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Guía de la música clásica menos clásica
por Fernando M. Navarro
La música clásica, como todo en la vida, tiene sus hits,
obras que, por una u otra razón, gozan de una (a veces no merecida)
gran popularidad. Sin embargo, escondidas en la luz, o abiertas a las tinieblas,
hay composiciones poco reverenciadas, negras y perversas o simplemente
malditas que se pueden descubrir. Algunas son obras célebres, otros
son arrebatos de su tiempo, pero todas sirven para disfrutar de algo nuevo.
Este es el programa que un director de orquesta algo desquiciado ha preparado
para ti, mientras entre lágrimas, observa como las llamas consumen
el auditorio.
Johann Sebastian Bach: Concierto en Fa menor Delicadísima
pieza del maestro alemán, esta obra, oficiada por un leve clavicémbalo,
nos traslada a los entresijos de palacio, donde las inquietas doncellas
juguetean nerviosas y donde una condesa, hastiada del polvo que cada mañana
se esconde en sus párpados, decide desvestirse muy lentamente, y
permitir que el aire penetre como una fina daga en la habitación
y así no volver a abrir nuestros pequeños y delicados ojos,
unos ojos en los que cada mirada era un sufrimiento y que sólo fueron
besados en la esplendorosa y muy lejana juventud.
Wolfgang Amadeus Mozart: Réquiem en Re menor Profundísima
herencia del músico de Viena, la creación de esta obra fue
para su autor un camino de espinas en el que el oscuro color de algunas
(pocas) rosas le impedía dejar de caminar. Y que coronó la
vida (y sobre todo la muerte) de un niño prodigio que vio como,
entre sus dedos, aún jóvenes, afloraba barro seco. Sintió
una profecía escribirse en su pecho, y al desnudarse, se vio nadando
entre gusanos. Los ecos de esta pieza tan negra aún resuenan bajo
tierra. Esta lenta (y aún así enérgica) plegaria,
atormenta a todos los muertos que no gozaron de la dicha del amor, o del
capricho de fallecer entre flores. A ellos va dedicada la obra.
Ludwig van Beethoven: Sonata para violín y piano Nº 9 "Kreutzer".
El violín avanza como un asesino novato que se acerca a su víctima.
Esta sonata, todo un virtuoso delirio por parte del autor, te persigue
entre las cortinas. No puedes huir, se te acerca, y entonces recibes una
estocada de sus finos dientes (así es el tema principal). Compruebas
que no se refleja en el espejo, pero te cuesta creerlo. Cuando caes bajo
su abrazo, sus alas se extienden (el violín se mueve, conforme avanza
la obra, como un insecto que aspira a ser lobo o búho) y entonces
pasas a formar parte de ellos.
Franz Schubert: Cuarteto para cuerda en Re m "La Muerte y la Doncella"
La bella esfinge de un hombre que escribe en silenciosos pentagramas su
propio drama. Así es toda la obra de Schubert en general y esta
en particular, un grito de dolor no gritado, un rasguño sin abrir.
Entregado a un Dios inspirador pero a la vez traidor, con este sutil cuarteto,
el artista vienés le regalaba a la Muerte el tacto de una joven,
para burlarse de ella. Para conducir a la vida a un oscuro lugar donde
la luz más que brillar se presentía.
Piotr Illich Chaikovski: Sinfonía Nº 6 "Patética"
La nieve cayendo sobre el rostro de una niña. En el aire, ese veneno
raquítico y perverso que es el hambre. Esta preciosa y contundente
obra de Chaikovski, evoca ese desierto en que se convierte la vida cuando
tenemos hambre. Un pesar más doloroso que el amor y la traición,
pues, al fin y al cabo, es tan terrenal que impide toda piedad. Sobre los
acordes de esta sinfonía de rastrojos se canta a los mendigos que,
al final del día, cuando la luna los acoge y los protege, deciden
celebrar el pan seco con unos besos. Sobre ese estigma (sobre el hambre
y sus pecados) aún hay mucho que decir.
Camille Saint-Saëns: Danza Macabra
Es un trabajo difícil. Con el tiempo hasta recuerdas sus nombres
y puedes incluso creer que alguno tuvo una historia que contar. Recorres
el cementerio, limpiando algunas lápidas y recogiendo las flores
mustias. El compositor normando ejerce de guardián de los muertos
con este precioso paseo entre las tumbas y sus cuentos, en el que se nos
invita a morir. Su obra es una propuesta a bailar ataviados por vendas
y gusanos, a dejar que la carne se corrompa y los párpados caigan
rendidos, y así demostrar que la muerte es algo tan bello como la
vida pero mucho más silencioso.
Bedrich Smetana: Mi Patria
Serie de poemas sinfónicos sobre la tierra del autor (Checoslovaquia),
este compositor cubre toda la obra de una nostalgia similar a la del que
ve arder su casa y llora con cada porción de tierra de sus colinas.
Smetana le cuenta al mundo la belleza de unos parajes poblados por almas
de cristal y relojes de agua, donde uno se ahoga con el murmullo delicioso
del río. A este (El Moldava) dedica el autor la pieza de apertura,
que es sin duda la más bella, una joya de un dramatismo y una intensidad
que nos hace romper en recuerdos de un sitio en el que quizá nunca
hemos estado, pero con el que soñamos cada noche.
Erik Satie: Gymnospèdies
Poema líquido de delicada arquitectura, Satie arrodilla su piano
ante un cielo en el que cada nube es un enigma y mientras acaricia (más
que acariciar, desnuda las teclas) el instrumento, nos regala lo que podría
ser el testamento en blanco y negro de un fotógrafo de mejillas
(cada nuevo acorde es una nueva y preciosa cara que desearemos olvidar
para no morir con su belleza) Esta es quizá la más tierna
caricia que jamás se le ha hecho sufrir a un instrumento.
Samuel Barber: Adagio para cuerda
Usada y abusada (ha podido escucharse entre otros sitios en películas
y campañas publicitarias) esta obra, compuesta por un autor contemporáneo
dotado de una sensibilidad única, es uno de los monumentos sonoros
más estremecedores que se han compuesto en este siglo y parece dictada
por un arcángel que vio perecer a millones de personas en cientos
de guerras y que quiso entregar una música para que fuera expuesta
en el campo de batalla. Es en este, mientras se adorna con cientos de cadáveres
calcinados, donde mejor se puede disfrutar de la honda sensación
de ocaso que tienen los acordes del compositor norteamericano. Algo así
como un himno de sangre al que mira al cielo y ve caer más y más
proyectiles. Aconsejo disfrutarla el último día de la tierra.
György Ligeti: Lux Aeterna
Incansable investigador, alquimista de la música electrónica,
el transilvano Ligeti es una de las muestras más irreprochables
de artista interesado en rajar nuevos caminos e intentar abrir nuevos misterios.
Su Lux Aeterna es uno de esos prodigios que trasciende las esferas y busca
más allá de nuestra galaxia. Como si se tratara de una negra
liturgia en la que el hombre poco a poco va perdiendo el equilibrio del
espacio y se pierde en el tiempo, este compositor hurga en las virtudes
de la voz humana y la convierte en un coro de naturaleza casi estelar,
que juzga los misterios y placeres del hombre Divinizada por Kubrick en
su profética 2001, este canto es la magnética súplica
que rodea a la tierra.
Jerry Goldsmith: La profecía
Goldsmith, probablemente el más dotado de los actuales músicos
norteamericanos, escribió hace ya más de veinte años
toda una oda a Satanás, recorrida por una utilización única
del canto gregoriano y por una orquestación ágil y potente(obra
de su fiel Arthur Morton), que requiere de un auditorio sacro, para comprobar
como, tras los primeros acordes del infernal Ave Satani, las figuras de
mármol comenzarían a llorar sangre y el cielo a volverse
fuego. Goldsmith es el aliado del Maligno aquí en la tierra. De
otro modo no puedo explicar su enorme talento.
Van Der Budermayer: Concierto para la reunificación de Europa
Este ficticio compositor, inventado a medias por el malogrado cineasta
Kristof Kieslowski y el músico polaco Zbigniew Preisner para la
célebre trilogía que el primero le dedicó a los colores
de la bandera francesa, es el autor de una suntuosa y rica pieza sinfónica,
donde el protagonismo oscila entre un luminoso coro y una austera flauta
que remite a los orígenes de la Europa más pobre. Este falso
autor y su rica obra (que abarca la trilogía y la sublime Doble
vida de Verónica) es una muestra más de la rica aportación
que los compositores cinematográficos pueden ofrecer a la música
clásica. No me cansaré de defender que dentro de unos siglos
nombres como Williams, Goldsmith, Elfman, Preisner o Kilar serán
tan grandes como los clásicos de toda la vida.
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