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THE BENDS * RELATO por Fernando M.
Navarro
T H E B E N D S
Procedemos a la introducción del individuo en la cámara
hiperbárica. Activando Sistema de descompresión siete cero
uno.
- Activado.
El cuerpo caía lentamente en el agua. Sentía una bocanada
de aire gris. Destrozar el cielo y hacerlo llanto. Era una sensación
completa y asfixiante. Era como cerrar las venas para impedirlas abrirse
de angustia. Ojalá todos los suicidas pasaran por aquí. Ojalá
toda la vida cesara de esa manera; en un líquido silencio de color
azul. Tal vez la muerte fuera algo parecido a naufragar en uno mismo y
estar enterrado en agua (o en bilis) durante toda la eternidad. Tal vez
no fuera más que un grito sordo, inseguro, uno de esos chillidos
que los niños dan tan sólo para hacer acto de presencia.
O mejor, un suspiro largo y contundente, la llegada de una fría
ola a la orilla cuando estás tranquilo aguardando el último
rayo de sol negro. Nada más que eso. Nada que ver con las profecías
que los tullidos acostumbraban a airear delante de las puertas de La Compañía.
Oscuras amenazas contra la gente, consignas negras como los sueños
donde advertían de que había uno debajo de cada cama y dentro
de cada cabeza. Ni ellos sabían de qué estaban hablando.
Debajo de la cama sólo se esconden nuestras pesadillas más
dulces y nuestros sueños más húmedos. Todo el mundo
sabe eso.
Vectores 13 y 15 correctos. Aumenta el nivel del agua. Pronto volverá
a estar bien.
Cuando te llenan la cabeza de cables (algo habitual en nuestros
días) sientes cómo una mano agarra todos tus pensamientos
y los sacude un poco, como pretendiendo quitarte alguna mala idea. Flotar
no es tan difícil como mucha gente se cree. No es más que
cerrar los ojos un momento (lo que dura nuestra falta) y abrirlos cuando
somos conscientes de que hemos perdido la virtud. Flotar es despojarse
del tiempo (el que nos sobra y el que no) y asirse fuertemente al espacio,
al mar o al corazón de otra persona. Esas son las tres maneras de
flotar. En el espacio, el sonido de esa carcajada cósmica que afirman
escuchar muchos astronautas no te permite concentrarte mucho; en el corazón
de otro la sangre se oscurece de tal manera que flotas de un modo pesado,
caliente. Pero en el mar, en las cápsulas acuáticas, flotar
es como una lágrima de plata. Te duele, pero es hermoso. No puedes
ver sino un inmenso vacío del color de la muerte. Por que la muerte
es azul, y te hace sentirte insignificante. Como lo hace el océano.
Te grita todos tus silencios y no puedes ocultarlos, y nadie los hace callar.
Y es allí donde descubres que al abrirte el pecho sólo encontrarás
escombros, desastres y naufragios. Sólo eso.
Avanza lentamente. Su cuerpo tiene que volver a la presión habitual.
No tiene de que preocuparse. Se recuperará pronto. Y volverá
a su cuarto.
Cuando te preguntas dónde está una persona a
la que hace siglos que no has visto, y no te puedes responder, sientes
una traición que te persigue hasta en tus mejores ausencias. Alguien
te murmura algo sobre el olvido y tú replicas que no fue culpa tuya.
Pero siempre que dejamos de ver a alguien es por nuestro deseo. De algún
modo llegan hasta nosotros. Y de la misma manera los hacemos desaparecer.
Somos homicidas de nuestra compañía. Así nos hemos
criado. Vaporizando conocidos o amores. Dinamitando presencias con otras
presencias. Aún cuando no somos responsables, una niebla de remordimientos
nos sonroja y nos hace descubrir que no hicimos todo lo que pudimos. Que
siempre (y suena cínico) se puede luchar más. Y no nos gusta
luchar. ¿A quien le apetece lanzar dardos contra la multitud para
encontrar un rostro distinto? . ¿Quién es aquél dispuesto
a empuñar su espada contra dragones y castillos para encontrar lo
que se busca? Más sencillo y menos peligroso es tocar una piel y
aceptarla como nuestra; cerrar los puños y al abrirlos comer el
pan; agachar la cabeza y que salga el sol. Nadie hace danzas de la lluvia
en estos días. Los rezos sólo piden lo que cae, nunca más,
ni por supuesto menos. Y esto es lo que pasa cuando quieres encontrar a
alguien a quien dejaste ir. A quien mandaste a la hoguera. No se pueden
apagar las cenizas. Y es mejor no volver a encenderlas. Su risa, una angustia
atrapada entre cables de polietileno. Su cabello, rojo como el océano.
Cortado como a dentelladas de una criatura del nivel 7. Su figura, no más
que una sombra ensuciada por los ríos y los lagos. Moviéndose
como una llama. Reptando a través de los verdosos pasillos. Sus
gritos, una veintena de verdugos en manos de los muertos; los animales
que quedan atrapados en las infalibles trampillas de sujeción. Los
cables de sus venas, desgarrados y húmedos electrodos esparcidos
por el espacio. Y mientras tanto el cuerpo empieza a arrugarse, se esconde
en sí mismo para no desaparecer. Al igual que los recuerdos que
guardaba de aquella criatura rajada. Esparcidos por su humedecido cerebro,
protegiéndose para no salir y que así nadie se apoderase
de ellos.
Si sigue así en dos semanas más estará fuera. Era
uno de nuestros mejores hombres. Esperamos que se readapte a los programas
de incorporación subacuática cuanto antes. No podemos permitirnos
que lo deje.
Un momento, capitán. ¿Piensan volverlo a mandar al mar? Ese
hombre ha sufrido una descompresión muy peligrosa. No se puede adaptar
su cuerpo a una temperatura corporal normal, para después enviarlo
de nuevo al océano.
Señorita, la misión tiene que desarrollarse según
lo previsto. Si no lo hace será enviado al espacio junto con el
resto y allí morirá. Esperemos que termine pronto su sesión
para volver a los entrenamientos. Su nombre figura en ese vuelo y no va
a ser retirado. Usted ya sabe cómo funciona esto. Todos ustedes
se ofrecen a estos experimentos. Tenemos sus firmas. La suya también
Señorita Brynner. Forman parte de este centro del mismo modo que
nosotros lo hacemos.
Carla agachó la cabeza y desplazó su estructura
eléctrica hasta salir del despacho. Sabía que aquel tipo
tenía razón. Ellos estaban allí sin elección.
La Compañía así lo estipulaba. Su cuerpo, un tronco
acoplado ferozmente a una plataforma deslizante, era otro de los regalos
de La Compañía. Y aquel maldito viaje iba a ser la culminación
de muchos años de investigaciones. Lo que más le molestaba
es que ella estaba en medio.
Mira a tu alrededor y descubrirás que hay algo que no marcha
bien. Es tan fácil que hay veces en que no deseas saberlo. Una risa
reflejada en un cristal; una palabra que huye avergonzada por su eco; el
rostro de algún demonio eléctrico sobre el vientre de tu
chica. Sus ojos cambiando a un color sospechosamente oscuro. Los tuyos
dibujando un anagrama con el día de tu risa y el de tu muerte. No
hay más que echar un vistazo a la luna, para comprobar cómo
ya ni tan siquiera refleja la luz del sol. O intentar acariciar el agua
para darte cuenta que su tacto es como esa extraña herida que ha
nacido en tu pecho. Ese hombre atrapado en un tanque de agua verde, lleno
de cables, con dos tubos amarillentos que le penetran por la nariz, y una
enorme brecha en el cerebro. Eso es una imagen sencilla y amable. Al abrir
la puerta de tu habitación la piel del cerdo crujirá al abrirse
y tu familia se habrá transformado en una jauría de asnos
salvajes. No esperes nunca un amanecer como el de los muertos de antaño.
Ellos son afortunados, pues sufrieron una maldita vez. Tú (Nosotros)
tendrás que morir una tras otra y añadir más y más
dolor a cada nueva muerte. Pero por ahora sólo se encuentra él,
atrapado en el agua. Recibiendo descargas de Ondas Mills. Esperando una
burbuja de oxígeno real. Agonía asistida para una nueva misión.
Eso sí es esperar.
El individuo ha activado sus membranas base 02 y 03. Los pulmones empiezan
a desarrollar actividad normal. En 33.3 y 37 comenzaremos a inyectar oxígeno
directo al cerebro. Desactiven válvula de sujeción primera.
Todavía queda lo peor. Si cuando lo suelten no acepta el oxígeno
virtual, habrá que volverlo a conectar. No podemos permitir que
muera. Habrá que recomponer tejidos cuando todo esto acabe. Ese
tipo está bastante arrugado.
Carla no podía llorar. Era fácil. Una inyección
a la membrana lagrimal que suprimía por completo cualquier desliz
de sentimentalismo que pudiera escaparse mejilla abajo. Tampoco era algo
muy nuevo. Ya se venía usando. Pero con ella hubo que aumentar la
dosis. No eran habituales los romances entre cobayas. Ni siquiera estaban
permitidos. En la Compañía sabían que uno de esos
accidentes podía darse. Era lógico que de entre tantos individuos
alguno sintiera atracción. A pesar de haber sido eliminados todos
los instintos corporales, algunos lucharon por enamorarse. Carla era bonita.
Por lo menos en un tiempo lo fue. Pero el día de la operación
perdió todo su atractivo. Quizá uno de los héroes
de la misión Saturno 36 podía fijarse en una chica pelirroja
y menuda a la que le brillaban especialmente los ojos, pero esta misma
chica sin brazos ni piernas perdería todo su atractivo. Además
debajo del mar nadie se acuerda de los tullidos. El primer brazo fue lo
peor. Esa sofisticadísima máquina se había oxidado
y su funcionamiento era muy deficiente. Arañó mucho los tejidos
antes de hacer el corte. No fue limpio. Hubo que aislar la herida y salinizar
hasta que ésta se cerrara. El siguiente corte fue un poco más
higiénico, pero tardó más pues el motor se detuvo
a mitad de camino. Dejaron las piernas para el día siguiente. Mientras,
Carla caminaba por los pasillos, sin brazos, con dos grandes vendas que
le colgaban haciéndole complicado el caminar. Gritaba el nombre
de su astronauta en voz alta. Dios santo, cómo se reían todos
de aquella figura tan patética. Cuando le retiraron las piernas,
la máquina funcionaba a la perfección, y fueron unos cortes
perfectos y nada escandalosos. Fueron como los besos que nos dan cuando
nos abandonan, los únicos besos que duelen. Como la mano de la amada
acariciando la piel de otro. Unas uñas negras clavándose
en el pecho. Tus labios enjugados en su sal. Aquel día el astronauta
descubrió que nunca hay que tener los ojos muy abiertos. Una mala
hierba se asienta en tu pupila y tu mirada se hace cáncer. El día
que cortaron a la chica entró en su pupila un aguijón en
forma de recuerdo. De esos recuerdos helados que abofetean nuestro equilibrio.
Y ese día sus cejas se quebraron a la par que su frente estallaba
en miedo. El terror se siente cuando la verdad se hace carne. Y ese terror,
tan horrible que narrarlo a los niños es desnutrir sus infancias,
no viaja solo ni en silencio, sino que se esparce por el aire y llega a
la tierra y allí germina. Y sus frutos alimentan a más y
más hombres. Y son estos ahora los que nos dominan.
¿Estás ahí?...¿Puedes oírme?. Ripley
coge el aparato si estás despierta.
Sí, sí. ¿Quién demonios me llama a estas horas?...Dios,
Carla, ¿qué te ocurre?
Por favor hay algo que necesito que hagas por mí. Yo estoy... discapacitada.
Es peligroso, pero todas las consecuencias son para mí.
De acuerdo maldita chiflada. Ahora voy hacia allí.
Gracias amiga y ten cuidado con la patrulla de Rastreadores. Hay una delante
de mi habitación.
Abrió los ojos súbitamente. Comprendió
que aquello era extraño. Los pómulos empezaron a resquebrajarse
muy lentamente. Eran como un trozo de cartón desapareciendo en la
lluvia. Pero sin embargo era una sensación de limpieza muy reconfortante.
Desconocía aquella experiencia y de donde provenía. Su cerebro
percibía destellos de luz clara, pero entrecortada. Como un cortocircuito.
A través del agua divisó dos figuras pero le era imposible
reconocerlas. La densidad del líquido le impedía distinguir
nada. Entonces sintió como si una enorme fuerza lo sujetara desde
su mismo centro de energía y lo empujara hacia dentro. Estaba empezando
a tener dificultades para respirar. Era como si una persona dentro de él
quisiera hacerse con todo el aire que sobrevivía en sus pulmones.
Estaba siendo absorbido muy lentamente. Pudo comprobar cómo el agua
iba desapareciendo. No llegaba a entender. Quizá ya lo iban a sacar
de allí. Tal vez se había terminado el proceso de descompresión.
Pero él sabía perfectamente que era muy pronto. Aún
no podía salir. Un resplandor de aire cálido lo inundó
por dentro. Fue como si un soplo de algo muy cercano y muy poderoso te
cubriera y te protegiera. Se dio cuenta de que estaba muriendo. El agua
disminuía lentamente. Sus labios estaban torcidos y morados . Su
piel se iba escarpando según bajaba el agua. Aquello era una muerte
curiosa. Lenta y agónica, pero muy dulce. Sentía una paz
antártica y lúcida como una confesión. Sentía
nieve en sus párpados rajados y crema en su vientre. Cuando se le
aclaró la vista cenicienta, observó a las dos figuras que
estaban allí. Una de ellas controlaba los paneles y las clavijas
que circundaban su tanque de agua. Era una mujer con el pelo gris, alta,
con una pequeña marca de acero en la frente. La otra era una criatura
muy curiosa. Con el pelo muy corto, magma, casi fuego. Era blanca, calcárea
y luminosa. Estaba encajada en una ridícula plataforma. No tenía
extremidades. Su mirada era similar a la de un hada a la que le acaban
de amputar sus alas. No era más que una bella forma mutilada. El
astronauta tragó saliva (era lo último que estaba a punto
de hacer). Sintió esta vez una cómoda y apacible humedad.
Pero no había vuelto el nivel de agua. Simplemente sus ojos se estaban
convertido en un gélido lago de desesperación. Sus lágrimas
se congelaban al caer a su tanque. Arañaban con sumo cuidado las
mejillas al deslizarse. Acariciaban su rostro, como despidiéndolo,
como agradeciéndole esa última licencia, un homenaje a su
finita angustia. Supo que aquello era la muerte. Una liberación
helada en la que ves lo que siempre has querido ver. Una caricia blanca
y fría. Una imagen muerta y seca pero llena de matices. Una figura
de mármol con tu mejor sonrisa. Un despertar al vacío y un
crujir de la condena. Es en esos momentos cuando tienes conciencia de que
siempre has estado ahí. De que tan sólo hay que aguardar.
Y en un minúsculo chasquido de tiempo abandonas tu cuerpo y se hace
el repetido eco de tu fantasma, que vaga por los pasillos para siempre.
Cuando dejó de respirar, la sala se había llenado de guardias
de seguridad y las sirenas no dejaban de sonar.
Fernando M. Navarro
Alabama Noviembre 98
THE BENDS: Enfermedad que sufren algunos submarinistas que suben
a la superficie demasiado pronto, lo que les provoca descompresión.
Puede tener fatales consecuencias. A veces puede curarse en una cámara
hiperbárica, donde se introduce al enfermo durante cierto tiempo
hasta que vuelve la presión habitual.
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