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Bunbury en IndyRock
Fotos, cronicas, videos |
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28 noviembre 2008 Coliseo Atarfe, Granada
Crónicas:
El mùsico total / por Luis Miguel
Albarracín / IndyRock
Unas botas y un sombrero / por Enrique Novi
/ IndyRock
Fotos: Ramón L. Pérez / Ideal - IndyRock
Video: Teleideal / IndyRock

Fotos: Ramón L. Pérez / Ideal - IndyRock
El músico total
28 noviembre 2008 Coliseo Atarfe, Granada
Por Luis Miguel Albarracín - IndyRock
Una noche más Bunbury volvía a los escenarios granadinos,
y una vez más salió por la puerta grande, nunca mejor dicho
puesto que el concierto se celebró en una plaza de toros. Como siempre,
todos los detalles cuidados hasta lo exquisito, y una noche por delante
para disfrutar. Sólo un pero: el inmenso frío que se pasó.
Ni en los peores tiempos.
Con puntualidad inglesa, a las diez de la noche el señor
Enrique Ortiz de Landázuri subió al escenario, ataviado al
más puro Dylan, con traje impecable y el sobrero de las mejores
veladas. Dos pantallas en los laterales anunciaban la buena nueva, y como
pistoletazo de salida "El club de los imposibles", toda una declaración
de intenciones. Cuatro mil socios de ese selecto club se habían
reunido en Atarfe y ya no había cuenta atrás. "La señorita
hermafrodita" hizo acto de presencia, recordando uno de los mejores momentos
de "El viaje a ninguna parte". "Hay poca gente", single de "Hellville de
luxe" fue la siguiente, y para el que quisiera arroz, tres tazas, otro
de los temazos del ultimo disco: "Bujías para el dolor" La mecha
se había encendido y el público quería más
y más. Para bajar algo la adrenalina, una canción del disco
que grabó en colaboración con Nacho Vegas, "El tiempo de
las cerezas". No funcionó tan bien como el resto, pero sirvió
para tomar un poco de aire. Y de nuevo un momento para el recuerdo: la
interpretación de "Sólo si me perdonas". Con unas flamencas
siendo visionadas en las pantallas, todo el público empezó
a dar palmas siguiendo la tradición granaína. Es un hecho
que las canciones en directo ganan mucho, pero el zaragozano las revisa
una y mil veces, como el viejo Bob, y eso hace que un tema no suene igual
en dos giras, se reinventa una y otra vez.
Fue el momento para que toda la banda se metiera dentro
de un círculo rojo. Unas lámparas al estilo más clásico
daban sensación de intimismo, y una nueva oleada llegó desde
quién sabe dónde. Un set que contó con temas como
"Sácame de aquí" o "Si no fuera por ti". "El extranjero"
y "Desmejorado" (canción en colaboración con Bushido en la
que homenajea a Raphael) sonaron con arreglos de banjo y acordeón,
convirtiéndose en una fiesta popular. "Porque las cosas cambian"
e "Infinito" sirvieron para cerrar una parte de la actuación que
fue muy bien recibida por todos.
Los músicos se retiraron y un cúmulo de
imágenes surgieron de las pantallas. Algunas fotos de promoción
del nuevo disco, entre las que aparecía Bunbury con una escopeta
de cañones recortados y disparando como si fuera el sonido de una
máquina de pinball. El vídeo finalizaba con la intención
de dejar al músico con la última palabra: "El hombre delgado
que no flaqueará jamás" fue el tema con el que reapareció.
Con un público entregado desde el principio, "Sí" y "El rescate"
fueron algunas de las canciones de la noche.
Bunbury es continuamente el centro de todas las miradas
en el show, pero se siente arropado en todo momento por una gran banda,
con muchas tablas y todos provenientes de grupos consolidados. Presentó
a los músicos que han tomado el relevo del cabaret ambulante: Robert
Castellanos al bajo, Álvaro Suite y Jordi Mena en las guitarras,
el maestro Jorge "Rebe" Rebenaque al mando de los teclados y el acordeón,
y Ramón Gacías en la batería. En muchos momentos se
apoya en ellos para que continúe el espectáculo y, aunque
será difícil olvidar a Del Morán y los suyos, los
nuevos fichajes rindieron correctamente.
Como no podía ser de otra manera, también
hubo un pequeño guiño para Héroes del Silencio "Apuesta
por el rock and roll" fue de las favoritas del público, y "Lady
blue" sirvió para cerrar dos horas de intenso concierto, con mucho
frío en los huesos pero con ganas porque se prolongara algo más.
Todavía hubo tiempo para más. "Alicia (expulsada
al país de las maravillas)", "El porqué de tus silencios"
(con lap steele incluido a cargo de Jordi Mena) o "El viento a favor" (como
introducción fraseó el principio de "Una canción triste").
Mención muy especial para "No me llames cariño". Fue el momento
en el que Bunbury desató sus movimientos acrobáticos con
más vehemencia. Su coordinación con el juego de luces fue
fantástico y dejó a todos boquiabiertos. Una performance
en toda regla que hizo las delicias de sus seguidores.
Quedaba la despedida, ésa que cuesta tanto después
de haberlo pasado tan bien. Para la ocasión eligió "Canto
(el mismo dolor)" y otra de sus preferidas para decir adiós: ".Y
al final". Porque, efectivamente, había llegado el final. Dos horas
y veinte minutos más tarde, llegó el momento de decirse hasta
luego. Una gira que promete ser muy larga y que no dejará indiferente
a nadie. Salud para todos los que estuvieron allí, dando gracias
por no amanecer con un resfriado que mereció la pena.
Unas botas y un sombrero
Por Enrique Novi / IndyRock
Bunbury -viernes 28 de noviembre - Coliseo de Atarfe - Granada
Hace unos años Alberto García-Alix se vio en la tesitura
de tener que realizar un retrato de Enrique Bunbury. El fotógrafo,
que trata de atrapar el alma de sus modelos en cada disparo, no se la encontró
al zaragozano. Según confesaba en el excelente libro Llorando a
aquella que creyó amarme, si no recuerdo mal, ante la falta de sintonía
entre ambos, le propuso fotografiar sólo sus botas y sobre ellas
el sombrero que vestía. Para García Alix no fue más
que una finta para fajarse del para él vacuo personaje. Lo más
curioso, y revelador, es que Bunbury quedó encantado con el simbolismo
de la imagen. Sin percatarse del recorte, como corresponde a su carácter
egocéntrico. Un ego imprescindible, sin embargo, para alimentar
la personalidad excesiva y algo mesiánica del Bunbury artista. El
que es capaz de ofrecer un concierto de más de dos horas y media
de bunburysmo sin lugar para otra cosa que no sea su visión del
mundo. Sin versiones ni añadidos. No es que no quiera teloneros,
es que no le caben. En ese tiempo alternó las canciones de "Hellville
de luxe", su último y polémico trabajo, con algunos temas
escogidos del resto de su ya nutrida discografía. Sin que primaran
ni unos ni otros. El maño soslayó la controversia creada
a raíz de la acusación de plagio por parte de los herederos
del poeta Pedro Casariego, de cuyo poemario toma prestados varios versos
en su álbum. Hace suyo el viejo axioma que reza: "los mediocres
plagian; los genios robamos". Y no se entretiene en dar explicaciones.
Como haría un genio. Es una antigua discusión la de la opción
del artista de apropiarse de creaciones ajenas para desarrollar las propias,
y toda la literatura acerca de la propiedad intelectual en un mundo interconectado
que se mueve a velocidad de vértigo. ¿No habíamos
quedado en que la propiedad era un robo? El mismísimo Dylan ya desde
sus inicios robaba la cartera cada vez que tenía ocasión
a los folkies veteranos del Greenwich Village. Que le pregunten a Eric
Von Schmidt, al que copió un arreglo para Baby Let me follow you
down, o a Dave Van Ronk, que se regocija en el film No direction home de
que Dylan tuviera que sacar de su repertorio The house of the rising song
cuando triunfaron The Animals, después de que el bardo de Duluth
se hubiera apropiado de su versión del tema. Así pues, ajeno
a las acusaciones de los estrechos de mente, Bunbury, acompañado
de una banda muy notable, que templa con clase el envoltorio musical de
su propuesta, deja volar sus fascinaciones con el cabaret y con México,
con los poetas malditos y con el rock con denominación de origen
de los clásicos, con la música negra que dice practicar y
con los frikis de barraca de feria. Como un iluminado, místico e
histrión, su voz engolada despliega historias circenses y las reviste
de exuberancia rockera. Seguramente muchos de los cerca de 4000 fans que
acudieron a su llamada no compartan con él muchas de sus fijaciones,
pero disfrutan como críos de sus consecuencias en forma de canciones.
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