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Festival Pop Rock en el Central
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Promesas incumplidas (y una sublime excepción)
22, 23 y 24 de abril de 2004
Teatro Central de Sevilla
dia 22 abril Chris Brokaw + The Clientele + The Zephyrs
dia 23 At swim two birds + The Black heart procession
dia 24 Calexico + Cocorosie
Aforo: Lleno las tres jornadas
Por Paco Camero - IndyRock
Merced a una programación normalmente rigurosa, valiente y atenta
a ese tipo de propuestas de verdadera entidad artística tristemente
silenciadas en los canales oficiales, el festival Pop Rock en el Central
viene ganándose desde hace algunos años el carácter
de cita imprescindible en una ciudad en la que tradicionalmente (pese a
los agradables vientos de cambio que se atisban) la música ha recibido
un trato cuanto menos precario. El cartel de este año (y las trayectorias
y los discos publicados por los grupos que lo integraban) invitaba necesariamente
a pensar en el mejor ciclo en el Teatro Central en varios años.
Pero lo cierto es que el balance general apunta a una de sus ediciones
más pobres. Y destacan en este aspecto dos lacras fundamentales:
la descompensación en algunos casos sorprendente (los casos de The
Clientele y de At Swim Two Birds son flagrantes) entre los últimos
elepés de las formaciones y sus respectivos directos, de un lado,
y de otro el planteamiento (interesante a priori, pero insuficiente y fracasado
a la postre) de muchos conciertos.
El jueves abrió el ciclo Chris Brokaw, ex de Codeine
y de Come, dos auténticos totems del mejor slowcore y del rock arrebatado
y furioso de los noventa. Curtido últimamente en ese tipo de rock
de autor fronterizo con el folk urbanita, a veces acústico, Brokaw
ha entregado ya en solitario obras tan interesantes como "Wandering as
water", en la que relucen unas canciones agridulces rebosantes de sensibilidad
que le señalan como un compositor de pulso firme. A solas con su
guitarra acústica (más algunos efectos de pedalera y una
pandereta, más anecdóticos que otra cosa), el norteamericano
entregó en poco más de media hora un puñado de buenos
temas; algo que no bastó para que la sensación final apuntara
a un concierto acaso incompleto. Están muy bien los retos artísticos
(tipo venga-desnudemos-las-canciones), pero lo cierto es que se echó
demasiado en falta la presencia de una banda que acabara de arropar unas
canciones que bien se lo merecen. Con todo, fue lo mejor de la noche.
Porque después saldrían a escena The
Clientele, cuyo concierto podría llevar el subtítulo
de "Insospechado y monumental batacazo en escena". Pese a que traían
bajo el brazo un disco ciertamente atractivo, "The Violete Hour", amamantado
en la mejor tradición pop de los sesenta, ésa de melodías
luminosas y de ambiente brumoso (algo de Galaxie 500 tienen también),
los londinenses defraudaron, y lo hicieron tanto que su actuación
llegó a caer directamente en un sopor intolerable. Donde en el disco
se encuentra emoción, en directo no hay más que anodinos
rasgueos de guitarra, anodinos ritmos de batería, anodinos coros,
anodinas canciones sin rastro de chispa.
Y les llegó el turno a The Zephyrs,
el combo de los hermanos Stuart y David Nicol. Se esperaba mucho de su
propuesta (una de las más interesantes en los últimos tiempos
de la boyante escena escocesa, y esto es ya mucho decir), en la que caben
tanto el pop, como el posrock, como ciertos (y oscuros) aires country (en
este punto, el uso de la steel guitar resultó, por omnipresente,
cansino y monótono). Tras "A year to the day", su entrega más
reciente y, sobre todo, el cautivador "When The Sky Comes Dow It Comes
Down On Your Head", el buen gusto y la sutileza de este combo era ya más
que una promesa. Brillaron por momentos (contados, eso sí), a veces
pareció incluso que iban a ser capaces de levantar el vuelo, pero
no llegaron a conseguir que se dejara de pensar que el concierto, el día
sobre las tablas del Central, había sido extraordinariamente desangelado.
Las actuaciones del segundo día corrigieron un tanto las amargas
impresiones del estreno, aunque también dejaron la puerta abierta
a un batallón de peros a sus conciertos. Sin desearlo (se supone)
Patrick Quigley, alias At Swim Two Birds, planteó un debate
apasionante: ¿dónde hay que poner la barrera entre el concierto
y la performance o la mera proyección audiovisual? Porque resulta
que pese a sus canciones de hálito mágico, de corte preciosista
y lírico, pese a que hubo amagos de grandeza (la última canción,
"Things we'll never do" fue de las más emocionantes que sonaron
a lo largo de los tres días), el bueno de Quigley no fue capaz de
imprimir vida a su directo. Cosa difícil, por otro lado, si, exceptuando
las voces y algún punteo de guitarra, se llevan todos los sonidos
grabados y se limita uno a ir disparándolos.
La entrada en escena de Pall Jenkins y Tobias Nathaniel y los suyos,
o sea de The Black Heart Procession, en plan rock star bizarro (sobre
todo Jenkins, todo hay que decirlo, que se presentó con una bolsa
de plástico digna de un botellón y empezó a tirar
bollos de pan y plátanos al público: "¡banana bread!"
¿?) parecía apuntar a un concierto de envergadura, mucho
más sólido que los precedentes, siquiera por esa cosa tan
etérea llamada actitud. En la hoja promocional se comparaba su "Amore
del tropico" con maravillas como "La mémoire neuve" de Dominique
A o con "Your Funeral... My Trial" de Nick Cave, nada menos. Muchas veces
no se sabe si con este tipo de comparaciones se le hace a alguien un favor
o se le echa un lazo al cuello... Y el caso es que los de San Diego, portentosos
músicos (aunque, eso sí, escuchando en vivo la voz de Jenkins
uno admire el trabajo en la sombra de los ingenieros de los estudios de
grabación) refulgieron en más de una ocasión con su
rock dramático, de bourbon y lamento, con pasajes de una oscuridad
tenebrosa, casi gótica, y con su revisión personal del legado
country. Sin embargo, una vez más, se quedó todo en aquello
que pudo haber sido y no fue.
Llegaba uno ya casi cabizbajo a la tercera jornada, que afortunadamente
jugó el papel de redentora. CocoRosie, dos hermanas norteamericanas
afincadas en París, sustituían en el cartel a su compatriota
Damien Jurado, que se descolgó a última hora por temor a
los atentados islamistas en España (¿?). Venían a
presentar su primer y único disco, "La Maison de Mon Reve", una
explosión luminosa del mejor folk combinado con una ingeniosa artillería
de ruiditos electrónicos (mención especial a la furgonetita
de juguete: "Hello!" y al teclado folktrónico rosa) que en directo
entusiasmó al hasta entonces desanimado público. Pero Sierra
y Bianca Cassady pueden presentar más credenciales: dos voces portentosas
(una más académica; la otra más jazzy, con inflexiones
verdaderamente preciosas) y un criterio exquisito (muy tocado por el espíritu
naïf) a la hora de componer sus canciones, piececitas de ingeniería
de sentimiento y profundidad. Primer gran aplauso de la noche, y del ciclo.
Con todo merecimiento.
De Calexico poco nuevo se puede escribir
a estas alturas. Que el grupo de Joey Burns y John Convertino está
a año de luz de ser únicamente un proyecto paralelo de Giant
Sand hace tiempo que es evidente. No en vano fue la actuación más
esperada en el Central. Se pueden acabar los adjetivos para Burns y Convertino:
el primero es un magnífico guitarrista y un excelente cantante;
el segundo, uno de los mejores baterías, si no el mejor, que quien
escribe ha contemplado en directo. Pero no venían solos: al lado
de ellos (que no detrás, como pareció en la visita hace dos
años del egocéntrico Howe Gelb a Sevilla) se encontraban
un grupo de músicos de entidad probada, entre ellos un Paul Niehaus
(Lambchop) en estado de gracia a la pedal steel. Con un repertorio de canciones
imponentes (muy bien ordenadas en el track list, por cierto) la banda Tucson
(Arizona, Estados Unidos) demostró por qué es una auténtica
banda de culto, por qué son maestros de ese género que se
ha dado en llamar americana y que recoge buena parte del legado folclórico
de América (del continente, por supuesto). Hubo de todo: buenas
andanadas de rock, country elegante, trompetas mariachis, surf rock (en
ciertos momentos fueron como la banda sonora de un sueño húmedo
de Tarantino), baladas sentidas y canciones que empujaban a deshacerse
de la butaca y arrancarse a bailar. Y por si todo ello fuera poco, en uno
de sus bises, se marcaron una versión sublime de Love ("Alone again
or") que acabó de poner al teatro boca arriba. Ante el disfrute
de semejante espectáculo, era imposible no salir de allí
con la sensación de que, después de todo, mereció
la pena esperar. Calexico son grandes, grandes de verdad, enormes.
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