a lo Robert Fripp y hasta disonancias de riesgo a lo Lester Bowie.
Granada Blues Band con Otis Grand
Un espontáneo en el blues
por Enrique Novi - IndyRock
 miércoles 18 de noviembre 2009  Teatro Isidoro Máiquez de CajaGranada 


Dentro del ciclo CajaGranada Jazz, que en paralelo a su cartel principal programa el Festival, se presentaba el álbum The Grand Session, una colaboración entre la ineludible Granada Blues Band y el guitarrista y cantante Otis Grand disponible desde hace apenas un par de meses. Si el teatro Isidoro Máiquez se rebeló perfectamente adecuado para la obra Nueva York en un poeta que a cargo de The Missing Stompers tuvo lugar el día anterior, para la noche del blues ese mismo espacio adolecía de cierta rigidez con la propuesta siempre más propicia para ser disfrutada acodado sobre la barra de un bar cerveza en mano que se le supone a la música de los doce compases. Tal vez por eso Otis Grand decidió romper con el protocolo que uno espera en ciertos escenarios y se aventuró a sacar de su butaca a algún que otro espectador, aunque no siempre tuvo el mismo grado de acierto con su elección. Comenzó la Granada Blues Band sin él encarando el Hoochie Coochie de Willie Dixon que popularizara Muddy Waters. A partir de ahí, con otros clásicos –Latin Lupe, No more doggin’, Black eyed blues-, algunos incluidos en el nuevo disco, fueron calentando el ambiente para la llegada del anglolibanés Otis Grand. Después de I just wanna make love to you con un arreglo más cercano al soul a lo Joe Cocker que tan bien le va a Pecos Beck, cantante de la Blues Band, hizo su aparición el invitado. Con un estilo bastante agresivo de pulsar las cuerdas, que pellizca más que acaricia, el señor Grand entronca directamente con la escuela guitarrística de B.B. King y, como él, alterna las partes cantadas con los punteos pero nunca hace ambas cosas a la vez. La sombra de la influencia del bluesman de Misisipi es alargada. Grand trató de convertir la presentación en una fiesta del blues y para ello no tuvo reparos en extraer literalmente de su butaca a una incauta espectadora que en menos tiempo del que se tarda en contarlo viose atrapada entre el orondo corpachón del músico y su guitarra en un intento de convertirla en protagonista involuntaria de su lucimiento. Visiblemente incómoda con la situación, la chica logró zafarse de su captor con un movimiento giratorio y respiró aliviada una vez había recuperado su posición anónima entre el resto de asistentes. Pero el guitarrista, lejos de sentirse afectado por el sucedido, buscó una nueva presa. Esta vez –ignoro si el truco estaba preparado- tuvo tanta suerte con el elegido que parecía capaz, si lo hubieran dejado, de sustituirlo sin que la actuación se resintiera. Recuperada la normalidad, el grupo se dedicó a interpretar esos números que garantizan el aplauso del inmovilista público del género, que acabó en pie al son de los bises con que se despidieron: Looking good y Slow blues.


The Missing Stompers
La visión del poeta
por Enrique Novi - IndyRock
martes 17 de noviembre 2009 Teatro Isidoro Máiquez de CajaGranada
Una de las más esperadas de las muchas actividades paralelas que programa el Festival de Jazz era el estreno de Nueva York en un poeta, una obra en la que más allá del hecho musical confluían varias disciplinas con el objetivo de ofrecer una visión del impacto que tuvo en Lorca la visita a la Gran Manzana, término que por cierto proviene de la denominación que le solían dar los jazzmen a la ciudad. Es sólo una de las explicaciones que se dan como posibles, pero se cuenta que entre los músicos norteamericanos la expresión ‘apple’ era utilizada para referirse a lo que aquí llamaríamos nudo en la garganta, esa sensación de ahogo que producen los nervios previos a una actuación. Dada la posición de Nueva York como centro neurálgico del género comenzó a ser llamada ‘the big apple’. Sea como sea, lo cierto es que el poeta estuvo allí entre junio de 1929 y marzo del año siguiente, de modo que tuvo ocasión de vivir en primera persona los meses previos al crack y sus primeras consecuencias visibles. El mismo jazz se convulsionó y muchos de sus artífices las padecieron. Algo de esa devastación humana contiene Poeta en Nueva York alrededor de cuyos textos se va componiendo la obra. Con unos magníficos visuales a cargo de Mabebe Delgado que combinaban imágenes del mundo de los clubs de jazz y otras del trasiego de la ciudad con algunos dibujos del propio Lorca inteligentemente dispuestos, se sucedían los fragmentos recitados por Alberto San Juan –eso sí, grabados- con el repertorio en directo de la orquesta. Resultó una soberbia puesta en escena. Hábilmente iluminada, la banda tocaba tras una pantalla translúcida un repertorio casi por entero de Duke Ellington: The Mooche, Cotton Club Stomp, Mood Indigo, Black & Tan Fantasy… una exuberante selección impecablemente interpretada que proponía una banda sonora a la visita de Federico. He de confesar que acudo a este tipo de producciones con cierto recelo. El carácter institucional de los agentes involucrados, la figura intocable de Lorca, la sacralización del acontecimiento cultural; todo esto junto tiende a producir espectáculos algo artificiosos. No fue el caso de Nueva York en un poeta. Con la dirección musical de Alejandro Pérez, el guión de Arturo Cid, ambos miembros de The Missing Stompers, y el asesoramiento literario de Juan Mata, lo que nos ofrecieron fue más que un concierto. Fue un didáctico paseo emocional por la ciudad de Nueva York con la visión del poeta. Aunque el guiño final se lo guardaran a Nueva Orleáns con el breve desfile hasta el patio de butacas.
Cassandra Wilson 
La luna en barbecho
por Enrique Novi - IndyRock
domingo 15 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
Fotos González Molero - Ideal / IndyRock

Como les pasa a esos delanteros de técnica exquisita pero algo atolondrados, que nunca parecen terminar de cuajar, así le sucede a la carrera de Cassandra Wilson, una cantante de facultades portentosas, con una voz única y privilegiada pero cuya trayectoria discográfica siempre ha pecado de irregular. Seguramente con la excepción del exquisito Blue light til’ dawn (Blue Note, 1993), su primer disco para el prestigioso sello, ni antes ni después ha logrado una continuidad discográfica a la altura que toda la crítica le atribuye a su talento. De su actuación del domingo se podría decir algo parecido. Dio un concierto contenido y sugerente que no terminó de convencer ni a los puristas del jazz por sus devaneos con el repertorio pop (una tendencia que viene de lejos) ni a los menos exigentes porque en realidad es una artista que no hace concesiones al espectáculo, sino que se mueve en espacios de cierta pureza, especialmente cuando se acerca a buscar el verdadero espíritu del blues, que es como consigue sus hallazgos artísticamente más brillantes, según el subjetivo criterio de este cronista. Así pues, la cosa prometía cuando la fenomenal banda que la acompaña comenzó tenuemente con una introducción en clave de blues que le sirvió a la de Misisipi para hacer una entrada airosa y triunfal y acometer los primeros compases de Caravan, el inmortal de Duke Ellington. Fue una lectura sugestiva y sin grandes alardes de un clásico del jazz. A partir de ahí, y como algunos se temían, el resto de la actuación fue un constante alejamiento del género en beneficio a veces del blues, a veces de la estandarización de un repertorio pop. Continuó con algunos temas de su último trabajo, Sleepin’ bee, Lover come back to me o Saint James infirmary, con el que comenzó su coqueteo con el blues, aunque intercaló también una arrastrada versión de Orfeo negro. Todas las que vendrían después fueron versiones alejadas del canon jazzístico: Something so right de Paul Simon, una sobrecogedora Pony Blues del pionero Charley Patton y Til’ there was you, la canción del musical The music man que popularizaran los Beatles en voz de Paul McCartney, con la que acabó. Tal vez por ser domingo, en el tintero se dejó el Harvest moon de Neil Young, que ya grabara en uno de sus discos. Un tema que no interpretó, a pesar de que aparecía en la hoja con el repertorio que manejaba su técnico de sonido. Con su voz grave y rotunda hizo suyas todas ellas. Y con su elegancia y distinción nos trajo a la memoria a otras grandes con las que su estilo emparenta: la capacidad de Betty Carter, la prestancia y el feeling de Nina Simone o el dramatismo de Abbey Lincoln, con la que comparte la actitud combativa. Para el bis volvió a echar mano de McCartney con una deconstruida versión de Blackbird.
Overtone Quartet
sábado 14 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
El jazz redentor
por Enrique Novi - IndyRock


Después del sopor en el que quedó sumido el Isabel la Católica la noche anterior con el planteamiento más que sosegado del trío de Abdullah Ibrahim, los incondicionales afrontaban expectantes lo que tenía que decirnos el Overtone Quartet. Sobre todo por las ganas que había de degustar la creatividad del honorable Dave Holland, uno de los contrabajistas más reputados del mundo y más esperados por los fieles del festival. A él se sumaba el fraseo siempre musculoso de Chris Potter, que ya en la pasada edición dejó buena muestra de su torrencial soplo al frente de Underground, y las ilustres credenciales con que se presentaban el pianista Jason Moran y, sobre todo, el batería y compositor Eric Harland. Y no hubo decepción. Con un repertorio enteramente propio, el cuarteto ofreció un extraordinario concierto de principio a fin, equilibrado y compensado por los cuatro costados. Excepción hecha del pequeño chasco que nos llevamos cuando Moran se disponía a atacar su primer solo sobre las teclas del Fender Rhodes en Treachery, tema con el que abrieron su actuación. Cuando el resto de la banda ya había hecho el suyo y dirigieron su mirada hacia la posición del pianista, algún problema técnico nos privó de él. Más tarde Moran se repondría del contratiempo y tuvo tiempo para el lucimiento sobre el piano acústico, pero en ese momento nos quedamos con las ganas de escucharlo sobre el eléctrico. Sin amedrentarse por el pequeño sucedido, siguieron con Walkin’ the walk, de Dave Holland y con Patterns, al igual que la primera, una composición de Harland que evidenció que no sólo es un extraordinario batería, pletórico de fuerza y dinamismo tanto en los solos como en el acompañamiento, sino un completo músico también dotado para la composición y con una mirada propia para la armonización. No en vano venía precedido por un inusual expediente como aval: composiciones para el cine, una numerosísima experiencia discográfica a sus 31 años y un compromiso creativo que lo llevó a formar parte de M-Base, un movimiento renovador del jazz más vanguardista. Perteneciente a una familia en la se combinaban antecedentes musicales y extremas convicciones religiosas, su infancia no fue un camino de rosas, pero tal vez ciertos sufrimientos le hicieron buscar un camino de redención en el jazz y a juzgar por lo que pudimos ver la noche del sábado ha debido encontrarlo. Blue blocks de Dave Moran dio paso a Veil of tears del maestro Dave Holland, que, aunque reconocido virtuoso de su instrumento, prefirió poner el acento en la expresividad antes que en la exhibición, una decisión que siempre se agradece. Antes del consabido bis, cerraron con Ask me why y Sky, dos temas de Chris Potter, que se mostró más comedido que en su anterior visita. Si bien su fraseo siempre es fibroso y enérgico, en esta ocasión no ejerció de líder y optó por un ensamblaje perfectamente integrado en el cuarteto. 


Abdulah Ibrahim Trio
Tómatelo con calma por Enrique Novi - IndyRock
viernes 13 de noviembre 2009  Teatro Isabel la Católica Granada


Shinjuku Zulu es el alias de Kirby Andersen, un músico proveniente de las lejanas y frías tierras de Alberta, en Canadá, cuyos discos se pueden catalogar como de experimentación electrónica. Nada que ver por tanto con el apacible mundo acústico de Abdullah Ibrahim. Si lo traemos a colación es porque en uno de sus discos incluye un tema cuyo título es más que una declaración de intenciones; es más bien todo un principio estético: Slow is the new fast (lo lento es lo nuevo rápido), que es como se llama la pieza, podría fundamentar toda una corriente como fue la del slowcore, una derivación del hardcore (música acelerada de origen punk) cuyo característica subversiva radicaba precisamente en ralentizar hasta el extremo un estilo basado en la velocidad. También podría ser la coartada de Abdullah Ibrahim y sus dos acompañantes. Tras la magistral lección que nos regaló Brandford Marsalis la noche anterior, con el vertiginoso toque de Justin Faulkner a la batería, el concierto del viernes nos sumergió en un mundo reposado y calmo donde el tempo se estiraba hasta convertirse en un plano de quietud que parecía proponer una nueva dimensión musical. Sin micrófono a la vista a través del cual poder dirigirse al público, Abdullah Ibrahim al piano, Belden Bullock al contrabajo y George Gray a la batería plantearon una actuación absolutamente espaciada y queda, casi introspectiva, en la se daba todo el espacio para el matiz hasta lo inaudible y sin lugar para la estridencia. Como los días soleados en Escocia o como una estación de servicio abierta en un viaje de noche y en invierno por carreteras comarcales, así de espaciadas fueron las escasas ocasiones en que se permitieron elevar el tono más allá del susurro. De modo que el concierto se vivió como un plácido viaje en el que una insinuación de redoble se vivió con la inquietud con que se afronta una liebre que se cruzara en el camino desierto. Fue tal la sutileza que algunos creímos escuchar la última hoja seca del otoño cayendo sobre el manto que cubría todo el suelo de los frondosos bosques de Vermont. También el crujir de las veteranas butacas del teatro, pues fueron tan pocas las concesiones al espectáculo y tan tenues los cambios entre los temas que, fundidos entre sí, no dieron lugar a esa práctica tan del gusto del público del jazz que es la de aplaudir cada solo. Hubo algún tímido intento que murió apenas comenzado y que se antojaba extemporáneo en el ambiente imperturbable, de tiempo detenido que creó Ibrahim. El concierto acabó como había comenzado, con un tono más clásico que jazzístico y múltiples mini referencias ellingtonianas Cuando al fin los músicos se levantaron recibieron una abierta ovación. El público se sacudió el letargo en el que su música lo había sumido y aprovechó el único resquicio que quedaba para aplaudir sin cortapisas.


Brandford Marsalis
Un repaso magistral
por Enrique Novi - IndyRock

jueves 12 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada


En términos futbolísticos lo que hizo el extraordinario cuarteto del mayor de los hermanos Marsalis se llama salir enchufado desde el minuto uno. Menudo comienzo. Cecil B. DeMille sostenía aquello de que una buena película debía empezar con un terremoto y a partir de ahí ir subiendo. El concierto del jueves habría sido un buen film pues se abrió con un ritmo endemoniado desde el primer compás y dejó a la concurrencia aplastada contra los asientos del teatro con una soberbia y extendida interpretación de Return of the jitney man, la primera pista del reciente Metamorphosen, editado en su propia compañía. Sin tiempo para recuperarse, el grupo atacó Teo, un clásico grabado por Miles Davis y Thelonious Monk, entre otros, en una impecable lección de bop torrencial que nos transportó a cualquiera de los clubs de la calle 52 de hace 50 o 60 años. Seguramente en esa tónica hubiera seguido la actuación si realmente hubiéramos estado en el Birdland o el Three Deuces, pero estamos en el S. XXI y en un teatro europeo, de modo que Marsalis decidió reducir la marcha con Hope, un tema compuesto por el pianista Joey Calderazzo incluido en su álbum de 2006 Braggtown. Para entonces la mayoría habíamos descubierto que el sustituto nada tenía que envidiarle a Kenny Kirkland. Calderazzo posee el toque elegante de McCoy Tyner que tanto gusta a Brandford, el concepto más imaginativo de mano abierta de Monk y hasta se marcó un vertiginoso solo en el estilo stride a lo Fats Waller o Willie ‘The Lion’ Smith. Ya sabemos del enciclopédico conocimiento de Marsalis y su cuarteto. La parte central del concierto concedió más aire al respetable y fue adquiriendo un tono más sosegado que el arrebatador comienzo con la interpretación de In the grease, un antiguo tema del propio Marsalis o The last goodbye, incluida igualmente en su última entrega y firmada también por Calderazzo. Pero si éste transmitió buenas sensaciones, el que realmente impresionó por su raudal de energía y el ritmo arrollador y al mismo tiempo preciso que imprimió a la noche fue un jovencísimo batería llamado Justin Faulkner. Aún sin currículum pero dotado de unas manos mágicas y espectaculares, dejó al público boquiabierto con sus habilidades a las baquetas. Incluso Marsalis se volvió de espaldas al micrófono para atenuar el sonido de su saxo que servía de elemento rítmico para el lucimiento del percusionista. Superado el tono de marcha funeraria que tomó la parte central del concierto, la banda volvió a los clásicos para cerrar su lección magistal. Primero con Monk y su 52nd street theme, precisamente, y ya en el bis con una soberbia lectura del archiconocido St. Louis Blues. Con el líder transmutado en una especie de Sidney Bechet paseando el mejor sonido de las calles de Nueva Orleáns, su cuna y la del propio jazz, se completó una de las noches que más tardaremos en olvidar de la actual edición.


Richard Bona 
domingo 8 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica
Celebración de la vida
por Enrique Novi - IndyRock

Una vez más el bueno de Richard Bona ofreció una noche de música torrencial, de celebración de la vida que, más allá de los géneros, lo han convertido ya en una de las figuras más queridas por los aficionados al festival y en visita obligada para la mayoría allí donde sea anunciada una de sus festivas actuaciones. La última vez que se le pudo ver por aquí fue hace año y medio en el festival Jazz en la Costa de Almuñécar. En aquella ocasión como parte del trío Toto Bona Lokua, junto a Gerald Toto y a Lokua Kanza, por lo que había ganas de disfrutar de su propuesta en solitario junto a su sensacional banda: Marshall Gilkes al trombón de varas, Mike Rodríguez a la trompeta, Obed Calvaire a la batería, Mbutu a la guitarra y Etienne Stadwijk –el único que repetía de su concierto en la costa- a los teclados. Una banda bien engrasada y a la que Bona extrae toda una gama de virtudes a conveniencia, del susurro al estruendo, del matiz al ritmo desbocado, según pida el momento. También en eso es un maestro, en dirigir magníficamente al grupo con el que interactúa y se entiende a las mil maravillas. Claro que igual hace con el auditorio, al que manejó a su antojo, ahora poniéndolo a cantar, ahora a acompañar con las palmas, incluso a bailar salsa, como hizo en el bis tras dos horas de intenso concierto. Y es que el amor y la fascinación que transmite por el hecho musical es absolutamente genuino independientemente del estilo, y a través de él se relaciona con el mundo a todos los niveles. Pregunta al público, comenta el tiempo y hasta se atreve a hablar abiertamente de política y a dar consejos. Así lo hizo cuando afirmó no creer en ningún político, ya saben, prometen construir un puente incluso donde no hay río, en frase de Nikita Kruchev. O cuando advirtió con absoluta vehemencia del peligro de vacunarse contra la gripe A. Asistir a una de sus actuaciones se convierte en un rito de comunión espiritual y lúdico hermanamiento a través de la música. Y música es precisamente lo que le sobra. A sus incuestionables dotes como bajista (para muchos el mejor del mundo a día de hoy), no le quedan atrás sus facultades como cantante. En ese sentido uno de los momentos más celebrados de la noche ocurrió cuando, retirados los miembros del grupo, se dedicó a construir una pieza utilizando exclusivamente su voz y un pedal con el que repetía en forma de bucle partes ya cantadas. Con rotunda naturalidad e involucrando a la audiencia creó solo sobre el escenario uno de las más hermosos números del repertorio, que lógicamente acabó con el teatro en pié. Desde el tenue comienzo con Invocation a los temas de su último álbum, el reciente The ten shades of blues, como Mbemba Mama o Shiva Mantra o la versión de su admirado Jaco Pastorius, Liberty city, todo el concierto fue una celebración de la vida con el aroma de los trópicos que los asistentes tardarán tiempo en olvidar. Al menos hasta su próxima visita.



Eddie Gómez Trio 
sábado 7 de noviembre 2009 Teatro Isabel la Católica Granada
Elegancia y clasicismo
por Enrique Novi - IndyRock
Algunos –pocos- asientos vacíos en el concierto inaugural de la trigésima edición del festival de jazz de Granada. Un hecho poco común en los últimos años. Considerando el cartel, un nombre de garantías que formó parte de uno de los más longevos tríos del genio Bill Evans, como es Eddie Gómez, habrá que echarle la culpa a la crisis para explicar algunas ausencias. Continuador del estilo cálido e insinuante de su maestro, el puertorriqueño de origen se presentó en formato trío junto al sobrio pianista Stefan Karlsson y al veterano batería Billy Hart, uno de los primeros participantes que tuvo el certamen en los primeros años 80, que sorprendió al personal por la potencia con que golpeó los parches. Su pegada fue tan contundente que los técnicos apenas tuvieron que abrirle el volumen desde la mesa. Mucho más contenidos estuvieron el sueco Karlsson con las teclas y el propio Gómez, fino estilista al contrabajo. Muy comunicativo y agradecido con el público en su primera visita a la ciudad, planteó un concierto de corte clásico y elegante, cuyo repertorio alternó temas tomados fundamentalmente de tres fuentes: algún infalible estándar de cuando los compositores dotaban de material a los teatros de Broadway desde los pisos altos de un famoso edificio neoyorquino, un par de versiones de los pianistas más distinguidos de los 60, y algunas composiciones propias incluidas en el último trabajo de estudio del trío, Palermo (Jazz eyes, 2007), grabado en Sicilia. Así comenzaron con el clásico On Green Dolphin street y a partir de ahí fueron alternando otros inmortales de procedencia cinematográfica (Stella by starlight) con dos partituras escritas por Karlsson, como Smilin’ eyes y Trikings. Tras ellas llegó el turno de recuperar su pasado, primero con la exquisita Blues for Gwen de McCoy Tyner, con el que en su día tocaron tanto Gómez como Hart, y después con We will meet again del ineludible Bill Evans. Con el público ya metido en el concierto, llegó uno de los momentos más vibrantes de la noche con la interpretación de Love letter (to my father), un viejo tema del contrabajista dedicado a la memoria de su padre, cuya introducción con el arco sobrecogió a la concurrencia por su belleza y originalidad. Para el final quedaron Palermo, el tema que da título al último álbum del grupo, y finalmente el bis con My foolish heart, el clásico también incluido en este disco, que sirvió de cierre a la velada. Aprovechó Eddie Gómez para agradecer la invitación a técnicos y organizadores, al tiempo que anunciaba al público un hecho feliz que muchos asistentes aún no sabían pues se había producido la madrugada anterior, mientras los músicos viajaban con destino a Granada: El Grammy al mejor álbum de música instrumental de 2009, había sido concedido a Duetos, firmado por Gómez junto al pianista argentino Carlos Franzetti. Felicidades maestro.

Edición 2008 

Crónicas
  • Michael Philip Mossman & The Granada Film Project 
  • Nicholas Payton
  • Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
  • Lizz Wright 
  • Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
  • Hafer Modir & Trío Andaluz 
  • Chris Potter's Underground 
  • Eliane Elias
  • Kurt Elling con la Granada Big Band 
  • En busca de los treinta 
    por Enrique Novi -IndyRock
  • La soberbia actuación del crooner norteamericano Kurt Elling puso el broche de oro anoche a la vigésimo novena edición del Festival Internacional de Jazz de Granada. Una cifra, 29, que en busca de la treintena, es ya por sí misma todo un logro que sitúa el certamen en una posición de privilegio dentro del calendario cultural granadino. Después de tantos años, y tras superar diversas crisis, algunas de las cuales han estado cerca de hacer peligrar su continuidad, el simple dato de una supervivencia tan longeva en un mundo tan volátil como es el de la oferta cultural dependiente de las instituciones oficiales, debería ser un seguro de continuidad para alcanzar las 30 ediciones. Confiemos en que ninguno de los responsables políticos en cuyas manos recaen finalmente las decisiones que dotan de la financiación imprescindible a eventos como éste pierda la cordura y el Festival pueda seguir celebrándose en los próximos años. De momento parece que podemos estar tranquilos. La actual edición ha mantenido el nivel que se le exige con un cartel equilibrado, ecléctico y con amplitud de miras para cubrir las diferentes tendencias asociadas con el jazz contemporáneo. Si en anteriores ocasiones ha habido nombres que han brillado por encima de los demás, en ésta todos los conciertos han rayado a gran altura desde la primera semana. Y se han visto satisfechos los variados gustos del público con propuestas diversas que abarcan desde el jazz más académico hasta el las excentricidades fronterizas, u otros planteamientos que se acercan al género de manera más tangencial. En este sentido el Festival constituye un excelente muestrario de estilos del que ningún buen aficionado puede, honestamente, sentirse excluido. Así, hemos asistido a magníficas noches de jazz clásico, en las que hemos disfrutado de algunas de las piezas más emblemáticas del género de la mano de algunas de sus figuras más ilustres. Es el caso de la Dizzy Gillespie All Stars, con los míticos James Moody o Slide Hampton, que además de su veteranía aportaron el elemento de bebop, la quintaesencia de lo que todos entendemos por jazz, que todo festival debe tener, pero también el de Lee Konitz, que a sus 80 años mantiene su fidelidad a una forma de interpretar el jazz que fue rupturista y a contracorriente en su día. Asimismo fueron ocasiones espléndidas de disfrutar de obras maestras del género las actuaciones del mencionado Kurt Elling o la de versátil Michael Philip Mossman. La del primero, con la Granada Big Band, supone una vía abierta para que los talentos locales participen del evento, una iniciativa que debe mantenerse como caldo de cultivo en el que los jazzistas más cercanos puedan desarrollarse como músicos y aprender junto a estrellas de nivel internacional. En el caso del segundo, en un interesante proyecto de producción propia que se verá culminado con la edición el próximo año de un disco con el resultado de la experiencia que aunó al cine con el propio jazz. Habrá que animar a los organizadores a incidir en este tipo de aventuras. Junto a Elling, el siempre bien recibido jazz vocal, estuvo representado, además de con la riojana Ángela Muro, por las sugerentes voces de la majestuosa Lizz Wright, una de las gargantas más atrayentes del presente y preñada de futuro, y la exquisita Eliane Elias, que también aportó el elemento brasileño, que tan fructífera simbiosis ha hecho con el propio jazz desde hace 50 años. El sector más adicto a los sonidos modernos e innovadores también pudo ver satisfecha su demanda con las excelentes actuaciones que Nicholas Payton dio mirando a las raíces o Chris Potter y sus Underground al futuro. La excelencia alcanzada por esta edición no puede olvidar tampoco el exotismo al que el jazz siempre se ha prestado con la actuación de Hafer Modir, acompañado por el Trío Andaluz, o la simpatiquísima noche que nos regaló un Stefano Bollani que, cambiando los planes ante la súbita enfermedad del anunciado Enrico Rava, dejó algunos de los momentos más memorables del Festival. Finalmente habría que reflexionar acerca del papel que juegan las actuaciones programadas en paralelo. Desde las propuestas que sacan el jazz a la calle, o lo llevan al Conservatorio o la Universidad, hasta las tendencias más bailables y electrónicas que se miran en el jazz, y que se programan en colaboración con algunas salas de la ciudad, todas ellas han de recibir el impulso necesario para que los muchos aficionados que parecen existir, se animen a participar en ellas, más allá de las inolvidables veladas que tienen lugar en el marco del Teatro Isabel la Católica. Habrá ocasión de lograrlo en la próxima edición de 2009, la trigésima.
  • Kurt Elling con la Granada Big Band 
    domingo 23 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
    Una despedida a lo grande
    por Enrique Novi - IndyRock
  • A lo largo de este Festival hemos ido al cine con Michael Mossman, hemos paseado por Nueva Orleáns de la mano de Nicholas Payton, hemos revivido los 50 y el bebop con Dizzy Gillespie All Stars, y los 60 en California con Lee Konitz o en las playas brasileñas con Eliane Elias. Como colofón, el brillante concierto de clausura nos trasladó a los cuarenta, a la época de las big bands y los salones atestados de elegantes damas y soldados a punto de embarcar para ir al frente. La de Frank Sinatra. Y entonces las cosas se hacían a lo grande. Qué menos, si esos chicos iban a jugarse el pellejo tan lejos de casa. El espectáculo de Kurt Elling se mira sin rodeos en esa era de elegancia y oropel, pero también en esa otra tradición tan genuinamente americana del artista/showman, del cantante/monologuista. Y fue una verdadera delicia poder degustar una actuación de esas características, tan infrecuente por estos lares, como cierre de la actual edición. Además Elling es un cantante con una tesitura extraordinaria, que maneja con naturalidad y absoluta maestría tanto una voz que se revela como el más versátil de los instrumentos, como el tempo del concierto y ese sentido del espectáculo que sólo los artistas curtidos en los clubes con cortinas de terciopelo de las grandes ciudades estadounidenses poseen. El resultado de todo ello fue una actuación soberbia sabiamente dirigida por un endemoniado Kurt Elling, que domina el espacio escénico con personalidad y decisión. Comenzó rodeado por su habitual banda de acompañamiento -piano, contrabajo y batería- con la que se entiende a las mil maravillas para ofrecer una audaz selección de temas, que lejos de circunscribirse a su rico repertorio grabado o a los estándares habituales del género, que también los hubo, rebusca y encuentra canciones ajenas tanto al jazz como al pop anterior al rock and roll para llevarlas a su terreno y dotarlas del añejo sabor que aportaban a los clásicos las viejas grandes orquestas. Así, junto a la hermosísima My foolish heart o Samurai hee-haw de Mark Johnson, inercaló piezas como la sensacional Steppin' out de Joe Jackson. No deja de haber justicia poética en semejante rescate. Jackson, uno de los más dotados compositores de pop salidos de la new wave, capaz de aunar en una misma canción su admiración por Cole Porter y por los Beatles, pero irredento enamorado del jazz más lustroso, ve correspondida su devoción con versiones como la que ejecutó el domingo Kurt Elling. Entre unas y otras, el de Chicago impactó a los presentes con sus recursos vocales, con su habilidad para el scat y la improvisación. Y así llegó el turno para la colaboración con la Granada Big Band. Con un sonido brillante, enérgico, impecable acompañó la excelente lectura de los estándares que hizo Elling, como un intachable Sinatra en plena faena con Rat Pack. I only have eyes for you, Best is yet to come, Midnight sun, You make me feel so young, Lady is a tramp y la impresionante Luck be a lady, para redondear con Fly me to the moon. Una despedida para descorchar una burbujeante botella a la espera de que lleguen los primeros días de noviembre del próximo año.
  • Eliane Elias 
    sábado 22 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica 
    El dulce susurro de la bossa nova
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Con el corazón en un puño, los organizadores respiraron aliviados al ver salir puntual la estilizada figura de Eliane Elias, sobria y elegantemente embutida en un vestido negro sobre el que contrastaba su rubia melena. El público aplaudía ajeno a las eventualidades (vuelos retrasados, conatos de indisposición) que hasta el último minuto dejaban en el aire la certeza de su actuación. Sobrepuesta a las contingencias, la paulista se dispuso a ofrecer un concierto que propuso como un homenaje al 50º aniversario del nacimiento de la bossa nova, establecido con la publicación, en 1958, del primer álbum de O mito, Joâo Gilberto. Así pues, la suave sofisticación de la bossa se apoderó de un teatro receptivo con el dulce mecer de sus ritmos y el incomparable legado de sus melosas melodías que son por derecho propio éxitos universales de la música del S. XX. Así conformaron un exquisito concierto. Abrió con Ladeira da Preguiça del ministro Gilberto Gil, y continuó con Chega de Saudade, el primero de los inmortales de Vinicius y Jobim. A partir de entonces fue abriendo el abanico a otras sonoridades: música bahiana previa a la bossa, acercamientos más canónicos al jazz clásico y algún toque de samba. Comedida con el piano, al que se acercaba descalza de tacones, renunció deliberadamente a exhibir sus indudables habilidades en pro del tono intimista y sugerente del repertorio escogido. Salvo en un par de ocasiones se limitó, quien sabe si tal vez debido a una pequeña herida en uno de sus dedos, a una labor de acompañamiento para su aterciopelada voz, impecable, eso sí, y complementada por la que Marc Johnson aportaba con su contrabajo. Rubens de la Corte a la guitarra también adoptó un papel secundario, y todo ello unido dejó el camino libre al excelente batería Rafael Barata para el lucimiento. Tocando con todo el cuerpo, demostró ser seguramente, (tal vez con Willie Jones III de la Dizzy Gillespie All Stars) el más hábil y sutil de cuantos baqueteros han pasado por esta edición del festival. La magia de sus muñecas, auténticos artilugios de sentido dinámico y precisión, no pasó desapercibida para el público que le reconoció su buen hacer con la ovación más sonada de la noche. Así se fueron sucediendo Waltz for Debby de su maestro Bill Evans, Chiclete com banana, que también popularizara Gilberto Gil, They can't take that away de Gershwin, el estándar You and the night and the music o la juguetona A ra y Falsa Baiana de su reciente álbum recopilatorio "Bossa Nova Stories". Con el público encantado del paseo que por las playas brasileñas desde Porto Alegre a Salvador de Bahía, les proponía Elias, dejó para el final una deliciosa versión instrumental de Desafinado, con la que se arrancó finalmente a hacer un solo el batería Rafael Barata, y que también sirvió para el lucimiento del hasta entonces discreto guitarrista Rubens de la Corte. Sin dejar de aplaudir, el patio de butacas esperó un bis para el que guardaron la ineludible Garota de Ipanema, y que se vio completado con otro inevitable de un repaso a la bossa nova: So danço samba. Sólo con voz, piano, guitarra, contrabajo y batería, más de uno seguro que al llegar a casa, desempolvó un viejo vinilo para disfrutar de las entradas que a ambos temas hacía el saxo de Stan Getz. Lo pedía el cuerpo.
  • Chris Potter's Underground 
    viernes 21 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
    Un fraseo torrencial
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Exposición del tema y largos desarrollos posteriores, improvisaciones interminables con finales abiertos, sin guión; solos enfocados a la exhibición del virtuosismo de los músicos y más notas por minuto de las que caben en esta página. Si eso es lo que más pone al personal que acude a ver un concierto de jazz, tendremos que convenir que el que ofreció Chris Potter y su banda la noche del viernes cautivó como pocos hasta ahora al público ávido de emociones que acude al Festival. Potter, como su tocayo el famoso mago, fue un talento precoz que despuntó desde muy jovencito por sus dotes musicales y antes de poder sindicarse ya se codeaba con lo mejor del jazz norteamericano. Ha compartido estudio y escenario con los más ilustres nombre del jazz de los últimos veinte años, de Ray Brown a Mike Mainieri, de Jim Hall a Dave Holland. Sin embargo, es al frente de sus Underground como más a gusto se siente de poder dar rienda suelta a su desbordante expresividad. Hoy, convertido ya en un adulto aunque aún con toda la vida por delante, está considerado por la crítica mundial como uno de los saxofonistas más sofisticados y respetados del mundo. Su fraseo es torrencial, su toque exuberante y proverbial su potencia. Y así pudimos comprobarlo en un Isabel la Católica abarrotado en un concierto que no ofreció tregua por parte de ninguno de los excelentes músicos de su formación. Tan desbordante fue su planteamiento que se tornó algo lineal. El clímax se alcanzó pronto y ya no bajó el listón de modo que su actuación, siempre arriba, careció de los picos y las curvas que hacen oscilar al auditorio entre pasajes de calma y de tormenta. Así que su concierto más que plano resultó altiplano, aunque sin abandonar la excelencia. Abrió el de Chicago con Underground y Times arrow dos de sus temas más recientes, para seguir con dos inéditos, uno de los cuales aún carecía de título. En contraste con otras figuras de esta misma edición, que han llenado su repertorio con un buen número de clásicos inmortales del género, Chris Potter mira siempre hacia delante sin darse oportunidad para la nostalgia. Algo que es de agradecer y aporta la frescura que se da por sentada pero que no siempre aparece en los conciertos de jazz. Con una sugerente versión del clásico de Joni Mitchell, Ladies of the canyon, un tema publicado cuando ni el propio Chris había nacido, demostró la riqueza armónica de su paleta y la apertura de miras con la que afronta las influencias que nutren su música. Para interpretarla cambió entonces por vez primera el saxo tenor por el clarinete bajo y además de la brillantez también dio muestra de su versatilidad. Con el discreto Craig Taborn cumpliendo su función frente a las teclas de su Fender Rhodes, el eficaz e incansable fondo rítmico de Nate Smith a la batería, y la mágica digitación de Adam Rogers con una sencilla guitarra Telecaster entre las manos,  enfocaron la recta final. Para el bis volvió a exhibir la amplitud de su enfoque llevando al terreno del post-bop sin concesiones con que planteó todo el concierto, con una versión de Morning bell de los sobrevalorados Radiohead. Y fue todo.
  • Hafer Modir & Trío Andaluz 
    jueves 20 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
     Jazz con sabor oriental
    por Enrique Novi - IndyRock
  • Fuera de abono se presentaba el concierto de Hafer Modir con el Trío Andaluz de Jesús Hernández, Joan Masana y Pancho Brañas. El aforo se resintió por ello y se redujo a una cuarta parte de lo que suele ser habitual en las actuaciones del cartel principal. Habría que preguntarse por esta enorme diferencia de atención que presta el público a los artistas que entran en el abono respecto a los que no. Mientras el papel se agota con semanas de antelación para ver a unos, y el número limitado de abonos apenas está disponible durante los primeros días de venta, otros artistas tienen que bregar contra la desafección del respetable y conformarse con las migajas. Uno tiene la sospecha de que algunos de los que han llenado el teatro en noviembre, tendrían dificultades para completar un aforo mínimamente digno de no estar encuadrados en la oferta del Festival. El hecho constituye un éxito indudable de la Oficina Técnica, organizadora del evento, que ha conseguido convertir el Festival de Jazz de Granada en imagen de marca que vende por sí misma, muchas veces antes de que se haya anunciado el cartel completo. Pero también evidencia una cierta volatilidad del público del jazz, siempre bien dispuesto para con el principal evento dedicado al género en la ciudad, aunque bastante más renqueante a medida que la oferta se desplaza fuera de él. Así pues, con la baja densidad del patio de butacas, el piano de Jesús Hernández se antojaba menos sonoro que los de otros, el bajo de Joan Masana menos profundo, la batería de Pancho Brañas menos sutil. y el tono general más tenue. Sensación irreal. Poco a poco el trío fue llevando el concierto a su terreno y creando la atmósfera que andaban buscando para servir de embalaje a la cromática propuesta de Hafer Modir. El californiano de origen iraní recorre los pasadizos subterráneos que intercomunican las armonías persas con el compás flamenco, desde una visión jazzística. Así, entre tarantas, bulerías y soleás, se coló el espíritu inquieto e innovador de las composiciones de Thelonious Monk, como un referente del que no hay que distanciarse demasiado pero que permite incursiones musicales apasionantes. Asistimos a la relectura de alguna balada de Round midnight en clave cool, las playas de Río de Janeiro se llenaban de bop y las melodías de Monk de arreglos de fusión, aunque los temas del álbum Bensha Alegria acabaron por inundar el teatro de sincopados ritmos arábigos y andalusíes. La bulería Laura y la Soleá flowing de Chano Domínguez dieron paso a Tabriz, una pieza hipnótica e inquietante, de aroma oriental y psicodélico que estiraron más allá del límite en un alarde de expresividad. Modir desposeyó a su saxo tenor de la boquilla para crear texturas inauditas que sólo un elefante malherido sería capaz de crear. El público obsequió con un fuerte aplauso el despliegue y el californiano correspondió con un bis breve y hermoso. A solas con su saxo reprodujo una melodía que dijo haber aprendido por las callejuelas de la ciudad.
  • Alhambra New Jazz Experience: Jazzinvaders
    Viernes 14 de noviembre - Sala BoogaClub
    Jazz entre humo y sudor
    Por Enrique Novi / IndyRock
    Como cada año, los organizadores del Festival Internacional de Jazz de Granada programan una serie de actividades que se desarrollan en paralelo al cartel principal donde los nombres de las estrellas brillan con luz propia. En el Conservatorio, en la Universidad e incluso en la calle, las actuaciones de artistas de menor relumbrón que los del programa central inundan de jazz otros espacios durante el mes de noviembre. Una de estas actividades es la llamada Alhambra New Jazz Experience. Se trata de una propuesta que tiene lugar en la sala BoogaClub y que pretende dar cabida a los planteamientos más lúdicos dentro del jazz, los enfocados a la pista de baile. En este espacio donde nadie advierte de la obligación de apagar los teléfonos móviles, donde no está prohibido fumar y donde se puede disfrutar de las actuaciones mientras se echan unos tragos, se recupera en parte el espíritu primigenio del jazz, que lejos de las veleidades artísticas que sus artífices perseguirían años más tarde, no tenía más meta que la evasión, la diversión y el baile en antros y garitos de techo bajo. En las antípodas de la sacralización con la que se experimenta el jazz en los teatros, una consecuencia de la asimilación académica que lo encorseta y lo presenta desprovisto de cualquier posibilidad aventurera, en la sala el jazz vuelve a mostrarse borroso y húmedo por el humo y el sudor, tal y como lo retrató Robert Altman en Kansas city. En este marco, ya el sábado 8 los británicos Haggis Horns ofrecieron una noche memorable. Debutantes como grupo y con un solo álbum publicado, el alabado "Hot Damn!" (First word, 2007), sus integrantes han formado parte de la Cinematic Orchestra y han tocado con Lou Donaldson y algunos pertenecen a la banda que acompaña actualmente a la controvertida Amy Winehouse. Su dominio de los ritmos del soul y el funk se funden en perfecta simbiosis con una visión danzante del jazz. Parecidos planteamientos, aunque algo más previsibles, los holandeses Jazzinvaders, presentaron este viernes su segundo largo, "Blow!" (Social beats, 2008) en el mismo escenario. Formados por el productor y percusionista Phil Martin, su música no disimula sus anclajes en el soul jazz y la fusión de los 70, aunque sin perder de vista los ritmos bailables del funk o el latin jazz de Mongo Santamaría, así como ciertos coqueteos con la bossa nova a cargo de su vocalista Linda Bloemhard.
    Lizz Wright 
    viernes 14 de noviembre Teatro Isabel la Católica Granada
    Misticismo y sensualidad
    por Enrique Novi - IndyRock
    Misticismo, sensualidad y una presencia escénica apabullante, majestuosa, rotunda. Eso es lo que vimos el viernes en el Isabel la Católica. La hermosa Lizz Wright dejó que sus músicos tomaran poco a poco el escenario y crearan el ambiente propicio para que ella, con los pies desnudos, apareciera caminando con parsimonia y elegancia para acometer los primeros versos de su tema Eternity. Como una ancestral diosa de ébano. Su voz sedosa acaricia las palabras y las envuelve en su arrullo con una naturalidad a la que no es posible sustraerse. Es sin duda un portento vocal cuyos mejores registros aún están por venir, pues sólo cuenta con 28 años. Crecida en una comunidad rural de Georgia al amparo del gospel que escuchaba en la iglesia de la que su padre era predicador, su estilo emparenta directamente con el de otras grandes cantantes sureñas (Flora Purim, Roberta Flack o Abbey Lincoln, pero también Norah Jones, la hija, como ella, de un pastor Oleta Adams e incluso, salvando las distancias, con Tracy Chapman) rebosantes de soul pero capaces de moverse con maestría por el jazz, el rhythm&blues o la llamada eufemísticamente urban music. Con todo, su propuesta está muy alejada de lo que buscan los fundamentalistas del jazz, que andaban farfullando lo melifluo y edulcorado de su directo. Y es cierto que su música se adapta sin fisuras al gusto más acomodaticio y menos audaz del espectro que la industria ofrece al público formado. Eso que se denomina pop de calidad para adultos. Resultan curiosos los diferentes matices que el término 'adulto' denota cuando se aplica al cine o a la música. Si en el primero se reserva la palabra para soslayar la más explícita "pornografía", en lo musical acaba adquiriendo siempre un tono peyorativo, que pone el acento en el aspecto de producto de la obra. Sea como sea, ni siquiera unos planteamientos reservones ni unos arreglos amanerados lograron ensombrecer el brillo dorado de la excelente voz de esta cantante. Lizz Wright desplegó su repertorio hasta completar los 14 temas, un número inusual por excesivo en un concierto de jazz, y una demostración de la cercanía de su propuesta desprejuiciada con el pop más asimilado. Así fue capaz de hacer sonar, imagino que vez primera en este festival, una canción del gran Neil Young. A Old man le siguió el blues de Ike Turner I idolize you (todo un sarcasmo teniendo en cuenta que seguramente la escribió pensando en su esposa Tina, a la que maltrataba sin remilgos), y de ahí fue alternando los temas de sus tres discos, Hey mann, Blue rose, Salt, Speak your heart, o su éxito Hit the ground, entre los que intercaló la tradicional y exquisita Walk with me, Lord y el tema Stop de Joe Henry, el productor y talento oculto de la música norteamericana, que ya incluyera en su álbum "Dreaming wide away". Se despidió con Peace flows, una pieza inédita que reservó para un bis precedido de los acompasados aplausos del público, que tanto sorprendió a Wright. "Nunca había oído aplaudir de esa manera" dijo.
      A mí me daban dos
      Danilo Pérez Trío con Lee Konitz
      jueves 13 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica Granada
      Por Enrique Novi - IndyRock
    La noche se había templado un poco y el público se disponía a ver en concierto a uno de los artífices del nacimiento del cool. El mismo Miles Davis reconoció que Konitz dotó de carácter a Birth of the cool (Blue note, 1949), el acta fundacional del estilo que replicó con aire y sosiego al torrencial bebop. Y por el mismo precio, nos dieron dos. Danilo Pérez entendió que era preferible dar espacio a los octogenarios pulmones de Lee Konitz y dedicó la mitad de su actuación a acompañar al piano las vaporosas improvisaciones del saxo alto. Así convirtieron el tema L.T. en una lánguida suite de casi media hora a la que se iban asomando insinuaciones de la Samba de una nota só entre algún que otro estándar norteamericano. Las melodías se deslizaban sigilosas, como un ladrón enguantado de Hitchcock penetraría por la ventana de una casa. Tras una también extendida e intimista lectura de Thingin' el viejo Lee desapareció entre bambalinas para dar paso a Ben Street y a Adam Cruz, los dos compinches al contrabajo y la batería -cómplices los llamó él- de Danilo Pérez. Aprovechó el panameño para congraciarse por la victoria de Obama, pero su mención no despertó en el patio de butacas el entusiasmo que cabría esperar y decidió entregarse al piano. Es conocida su proverbial capacidad para adaptarse a diferentes músicos y estilos y ésta no iba a ser una excepción. Así comenzó a amoldar la música del trío al sonido que mejor iba a envolver el saxo de Konitz un poco más tarde. Y con un Bésame mucho que hizo que acabara cantando el público, consideró que lo tenía a punto. Volvió entonces el maestro y no pudo resistirse a reproducir con su elástico estilo las notas del viejo bolero de Consuelo Velázquez. Con Lee Konitz integrado, ahora detrás, ahora en un lateral, ahora paseando, el grupo ofreció su mejor cara. Sus solos alternaban con los del contrabajo de Ben Street. Adam Cruz realizó el suyo a la vieja usanza, rítmico y acompasado, mientras Pérez animaba a la concurrencia a acompañar con las palmas. A pesar de haber publicado dos álbumes en lo que va de año, su repertorio obvió deliberadamente sus últimos trabajos y rescató Panamá libre y otros viejos temas de Motherland (Verve, 2000) para fundir su sonido con el del último representante del jazz de la Costa Oeste (a pesar de haber nacido en Chicago), como antes lo había hecho con otros grandes del género como Wayne Shorter o el maravilloso Dizzy Gillespie, cuyos All Stars tocan esta misma noche de sábado en el Festival. Para no perdérselos.
    Dixieland deconstruido
    Nicholas Payton
    Domingo 9 de noviembre 08- Teatro Isabel la Católica
    Por Enrique Novi / IndyRock
    Nicholas Payton venía precedido de su condición de heredero de las grandes trompetas que conformaron la propia esencia del jazz primigenio surgido como él mismo a ritmo de marcha por las calles sin asfaltar de Nueva Orleáns. Desde el pionero Buddy Bolden al erudito Wynton Marsalis pasando por supuesto por la inconmensurable figura de Louis Armstrong, Payton se sitúa en la cúspide de la más noble estirpe de trompetistas de una ciudad sin competencia cuando hablamos de ese instrumento. Como una culminación de toda la sabiduría acumulada durante más de un siglo. Pero ese conocimiento de Payton es tan enciclopédico que no parece haber estilo que pueda resultarle ajeno. Su propia discografía es una historia resumida de la evolución del jazz, y aunque a priori se le suele enmarcar dentro de la tradición clásica, que vinieron a recuperar los llamados 'jóvenes leones', el sábado planteó un concierto de jazz no apto para oídos pacatos. Con todo el clasicismo más que asimilado, desarrolló una propuesta incómoda, hasta cierto punto indigesta, más basada en la música de búsqueda de los últimos 60 y los primeros 70. Después de haberse entregado a la reproducción de los primeros maestros del género (Jelly Roll Morton o King Oliver), de haber firmado discos con figuras legendarias como Doc Cheatman, con el que se llevaba cerca de ¡70 años! de haber formado parte del elenco que interpretó Kansas city, la película de Robert Altman que reconstruía el ambiente jazzístico de la ciudad en los años 30, y de haber grabado discos que se rendían a la tradición más arraigada de su ciudad natal ("Gumbo Nouveau" o el tributo a Armstrong "Dear Louis"), después de todo eso, decimos, Payton ha virado en sus últimos trabajos hacia terrenos más progresivos que han evidenciado el influjo que otro de los grandes trompetistas de la historia ha ejercido sobre él. Hablamos del Miles Davis de enormes gafas y vistosa vestimenta, el de "In a silent way". Y de sus más brillantes compinches como Wayne Shorter. Ya su penúltimo disco estuvo dedicado en exclusiva al saxofonista y en su reciente "Into the blue", un disco introspectivo y melancólico, ahonda en esa misma línea. Fue un privilegio que su concierto granadino fuera prácticamente una presentación de este álbum. Por eso, a algunos que sabían de la presencia de un Fender Rhodes sobre el escenario se le pusieron los ojos de bolilla. Finalmente no fue el propio Nicholas Payton el que se sentó frente a las teclas como se había anunciado, sino que lo hizo como músico invitado George Colligan, que la noche anterior había formado parte del Granada Film Project. Con este añadido, Payton pudo concentrarse en la trompeta, y en la voz, que utilizó para cantar -hecho inédito- el tema Blue, y con el aplomo de un sesudo ajedrecista se mostró distante, casi ausente. Hasta el final. Cuando vio la partida en el bolsillo se relajó, se puso hasta bromista y quiso sacar a bailar a la chica como mejor sabe hacer. Así se despidió pidiendo el concurso de un público al que hasta entonces había ignorado para interpretar I wanna stay in New Orleáns. Al igual que Armstrong hacía con ¿Sabes qué significa añorar Nueva Orleáns?
    Factoría de sueños
    Michael Philip Mossman & The Granada Film Project 
    sábado 8 de noviembre 2008 Teatro Isabel la Católica 
    por Enrique Novi - IndyRock
    Que nadie se llame a engaño. A pesar del nombre -The Granada Film Project- el grupo que abrió la 29ª edición del certamen de otoño estaba formado por reputadísimos músicos de las más contrastadas escuelas neoyorquinas. El encargo que el propio Festival le hizo a Michael Philip Mossman resultó todo un acierto y demostró que no siempre las producciones diseñadas desde dentro de los festivales tienen por que ser ni postizas ni extemporáneas. En este caso se proponía ofrecer un repertorio basado en la música de películas, algunas míticas, otras obras de culto, que tuvieran relación con el jazz. En algunos casos porque su banda sonora había sido compuesta en su día por músicos de jazz (como en Anatomía de un asesinato de Otto Preminger, con música de Duke Ellington o Ascensor para el Cadalso de Louis Malle, con banda sonora a cargo de Miles Davis), y en otros por ser el propio jazz y su universo el protagonista, como ocurre con Round Midnight de Bernard Tavernier o Bird de Clint Eastwood. Mossman es un hábil y dotado músico, además de fino arreglista y brillante compositor, que supo transitar por múltiples estilos, haciendo planteamientos diversos para las diferentes lecturas que se propuso para cada una de las piezas. Con el añadido de escenas escogidas del film proyectadas de fondo, el concierto inaugural del viernes por la noche acabó así siendo muy entretenido y del agrado del público. Ideal para abrir boca a las tres semanas de jazz que se avecinan. El mérito lo tuvo en parte el propio Mossman, que se rebeló también como un gran comunicador dispuesto a involucrar a la concurrencia, pero sobre todo, el magnífico nivel exhibido por los músicos que dirigía. El batería Gene Jackson ha integrado míticas formaciones, como el cuarteto que formó junto a Herbie Hancock, Wayne Shorter y Dave Holland, además de acompañar al primero durante varios años. Actualmente es profesor en el Queens College de Nueva York, al igual que Mossman y el fabuloso saxofonista Antonio Hart. Aún recordado por la apabullante actuación que ofreció hace ya algunos años en el festival Jazz en la Costa, el viernes, menos impetuoso y bastante más comedido que en su juventud, volvió a dejar constancia de su clase, maestría y versatilidad. Completaban el llamado Granada Film Project el pianista George Colligan, toda una garantía sobre las teclas para un buen número de figuras del jazz actual y el excelso contrabajista Lonnie Plexico, también asiduo acompañante y director musical de grandes nombres. Con tanto talento disponible fue una delicia disfrutar de la fidelidad con que reprodujeron temas de Anatomy of a murder o Ascenseur pour l'echafaud, las ligeras licencias que se concedieron con 'Round midnight, con el tema de Play misty for me (el film que supuso el debut de Clint Eastwood como director) o con Laura de la película Bird, donde el propio Eastwood recreó la azarosa vida de Charlie Parker, o las lecturas casi irreconocibles de San Sebastián de El invierno en Lisboa, The Hot Spot o un Moonriver de Desayuno con diamantes, petición expresa del director del festival. Para el bis se reservaron una breve Habanera de Chico y Rita, la película aún por estrenar de Fernando Trueba. Toda una exclusiva que sirvió de perfecto colofón.

    Programación
    Del 8 al 23 XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica"
    Día 8, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA MICHAEL PHILIP MOSSMAN AND THE GRANADA FILM PROJECT, con Antonio Hart, Gene Jackson, George Colligan y Lonnie Plaxico Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 9, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA NICHOLAS PAYTON QUINTET Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 13, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA DANILO PÉREZ TRÍO con LEE KONITZ Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 14, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA LIZZ WRIGHT Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 15, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA DIZZY GILLESPIE ALL STARS con Slide Hampton, James Moody, Greg Gisbert, John Lee, Cyrus Chesnut y Vicent Ector Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 16, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA ENRICO RAVA Y STEFANO BOLLANI Colabora el Instituto Italiano de Cultura Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00

    Día 18, martes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA EN PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ ANGELA MURO BAND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 20, jueves XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA EN PARALELO. CICLO GRANADAJAZZ HAFEZ MODIR & TRÍO ANDALUZ, con Pancho Brañas, Jesús Hernández y Joan Masana Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 21, viernes XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA CHRIS POTTER'S UNDERGROUND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00
    Día 22, sábado XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA ELIANE ELIAS Bossa Nova Stories Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00

    Día 23, domingo XXIX FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE GRANADA KURT ELLING QUARTET con la GRANADA BIG BAND Lugar: Teatro Municipal "Isabel la Católica" Hora: 21'00





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