Cristina Consuegra
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2000 + 9
En “31 canciones” Nick Hornby desenreda nudos emocionales a través
de las canciones que conforman este libro, un volumen delicioso que rebosa
vida en cada uno de los relatos que nacen gracias a la existencia de la
música. Es en la canción número 21, donde Hornby habla,
de forma honesta y descarnada, sobre el autismo de su hijo Danny, sobre
cómo este percibe la música a pesar de su patología.
Es maravilloso leer tal alegato de admiración por la música,
por cómo ésta nos hace mejores personas y nos permite creer
en otros horizontes al alcance únicamente de unos pocos, aquellos
que saben que este arte permite expresar sentimientos que no pueden ser
descritos con las palabras: «… es por lo que me encanta la relación
que cualquiera tiene con la música: porque hay algo en nosotros
que está más allá del alcance de las palabras, algo
que elude y desafía nuestros mejores intentos de soltarlo por la
boca. Probablemente es la mejor parte de nosotros, la más rica y
la más extraña…».
Y como Hornby, he elaborado mi particular lista de “31 canciones” de
esta primera década de siglo. Ha sido una década en tránsito
que ha servido de plataforma para la música que se va a hacer, la
que va venir, aunque no por ello se le debe restar valía. Además,
de esta característica, creo que el devenir de estos diez años
ha hecho que la industria discográfica se reconfigure y busque caminos
alternativos. Y por último, creo que esta década tiene un
claro vencedor: los países escandinavos y su “Dark folk”.
Década plataforma
Conforme la década avanzaba fue mejorando musicalmente, sobre
todo desde el ecuador de la misma, frontera que ha servido para marcar
el horizonte por el que deberá transitar la música en un
futuro a corto plazo. Para resaltar aquellos álbumes que más
me han influido, aquellos cuyo eco todavía resuena, seguiré
un orden cronológico, todos ellos seleccionados por motivos diversos
y diferentes: “Stories from the city, stories from the sea” (2000) de PJ
Harvey, “Is this it” (2001) de The Strokes, “A Rush of Blood to the Head”
(2002) de Coldplay, “Hours” (2003) de David Bowie”, “Elefant” (2003) de
The White Stripes, “O” (2003) de Damien Rice, “Hot Fuss” (2004) de The
Killers, “You Are the Quarry” (2004) de Morrissey, “Tout sera comme avant”
(2004) de Dominique A, “Real Gone” (2004) de Tom Waits, “Robots après
tout” (2005) de Katerine, “Demon Days” (2005) de Gorillaz, “No wow” (2005)
de The kills, “Jarvis” (2006) de Jarvis Cocker, “The Eraser” (2006) de
Thom Yorke, “Graduation” (2007) de Kanye West, “The Mary Onettes” (2007)
de The Mary Onettes, “Partie traumatic” de Black Kids (2008), “The Seldom
Seen Kid” (2008) de Elbow, “Wilderness” (2008) de Brett Anderson, “For
Emma, forever ago” (2008) de Bon Iver, “Consolers of the lonely” (2008)
de The Raconteurs, “We Are Standard” (2008) de We Are Standard, “What’s
the time Mr. Wolf?” (2008) de Catpeople, “In this Light and on this evening”
(2009) de Editors, “Two Dancers” (2009) de All The King’s men, y “Heavenly
Hell” (2009) de L.A.
En esta amalgama de canciones y estilos, destacan algunas piezas imprescindibles
como “You Are The Quarry”, por lo que ha sido Morrisey, por lo que es y
porque nadie le canta al amor y al desamor como él; “The Mary Onettes”
porque fueron estos suecos los que me han llevado a convertirme en una
obsesa de la música Made in Sweden; y “Heavenly Hell” porque Luis
Segura ha creado uno de los álbumes más deliciosos, bonitos
e intensos que he escuchado en años. Sin embargo, no podría
entender esta década sin el resto de los trabajos discográficos
que los arropan.
Todos y cada uno de estos trabajos encierran partes de mí, momentos
irrepetibles, y todo ha vuelto mientras escuchaba algunas de esas canciones.
Ésta es la grandeza de la música, encerrar versiones de uno
mismo.
La industria ¿resetear o morir?
Esta década ha abierto una brecha entre artistas e industria
difícil de recomponer. También estamos los consumidores de
música, cada vez más cansados de los usos y abusos cometidos
por parte de las grandes multinacionales. ¿La solución? Para
los artistas intuyo que será la autoedición o el amparo de
los sellos independientes, cada vez con mejores grupos, y con mejor criterio
y capacidad de venta, sin nombrar, el trato que reciben algunos grupos
o solistas en las grandes empresas. En cuanto a nosotros, intuyo que lo
digital y la vuelta del vinilo hará el resto, mientras que el camino
abierto por espacios como “itunes” o “Sprotify” (sólo por
citar algunos) que nos permite almacenar cantidad de música a un
precio que sí podemos pagar (porque a ver si se enteran que no nos
importa pagar, lo que nos importa es que nos roben) se perfilarán
como alternativas reales a los formatos tradicionales. Y la salida para
todos, aquello que dará oxígeno a la comunidad musical, en
general, seguirán siendo los conciertos, festivales y demás
eventos musicales. De estos últimos, destacar el “SOS 4.8”, por
la capacidad que ha mostrado este festival para aunar disciplinas artísticas,
y el reciente “Monkey Week” que auguro tendrá una próspera
y longeva trayectoria.
La invasión escandinava
Por todos es conocida la efectividad de los países escandinavos,
y esto de la música se lo ha tomado muy en serio; se han convertido
en tendencia y han invadido la escena internacional con grupos de sonidos
tan diferentes como los estados de ánimo. Desde las bandas más
comerciales como Mando Diao o The Cardigans, pasando por grupos o solistas
como The Mary Onettes, Audrey, Club 8, Superplum Fairy, Kings of Convenience,
Anna Ternheim, Sigur Ros, Ef, Monkey Cup Press, etc., o la impresionante
labor que el sello “Labrador” está haciendo desde Suecia, ha hecho
que el sonido gélido, elegante, intenso, áspero, versátil
y resistente de estos países se perfile como una de las sendas a
seguir, y muy de cerca.
Lo
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